Han pasado nueve años desde aquel 6 de junio en el que partiste. Sin embargo, permanece esa extraña sensación de que nueve años no son nada, apenas un breve retazo del tiempo, y que tu figura es tan nítida en nuestra memoria y tu presencia continúa siendo tan cariñosa entre los tuyos. En cada reunión familiar nos acompañas, en los relatos de anécdotas que vivimos contigo, las más de las veces jocosas. Si no nos arrancas una sonrisa, es una carcajada la que lanzamos, porque eras muy ocurrente. Retornas con esa voz particular que muchos admiraban, con tus dichos, tus ocurrencias, tus interjecciones “oy”, y sentimos el cariño y admiración que nos tenías.
Este 06 de junio, que se reunió la familia, estuviste muy presente. No pudimos soslayar hablar de la situación del país; claro que hubo disensos en la lectura. Sin embargo, coincidimos todos en aquello que pregonaste, que aprendimos de ti, y que lo repetías una y otra vez; que la izquierda había cometido muchos errores a lo largo de la historia del país, y que tenía que aprender de ellos y no volverlos a cometer. Y sobre todo, no comulgabas con optar por el camino que implicara violencia y derramamiento de sangre. Recuerdo cuando descubriste el texto Zarate el temible Willka de Ramiro Condarco, y apasionado repetías cómo no lo habías hallado antes. De él extrajiste la magnífica Proclama de Caracollo que dice: “Con grande sentimiento ordeno a todos los indígenas para que guarden respeto con los vecinos no hagan tropelías (ni chismes) porque todos los indígenas han de levantarse para el combate y no para estropear a los vecinos, tan lo mismo deben respetar los blancos o vecinos a los indígenas porque somos de una misma sangre i hijos de Bolivia y deben quererse como entre hermanos i con indianos”. Si bien parece utópico, ese manifiesto propone un modelo de convivencia basado en el respeto mutuo en una Bolivia renovada, basada en un pacto de reciprocidad. En él hallamos la expresión del principio andino de la complementariedad de opuestos. Apostaste porque el país se dirija hacia ese horizonte. El precepto de respeto recíproco es vital por su carácter moral y su honda significación política y social, señalaste.
Hoy en día, cuanta vigencia adquieren tus palabras. Nos obligan a preguntarnos ¿Acaso las grandes conquistas sociales se alcanzan inevitablemente mediante el dolor y el derramamiento de sangre? ¿Qué ocurrirá cuando esta crisis haya pasado? ¿Habrán desaparecido entonces la desigualdad, el racismo y las fracturas históricas entre oriente y occidente? ¿O quedarán únicamente los residuos de una confrontación que profundizó el odio, la intolerancia y el desprecio entre bolivianos?
No basta saber lo que aborrecemos, pues también debemos ser capaces de imaginar aquello que queremos construir. De otro modo, solo levantaremos patíbulos por doquier, convencidos de que la eliminación del adversario resolverá problemas cuyas raíces son mucho más profundas.
¿Tan rápido nos olvidamos de los muertos que dejan estos episodios de violencia, confrontación y protestas tan prolongadas? ¿Y qué hay de los muertos en vida, de quienes sobreviven con la dignidad lacerada y las heridas que no se ven? ¿Cómo queda la familia del paciente que no pudo llegar al hospital? ¿Cómo vivirá el padre de la niña que no recibió a tiempo su tratamiento oncológico y perdió la vida? ¿Con qué ojos mirará a su país la esposa del chofer que, retenido por los bloqueos, no pudo abandonar su camión y su mercadería para recibir atención médica y murió? ¿Qué será de la familia del comunario que murió durante los intentos de desbloqueo? ¿O de los familiares del vecino que resistía o del policía que acudió a despejar las vías y resultaron heridos en San Julián? ¿Cómo enfrentará el futuro el joven policía que perdió un ojo tras la golpiza recibida en las manifestaciones? ¿Qué marcas dejarán en la señora de pollera los escupitajos, los insultos y el desprecio de quienes estaban en contra de los bloqueos? ¿Y qué actitud adoptará la gente común, aquella que solo busca abastecerse de alimentos y que, de pronto, recibe insultos o pedradas sin que importe de qué lado está?
¿Y qué ocurrirá después? ¿Qué será de quienes, una vez superada esta crisis, continúen siendo señalados, repudiados o mirados con desconfianza por el otro?
Lo más triste y frustrante es que estos episodios violentos terminan carcomiendo la urdimbre misma del tejido social. Las hebras cotidianas con las que construimos la convivencia se rompen y empalmarlas es de largo aliento.
Quizá por eso, en medio de estos días aciagos, vuelvo una y otra vez a tus palabras y ejemplo. Ya para terminar, tus hijos vamos recorriendo la colina de la vida; tus nietos florecen y encuentran su propio camino; y tu compañera te revive en cada escrito que dejaste. Gracias por la enseñanza que nos diste, por recordarnos que preservar la vida está por encima de todo. Tal vez esa convicción profunda fue la que te convirtió en un gran ser humano. Te quiero, te admiro y cómo no, te extraño mucho.
La autora es socióloga y antropóloga