La Paz, 5 de junio de 2026 (AND).- Durante años, la medicina entendió al cerebro y al intestino como órganos separados. Uno dirigía las emociones, el pensamiento y la conducta. El otro se encargaba de digerir alimentos y absorber nutrientes. Esa visión comenzó a cambiar en la última década. Hoy, la ciencia sabe que ambos sistemas mantienen una comunicación constante.
“Por mucho tiempo pensamos que el intestino y el cerebro eran sistemas independientes. Ahora sabemos que existe una comunicación bidireccional compleja donde también participa la microbiota intestinal. Este descubrimiento cambió la manera en que la medicina entiende varias enfermedades digestivas y trastornos mentales”, afirmó Ariana Pereira García, especialista en Medicina Interna y Gastroenterología.
La especialista fue parte del V Congreso Internacional en Salud de la Universidad Franz Tamayo (Unifranz), realizado entre el 13 y 14 de mayo en Cochabamba, Bolivia. Egresada de Unifranz y especializada en la UNAM de México, actualmente es investigadora posdoctoral en Mayo Clinic de Estados Unidos, trabaja en investigaciones sobre neurogastroenterología y trastornos del eje intestino-cerebro.
Un universo microscópico dentro del cuerpo
La microbiota intestinal está formada por billones de microorganismos. Allí viven bacterias, hongos, virus y otros microbios que cumplen funciones esenciales para el organismo. No son simples huéspedes. Participan en el metabolismo, regulan el sistema inmunológico y ayudan a mantener la barrera protectora del intestino. Además, producen sustancias que pueden influir sobre el sistema nervioso.
Cada persona posee una microbiota distinta. Su composición cambia según la alimentación, el estrés, los medicamentos, la genética y el ambiente. Cuando ese equilibrio se altera aparece la llamada disbiosis, un fenómeno que hoy se relaciona con enfermedades digestivas, inflamatorias y también neuropsiquiátricas.
“La microbiota potencialmente influye no solo en los síntomas gastrointestinales, sino también en el estado de ánimo, el estrés e incluso en el comportamiento”, explicó Pereira. La investigadora señaló que el intestino y el cerebro se comunican mediante varias vías, entre ellas el nervio vago, mecanismos inmunológicos y hormonas relacionadas con el estrés como el cortisol.
Cuando el estrés afecta al intestino
La relación entre estrés y sistema digestivo ya no es solo una percepción. La ciencia demostró que el estrés modifica la motilidad intestinal y altera la permeabilidad del intestino. Eso significa que la barrera intestinal pierde parte de su capacidad protectora. Como consecuencia, aumentan los procesos inflamatorios que pueden afectar tanto al cuerpo como al cerebro.
Muchas personas experimentan dolor abdominal, diarrea o distensión durante periodos de ansiedad. Según Pereira, estos síntomas reflejan una conexión biológica real entre ambos sistemas.
“El estrés psicológico activa el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal, aumenta el cortisol y altera la permeabilidad intestinal. Eso favorece la inflamación de bajo grado”, explicó durante su exposición.
Los trastornos de interacción intestino-cerebro afectan a más del 40% de la población mundial y son más frecuentes en mujeres. Además, presentan una fuerte relación con ansiedad, depresión y trastornos del sueño.
Síndrome de intestino irritable, modelo del eje intestino-cerebro
El síndrome de intestino irritable representa uno de los mejores ejemplos de esta conexión. Se caracteriza por dolor abdominal recurrente, cambios en las evacuaciones y distensión, sin lesiones estructurales que expliquen completamente los síntomas.
Pereira explicó que estos pacientes presentan hipersensibilidad visceral, inflamación de bajo grado, alteraciones motoras y disfunción de la barrera intestinal. En muchos casos también existe disbiosis intestinal. Todo eso ocurre junto a una elevada frecuencia de ansiedad y depresión.
“No todos los pacientes con síndrome de intestino irritable presentan alteraciones de barrera intestinal. Eso refleja la enorme heterogeneidad de este trastorno”, afirmó la investigadora. Esa diversidad biológica explica por qué no existe un tratamiento único capaz de funcionar para todos los pacientes.
¿Puede la microbiota influir en la depresión?
Uno de los aspectos más llamativos de las investigaciones recientes es la relación entre microbiota y salud mental. Algunos estudios encontraron menor diversidad bacteriana en personas con depresión y ansiedad. También se identificó disminución de ciertas bacterias específicas en estos pacientes.
Las investigaciones mostraron que, en modelos animales, transferir microbiota de pacientes deprimidos puede inducir conductas similares a la depresión. En Mayo Clinic, Pereira trabaja con ratones humanizados que reciben microbiota de pacientes con síndrome de intestino irritable.
“Algo muy interesante es que el aislamiento social también modifica significativamente la microbiota y el comportamiento de los animales”, comentó la especialista. Los ratones desarrollaban conductas depresivas cuando permanecían aislados durante periodos prolongados.
La investigadora pidió cautela frente a estos resultados. “La evidencia todavía es heterogénea y muchos estudios siguen siendo pequeños. Debemos diferenciar asociación de causalidad”, remarcó.
Una nueva frontera para la medicina
La investigación sobre microbiota va mucho más allá de las enfermedades digestivas. Estudios recientes encontraron alteraciones bacterianas en pacientes con Enfermedad de Parkinson, trastornos del espectro autista, esquizofrenia y trastorno bipolar. La hipótesis actual plantea que el microbioma podría actuar como modulador común de inflamación, metabolismo e inmunidad.
En ese contexto, Pereira participa en proyectos que buscan desarrollar biomarcadores y terapias más personalizadas. En Mayo Clinic, su equipo trabaja junto a la Fundación Roma en una base de datos que integrará información clínica, muestras biológicas y análisis proteómicos de pacientes con trastornos del eje intestino-cerebro.
“El futuro probablemente estará basado en integración multiómica. Vamos a escuchar mucho sobre microbioma, metabolómica, genética, inmunología e inteligencia artificial”, explicó la investigadora. El objetivo es comprender mejor la complejidad de estos trastornos y avanzar hacia tratamientos dirigidos según el perfil biológico de cada paciente.
La revolución científica del eje intestino-cerebro apenas comienza. Lo que antes parecía una simple intuición hoy se convierte en uno de los campos más prometedores de la medicina moderna.
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