“Transformemos al continente americano en un gigantesco crisol de ideas y esfuerzos revolucionarios, un homenaje al poder de la energía creadora de hombres y mujeres libres. Que sea un ejemplo para todo el mundo de que la libertad y el progreso van de la mano. El despertar de esta nuestra revolución americana, debe guiar los esfuerzos de los pueblos de todo el mundo, no con una actitud imperialista basada en la fuerza o el temor, sino en el imperio del coraje, la libertad y la confianza en el futuro de los hombres”
Estas ideas fueron expresadas por el presidente John F. Kennedy el 13 de marzo de 1961 en ocasión del lanzamiento de la Alianza para el Progreso.
“Sin miedo a nadie, sin miedo al imperio. Hoy día delante de ustedes, delante del pueblo boliviano, declaro al señor [Phillip] Goldberg, embajador de EE.UU., persona no grata […] Esta decisión que tomamos es un homenaje a la lucha histórica de nuestros pueblos desde hace 500 años, 200 años, como también de hace 20 años. Es una lucha permanente contra un modelo económico impuesto desde arriba y afuera".
Esta decisión fue expresada por el presidente Evo Morales el 9 de septiembre de 2008, el día de la expulsión del embajador de los Estados Unidos.
Entre estos dos extremos del movimiento pendular entre Bolivia y Estados Unidos hay un denso entramado de puntos intermedios. La tarea de contar todos los efectos de ese péndulo es la que se han propuesto los autores de este libro.
Cuando en 1849 John Appleton presentó sus cartas credenciales al presidente Manuel Isidoro Belzu, comenzaba formalmente el vínculo entre un país que en poco tiempo se convertiría en el más poderoso del mundo y otro, uno de los más aislados y pobres del hemisferio occidental, que pugnaba por consolidarse.
Es simplemente impracticable en términos realistas suponer que se puede lograr una relación equilibrada y simétrica entre dos realidades tan distintas. En 1849 Estados Unidos era ya una potencia emergente que, tras arrebatarle territorio a México, había logrado un acceso pleno al Pacífico. Bolivia tenía todavía su acceso al mar, pero atravesaba un problema crónico de desarticulación geográfica, étnica y política en un contexto general adverso. Hoy, con el multilateralismo dinamitado, Estados Unidos, árbitro del destino mundial, la nación de mayor gravitación en el planeta desde hace más de un siglo, propone una relación bilateral que exprese, sin frases “políticamente correctas”, la descarnada verdad de lo que espera de sus pequeños vecinos del sur entre los que está Bolivia. Es en ese escenario en el que nos sumergimos en esta obra que revisa minuciosamente cómo se desenvolvieron los hilos de ese pasado común.
Gonzalo Mendieta y Rafael Archondo -ardua investigación mediante- cuentan, describen, valoran y responden sus propias preguntas, sobre el turbulento tránsito histórico de los dos países. Ruta en la que las formas marcaban la búsqueda de coincidencias en valores y principios, cuyo eje conductor teórico era la democracia, mientras que el fondo tenía que ver con los intereses específicos y concretos de las dos partes. Formas y fondo coincidieron pocas veces.
Los autores no se hacen ilusiones, apelan a los hechos y a su lectura a partir de la abundante documentación generada por los protagonistas de esta historia. Pero debe entenderse que estas páginas no son las del estudio de lo ocurrido desde dos perspectivas, sino -de manera dominante- desde los ojos de los representantes norteamericanos en nuestro territorio. Condimentada en algunos episodios con registros de la contraparte boliviana, no siempre exhaustivos, que permiten contar con un contraste necesario.
Cinco momentos hacen posible la articulación de las piezas de este atractivo y complejo rompecabezas. Primero, el descubrimiento de una nación ignota, la exploración de su territorio y la constatación de su estado “primitivo” y hostil. El título del libro es una declaración que hace referencia a los efectos de la altura sobre los embajadores que llegaban sin aliento a La Paz, la ciudad que fue siempre en el periodo republicano (incluso antes de la Guerra Federal, que marcó el traslado de la sede del gobierno), el verdadero centro del país político. Pero la idea va más allá, falta el aire no solo para respirar sino para entender al otro, para descubrir su comportamiento colectivo, su sensibilidad…
Segundo, la concreción de intereses en un país marginal. Si el siglo XIX había tenido episodios más próximos a la anécdota que a la sustancia, el inicio del XX se revela crudamente con el crédito más importante contratado por Bolivia con la banca privada estadounidense, el famoso préstamo Nicolaus, que en 1920 inauguró una forma oscura, zigzagueante y frecuentemente irregular del manejo de nuestra deuda. El interés de la representación americana (permítaseme usar este gentilicio incorrecto) era buscar certezas sobre el dudoso cumplimiento de los deudores.
