El próximo 30 de junio, los presidentes del MERCOSUR volverán a reunirse para celebrar la LXVI Cumbre. Como ocurre en cada encuentro, se debatirán temas vinculados a la integración regional, los acuerdos con terceros mercados y los desafíos geopolíticos de la economía internacional. Sin embargo, para Bolivia la pregunta es otra: ¿qué ha hecho el país para avanzar en su membresía plena al MERCOSUR?
La interrogante es pertinente porque el 8 de julio de 2024, hace casi dos años, durante la LXIV Cumbre, el presidente Luis Arce entregó el Instrumento de Ratificación de Adhesión al MERCOSUR, culminando un proceso legislativo que se extendió por más de una década.
La adhesión plena no fue una mera ceremonia, generaba responsabilidades concretas. Bolivia debía presentar, en180 días, una hoja de ruta mediante la cual asumiría las obligaciones jurídicas, comerciales, institucionales y arancelarias derivadas de su nueva condición de miembro pleno.
Desde entonces, en el periodo de la diplomacia de los pueblos, pasaron los primeros 180 días. Luego 308 días más; y el cronograma no apareció. Posteriormente, el 8 de noviembre de 2025, asumieron nuevas autoridades en la Cancillería y, desde entonces, han transcurrido 210 días adicionales sin que hasta la fecha se conozca documento alguno. El silencio burocrático parece haberse convertido en la principal política exterior respecto del proceso de integración más importante que Bolivia ha emprendido en las últimas décadas.
Lo paradójico es que durante la anterior cumbre del MERCOSUR, el canciller, quien asistió en representación del presidente, garantizó que Bolivia estaba plenamente comprometida con el proceso de incorporación.
Sin embargo, entre los discursos y los hechos existe una distancia cada vez más difícil de ocultar.
La explicación del escaso avance difícilmente puede encontrarse en la complejidad técnica del proceso. Después de todo, lo primero que debe presentarse es una planificación de lo que Bolivia pretende hacer para cumplir sus compromisos. La complejidad viene después.
Confieso que mantengo una pequeña esperanza. Es común que cuando un estudiante incumple una tarea aparezca al día siguiente con una excusa creativa, una promesa de último momento o, en la peor de las circunstancias, intentando copiar apresuradamente el trabajo del compañero de pupitre, que en éste caso sería Venezuela. Deseo que Bolivia llegue a la próxima cumbre con la tarea hecha. Después de todo, incluso los estudiantes perezosos suelen comprender que los plazos existen para cumplirse.
Sin embargo, al escuchar la reciente rendición pública de cuentas de la Cancillería, nubes negras aparecieron sobre mi esperanza. Allí, el Viceministerio de Comercio Exterior anunció como uno de sus objetivos estratégicos la “renegociación del Acuerdo de Complementación Económica N.º 36 (ACE 36) Bolivia MERCOSUR”.
Confieso que el anuncio me dejó perplejo. La propuesta resulta técnicamente desconcertante. Conviene recordar que el ACE 36, vigente desde 1997, permitió establecer gradualmente la zona de libre comercio entre Bolivia y el MERCOSUR cuando teníamos la condición de Estado Asociado. Su objetivo ya fue cumplido, desde el 2011, el arancel es cero.
El problema de la propuesta es profundo. La adhesión plena al MERCOSUR supone superar el marco del ACE 36. Por ello, convertir en prioridad estratégica de gestión, la renegociación del ACE 36 equivale a confundir el punto de partida con el punto de llegada. En facilito, es como si un estudiante universitario, después de haber sido admitido en la carrera, solicitara volver a rendir el examen de ingreso porque no comprende que ya forma parte de la institución.
Más aún, cualquier iniciativa de negociar nuevas disciplinas como: comercio de servicios, inversiones, comercio digital o convergencia regulatoria ya no debe abordarse mediante la lógica de un acuerdo de asociación comercial, sino a través de los propios mecanismos institucionales del MERCOSUR.
En resumen, el ACE 36 ya cumplió su propósito. Lo urgente es presentar el cronograma comprometido, definir los plazos de incorporación normativa, identificar los sectores sensibles de la economía nacional, establecer la modalidad de convergencia hacia el arancel externo común y diseñar una estrategia que le permita aprovechar las oportunidades comerciales derivadas de su nueva condición dentro del bloque.
Hay que dar el gran paso. Porque la pregunta que cabe es: si verdaderamente queremos ser miembros plenos del MERCOSUR, ¿por qué surgen iniciativas como si todavía fuéramos simples asociados?
Sobre la adhesión plena al Mercosur, lamentablemente nada aparece en la rendición de cuentas; y ese es precisamente el problema. No se trata solamente de una omisión administrativa; denota un preocupante extravío de la diplomacia económica boliviana. Tal vez, la debilidad está en que son los mismos funcionarios de la diplomacia de los pueblos; que buscan ofrecer a los nuevos jefes iniciativas imaginativas, para perdurar en el cargo. Seguro que hay que ser imaginativos, ¡pero no tanto!
Por ello, la siguiente pregunta es inevitable: ¿ y los nuevos responsables de la conducción económica internacional, comprenden la lógica jurídica y comercial de la integración al MERCOSUR?, ¿analizaron realmente la propuesta de renegociar el ACE 36?, ¿o simplemente pasó inadvertida entre los discursos y las presentaciones institucionales?
La política exterior es demasiado importante para dejarla en manos de la improvisación. La adhesión al MERCOSUR constituye una decisión de Estado con profundas implicaciones económicas, jurídicas y geopolíticas. Pero para convertir esa oportunidad en una ventaja nacional se requieren conocimientos técnicos, planificación, profesionalismo y capacidad negociadora.
El gobierno sostiene que no puede designar funcionarios en el servicio exterior sin una evaluación de perfiles, competencias y funciones. Si ese es el criterio, correspondería aplicarlo, en primer término, a quienes actualmente ocupan cargos en el servicio central. Después de todo, los diplomáticos destinados en las embajadas no diseñan la política exterior; la ejecutan.
El autor es economista y diplomático