Un bando en Bolivia romantiza las luchas sociales y el otro solo piensa en reprimirlas. Hemos llegado a un punto en el que parece haber más analistas políticos que periodistas serios; el discurso se ha vuelto repetitivo, estéril; cada vez salen más personas de todo tipo, opinólogos, que los conflictos dan de comer; la crisis en el país puede persistir, y ellos, tranquilos en su pedestal. Análisis estériles, pero por qué, cuáles son y dónde fallan
Noté que en discursos con mayor desarrollo teórico y referencias a la historia se tropezó con cuatro grandes sesgos de lectura —dos propios de la izquierda y dos de la derecha— cometieron algún error que cuesta toda validez. Pasemos a revisar cada uno.
1. El mito del pueblo puro
El primer error de la izquierda es romantizar a las organizaciones sociales bajo la idea de que representan el "corazón puro de la voluntad popular". Seamos realistas: muchas veces, por debajo de esas estructuras corren economías sucias e ilegales; y lo ilegal, inevitablemente, convive con la violencia. Ya dejan de ser movimientos sociales orgánicos ni bien interceden terceros. A las organizaciones hay que analizarlas como lo que son: actores racionales de poder, y no dotarlas de una pureza e inocencia que simplemente no existe en la política.
2. La trampa de la victimización
El segundo sesgo progresista es victimizar al oprimido para justificar su violencia. Sufrir una injusticia histórica o estructural no otorga el derecho a ejercer más violencia que el propio opresor. Muchos analistas de manual -de izquierda- utilizan esta dinámica para inyectar su ideología, dicen, por ejemplo, que privatizar es vender la patria, utilizando a los sectores más vulnerables del país como su megáfono ideológico personal.
3. La fantasía de la mano dura
Pasando al otro lado, el primer gran error de la derecha es creer que los conflictos sociales y territoriales se resuelven sacando a las fuerzas represoras a las calles. Son aquellos que, con palabras de apariencia muy caballera, muy pudiente, claman por mano dura y exigen meter a la DEA a cada rincón de Bolivia sin importar a cuántas familias se lleven por delante como daño colateral. Hay que tener cuidado con ese discurso: eso no es análisis político, es protofascismo disfrazado de defensa de la democracia.
4. El fetiche de la unidad
El segundo sesgo conservador (y a veces centrista) es el fetiche de la unidad nacional. El regreso a la república. Una creencia de que el gobierno debe meter a todas las organizaciones bajo el paraguas del Estado para demostrar que es conciliador. Ningún Estado no concilia. La democracia no es un abrazo grupal. Necesitamos de una cultura democrática real: cero intromisión del gobierno, mayor fiscalización y debates parlamentarios duros e intensos. El terreno democrático es sólido cuando hay reglas claras para disputar el poder, no cuando fingimos cínicamente que todos pensamos igual, o que el gobierno tiene la última palabra.
¿Cuál es la salida?
Si la izquierda romantiza y la derecha quiere reprimir ¿qué nos queda en el medio? Aquí es donde la teoría política nos ofrece una salida pragmática, anclada en lo que el anarquista Murray Bookchin (1921-2006) definió como Municipalismo Libertario. Es una propuesta que adquiere pleno sentido al relacionarla con el pensamiento del intelectual boliviano Federico Ávila (1904-1973), quien tempranamente desmitificó la unidad nacional artificial. Ávila comprendió que en Bolivia la única convivencia posible requería desconcentrar el Estado central para reconocer la diversidad de nuestras macro-regiones; le quitemos la palabra federalismo, seamos más radicales. Si llevamos esa misma lógica de descentralización hasta sus últimas consecuencias, la respuesta no es otra que concentrar el Estado en el poder local. Con más poder, ejecutivo, legislativo y judicial, en los municipios, el federalismo, así, queda corto, y lo otro, más real.
Pues la solución a nuestras crisis cíclicas no pasa por meter a las organizaciones sociales al Palacio de Gobierno para que terminen corrompiéndose mientras se reparten ministerios y direcciones. La solución es arrebatarle el monopolio del poder al Estado central y bajarlo a la base, al municipio. Que el debate duro, la fiscalización de los recursos y la administración de la plata se manejen en asambleas locales, en el barrio, en la alcaldía.
No necesitamos un gobierno nacional conciliador que se dedique a pactar con cúpulas sindicales a puertas cerradas. Necesitamos descentralizar el poder de manera radical para que la verdadera cultura democrática explote desde abajo. Menos Estado central, más poder local.
La gran pregunta que queda flotando es: ¿están las élites bolivianas verdaderamente listas para soltar la teta de papá Estado y atreverse a gobernar de una manera distinta?
El autor es Licenciado en Sociología por la Universidad Mayor de San Andrés y maestrando en Filosofía en la UNQ de Buenos Aires. Es profesor y consultor social.