La Paz, 24 de enero de 2026 (ANF).- El gobierno de Rodrigo Paz ha colocado la política exterior en el centro de su narrativa de cambio. Desde su posesión, el Presidente y sus ministros han insistido en que Bolivia estaba “aislada” y que la nueva administración marcará el retorno del país al escenario internacional. La consigna de “abrir Bolivia al mundo” se repite como un eje discursivo destinado a atraer inversiones, recomponer relaciones diplomáticas y diferenciarse de casi dos décadas de gobiernos del Movimiento al Socialismo (MAS).
Este relato oficial sostiene que el supuesto aislamiento fue consecuencia de una política exterior ideologizada, que priorizó alianzas políticas antes que intereses económicos. En contraste, la actual gestión plantea una diplomacia pragmática, con énfasis en el restablecimiento de vínculos con Estados Unidos, organismos multilaterales y foros económicos globales como Davos, presentados como espacios clave para la reinserción boliviana.
Sin embargo, el diagnóstico de “encierro” no es compartido de forma unánime. Para varios analistas, Bolivia nunca dejó de tener relaciones internacionales ni de participar del comercio global. Lo que estaría ocurriendo, más bien, es un giro en la orientación y jerarquía de los socios estratégicos, con implicaciones económicas y geopolíticas de largo alcance.
Desde esta perspectiva crítica, Felipe Limarino, analista internacional, considera, en declaraciones a ANF, que la idea de un país enclaustrado responde más a una construcción retórica que a una realidad objetiva. Sostiene que Bolivia mantuvo vínculos diplomáticos y comerciales durante los gobiernos anteriores, aunque con una diversificación de alianzas que incluía a China, Rusia e Irán. A su juicio, el cambio actual no implica una apertura, sino una subordinación estratégica al alinearse prioritariamente con Estados Unidos.
Limarino advierte que este acercamiento con Washington supone aceptar condiciones propias de lo que describe como una “Doctrina Monroe moderna” o “doctrina Donroe”, en alusión al presidente de Donald Trump, orientada a excluir a potencias rivales de su área de influencia.

En ese marco, señala que Bolivia corre el riesgo de ceder minerales estratégicos en condiciones desfavorables, repitiendo patrones históricos en los que el país aporta materias primas sin recibir a cambio desarrollo industrial ni transferencia tecnológica.
El analista recuerda experiencias como la “Alianza para el Progreso” para sostener que Estados Unidos prioriza su seguridad nacional y su competencia global, especialmente frente a China. Desde esa lógica, afirma que proyectos de integración regional, como el tren bioceánico impulsado con interés chino, pierden relevancia, ya que no encajan en los intereses geopolíticos norteamericanos.
Limarino también observa en el actual gobierno un “neoliberalismo remozado” que busca aplicar rápidamente reformas económicas, recurriendo a cuadros políticos e ideas que, en el pasado, generaron altos niveles de pobreza y exclusión.
Una lectura distinta plantea Luis Paz, representante del Observatorio de Economía de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA). Desde su análisis, el viraje en política exterior responde a una necesidad objetiva de adaptación al contexto global. Para Paz, “Bolivia no puede permitirse decisiones basadas en afinidades ideológicas cuando enfrenta una crisis económica y requiere dinamizar su aparato productivo”, dice a ANF.
Paz sostiene que abrir mercados y fortalecer relaciones con potencias económicas es una obligación del Estado para beneficiar tanto a productores como a consumidores. En ese sentido, valora positivamente el acercamiento a Estados Unidos e Israel, así como la participación en espacios internacionales donde se definen flujos de inversión y comercio. A su criterio, estas acciones permiten a Bolivia insertarse en cadenas globales de valor y respaldar a industrias ya existentes.

El economista también cuestiona las políticas de industrialización estatal impulsadas en años anteriores, a las que califica como ineficientes. Desde su enfoque, “abrir el mundo para Bolivia” implica abandonar modelos que no dieron resultados y adoptar una integración económica acorde a las dinámicas actuales.
Martín Moreira, analista económico, tiene una visión más severa y define el giro diplomático como un “error muy grave”. A su juicio, el alineamiento casi exclusivo con Estados Unidos, Israel y la OTAN implica descuidar relaciones estratégicas con el bloque de los BRICS, particularmente con China y Rusia. Esta decisión, advierte, podría tener consecuencias comerciales inmediatas.
Moreira subraya que China es el principal destino de exportaciones bolivianas como carne, chía y quinua, que en conjunto representan alrededor de 2.000 millones de dólares. Un deterioro de esa relación, producto de represalias o pérdida de confianza, dice a ANF, tendría un impacto directo sobre sectores productivos y empleo. Desde su perspectiva, priorizar un solo eje geopolítico reduce el margen de maniobra del país.
El analista también alerta sobre el manejo de recursos estratégicos como el litio. Señala que el nuevo esquema no apunta a la industrialización en Potosí, sino a la extracción de materia prima para su procesamiento en países vecinos, con industrias vinculadas a capitales norteamericanos.
A ello suma el riesgo de un ajuste económico asociado a exigencias de organismos como el FMI y el BID, que incluiría una devaluación del boliviano y afectaría los ahorros de la población. Para Moreira, el interés de Estados Unidos se limita a asegurar materias primas frente a China, sin un compromiso real con el desarrollo boliviano.

/FC/
Articulo sin comentarios