Algo parecido ocurrió con el Plan Bohan, que fue clave para la articulación occidente-oriente y nuestra diversificación económica. El plan trillaba la ruta buscando encontrar un interlocutor creíble y capaz de establecer una base sostenible para, entre otras cosas, honrar sus obligaciones contractuales.
Tercero, la cuerda que se cierra o se abre según el caso. Nace la noción de Bolivia como “país estratégico”. Una nación pequeña sólo puede serlo en tanto problema. Esa categorización comenzó con el estaño. Nuestra condición de segundo productor mundial del mineral y primero en el hemisferio occidental, marcó durante la segunda guerra mundial, la necesidad de garantizar la provisión y el precio del producto para contribuir a la derrota de Alemania y Japón. Con correcta distancia, Mendieta y Archondo colocan los puntos sobre las íes en torno al precio del estaño aparentemente condicionado por ser un “país aliado en una causa justa”. No fue ni tanto ni tan poco. Tras la guerra y la compleja madeja de la caracterización de Villarroel y el MNR como “aceptables”, la vinculación entre ambos países fue difícil y, salvo excepciones, estuvo condenada a un círculo vicioso que determinó parte de nuestro destino. Aún en momentos en que primó la buena fe y las mejores intenciones, la realidad impuso una agenda áspera.
Cuarto, la paranoia anticomunista de posguerra. Contra todo pronóstico, la revolución de 1952 y el tatuaje nacionalista signado por el estatismo y las nacionalizaciones que, con pompa y circunstancia había inaugurado David Toro en 1937 echando a la Standard Oil, no marcó una ruptura. A fin de cuentas, reflexionan los autores, prácticamente no hubo nacionalización que no pagara una compensación a los afectados (unas más “justas” que otras). Lo notable es que el descalabro económico que devino del proceso revolucionario, requirió de un respaldo en efectivo que concretó Estados Unidos, primero como donación, luego como préstamo convertido en adicción por las necesidades de un Tesoro General boliviano crónicamente deficitario. Por si fuera poco, Kennedy, forzado a dar una respuesta a la realidad cubana que paliara el fracaso de la invasión y en medio de la realidad de la guerra fría, consideró que el modelo boliviano conducido por Paz Estenssoro podía ser exportado a la región. No es un acaso que los dos presidentes bolivianos recibidos en visitas de Estado del más alto nivel fueran Peñaranda por Franklin Roosevelt (estaño mediante) y Paz Estenssoro por John Kennedy (modelo político mediante).
Los autores se encargan de desmantelar un mito de este periodo, la supuesta tensión interna en Washington entre Departamento de Estado y Pentágono en el momento de la caída de Paz. El Gral. René Barrientos no era hombre del Pentágono, el golpe no tuvo que ver con la llamada doctrina de seguridad nacional que dominó sobre todo la década de los años setenta. El giro pragmático de Estados Unidos respaldando a los militares que capturaron el poder en gran parte de América Latina, fue un paso que vendría de todas maneras, más allá del crimen de Dallas. La Alianza para el Progreso no alcanzó. En este punto Gonzalo y Rafael se atreven con un intocable de nuestra intelectualidad, René Zavaleta Mercado. La tesis de éste y su caracterización de Barrientos como peón del imperio no se sostiene, demuestran, no hay prueba documental de maquinaciones de la embajada para promover y respaldar el golpe que tiró abajo al presidente Paz, pero no al modelo nacional popular que desde la derecha o la izquierda pervive hasta hoy. Barrientos y Alfredo Ovando protagonizaron el golpe más allá de las intenciones estadounidenses.
La montaña rusa (es casi literal) del periodo 1964-1982 marcó un protagonismo militar que, montado en el nacionalismo, se movió por posiciones de izquierda y de derecha como parte de la polarización que la fallida guerrilla del Che explica muy bien. Otro apunte, por inverosímil que parezca, los americanos no tuvieron que ver con la decisión del alto mando militar boliviano de ejecutar a Guevara. En ese escenario el coronel Banzer fue, a partir de 1971, el mejor y más atildado dictador que Washington pudo encontrar. Interesante es la constatación de Mendieta y Archondo de que entonces, contra lo que esperaba la dictadura de García Meza, Estados Unidos no cambió su política con La Paz en el paso del gobierno de Carter al de Reagan. Democratización y derechos humanos por un lado y repudio a una narco-dictadura por el otro, apalancaron el retorno a la democracia en ambas administraciones.
Quinto, la maldición de la coca. El sino realmente trágico de esta relación fue la dramática coincidencia entre la conquista de la democracia y el auge desenfrenado de cultivos de coca para la cocaína. En 1982 ambos hechos se cruzaron y envenenaron el vínculo bilateral que pudo haber tenido como eje la consolidación del naciente proceso político encaminado a construir una sociedad libre y entre iguales.
Nuestros escritores subrayan el gran efecto que tuvo la decisión de Nixon de declarar la guerra a las drogas y el desenlace consecuente. A Washington le interesaba mostrar resultados en la lucha contra el narcotráfico. En los 80, Bolivia tenía un peso específico mayor que el actual en el escenario mundial de la producción ilegal y esa realidad marcó a fuego también los años que vendrían.
Como actor directamente involucrado en el proceso político desde 1982, soy un convencido de que el cóctel fue letal. Tengo la convicción de que la coca nos llevó al abismo en el periodo 1982-2006. La presión desmesurada de Estados Unidos para la erradicación total de la hoja, matizada luego por la incontrastable evidencia de su uso ritual y tradicional, obligó a los gobiernos democráticos a operaciones y acciones que el tiempo demostró, no lograron ni de lejos sus objetivos, pero sí consolidaron la respuesta de movimientos sociales que sustituyeron el liderazgo minero por el cocalero, apuntalados por el discurso anti imperialista esgrimiendo la hoja como el equívoco referente de la reivindicación de nuestra soberanía.
Una valoración serena de resultados indica, sin lugar a dudas, la emergencia de una crisis expresada en violencia social, represión, polarización y dislocamiento de nuestra sociedad, que tiene mucho que ver con la errada política estadounidense en una cuestión sensible, la prioridad secante de la lucha contra la coca y la prescindencia real, a pesar de la retórica, de apuntalar la democracia. No es de recibo dejar claro que la contraparte boliviana, en general, no estuvo a la altura de este proceso. Su responsabilidad es incuestionable en el saldo final. Tampoco es menor establecer que no comparto la interpretación que tienen un embajador y un exembajador sobre el periodo 2003-2005 en el que participaron, ni la totalidad de la interpretación de los autores sobre dicho periodo, en torno al que he abundado en mis memorias en las que hago una profunda reflexión y detalle sobre el porqué y el cómo de determinadas decisiones (“Presidencia sitiada”-2008).
En un tono que tiene cierto gusto por el sarcasmo y sin complejos a la hora de usar un lenguaje coloquial y bien alimentado de humor cáustico (que permite adivinar quien ha escrito que parte), Gonzalo y Rafael logran un desentrañamiento profundo y abundantemente respaldado de más de siglo y medio de relaciones diplomáticas. El libro comienza cuando llega a Bolivia el primer embajador estadounidense y termina cuando es expulsado el último embajador de ese país. Muchas notas son explicativas, otras -las más- mencionan las inexcusables fuentes de referencia. Sin embargo, hay temas que son tocados con demasiado detalle que no es proporcional a su relevancia en el contexto general. Con ese contexto el lector puede percibir cómo la historia del país se ve progresivamente condicionada por el complicado nexo entre Washington y La Paz.
Creo no equivocarme si afirmo que esta es la obra más completa de la bibliografía boliviana sobre nuestras relaciones con los Estados Unidos. Ambiciosa y lograda. No solo es integral y está bien fundamentada, sino que es entretenida y atractiva. No olvida que detrás de los grandes temas están las pulsiones, debilidades y fortalezas humanas. Las que moldean un camino que no sólo depende de las grandes ideas, sino de la personalidad, el carácter, el estado de ánimo y los afectos y desafectos de quienes llevaron a la práctica esta tan disímil relación entre dos naciones condicionadas por la falta de aire...
El autor es historiador, periodista y político. Fue presidente de Bolivia entre 2003 y 2005.