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Opinión

Tres monedas y un billete ¿eso es el bicentenario?

5 de Agosto, 2025
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Para el grueso de los bolivianos, las fiestas patrias se deben tomar en toda la extensión de la palabra, tal es así que sus gobernantes simplemente ceden ante el clamor popular por desfiles, paradas militares, mercancía conmemorativa digna de un coleccionista. Todo la algarabia disfraza la realidad detrás, la crisis económica que se desea olvidar por lo menos por unos días, embriagados de ese patriotismo exacerbado por el Bicentenario y el posible fin de un ciclo político a la cabeza del Movimiento al Socialismo.

¿Nos merecemos los gobernantes que tenemos?

Es una pregunta engañosa, en la medida que parte de un supuesto equivocado. El merecimiento deriva de una acción previa que repercute directamente como consecuencia de. En el caso particular de Bolivia la pregunta correcta sería ¿qué hicimos para merecer los gobernantes que tenemos? La respuesta es la siguiente:

Una sociedad colectivizada inconsciente que deambula aturdida en la comodidad de la masa y renuncia a su individualidad y con esta la facultad de desarrollar su pensamiento crítico, ha delegado la importante labor de redactar leyes, dirigir el rumbo de la vida de los ciudadanos, establecer el nivel de calidad de vida al cual podrán acceder y las oportunidades que estos puedan aspirar a un pequeño grupo de políticos que tomaron ese poder cuando realmente debían asumir esa importante responsabilidad.

El adoctrinamiento con el tiempo se empezó a llamar educación, y la esclavitud con el tiempo empezó a sonar a democracia representativa. Los pocos críticos que se separan del rebaño son señalados desde el anonimato de la turba, que reafirman su fe ciega a la iglesia del Estado en lugar de plantearse las fallas del sistema y pensar en alternativas que permitan evolucionar a una sociedad moderna.

En la ciudad capital de la República de Bolivia, donde antes un grupo de hombres decidió forjar un nuevo país a través de la voluntad y la esperanza hoy transitan personas que se deciden con esa misma voluntad permanecer en fila esperando participar de las festividades, bombos, alcohol, música y fiesta es el alivio a una crisis no solo económica sino social y cultural. Piezas de pan en el suelo son suficientes para atolondrar a las masas que festejan y vitorean los 200 años de la nación que muy poco hacen para transformar su realidad a partir del dialogo, la negociación el pacto y consenso, principios que permitieron dar inicio en 1825 poner la piedra fundamental de lo que pudo ser una gran nación pero luego de 200 años se quedo en un simple deseo, sobre el que muchos construyeron discursos que el tiempo se encargo de demoler sin esfuerzo.

La identidad boliviana parte de una base material y un toque trágico de las vidas ofrendadas: sangre para defender riqueza, cuando los recursos se terminan no queda nada que defender por ende no hay vidas que sacrificar. En su lugar es necesario recuperar al individuo, tan heterogéneo que es imposible de encasillar, una capacidad de adaptación que le permitió construir una visión en parajes inhóspitos, que supo remembrar viejas alianzas en favor de causas comunes como la democracia, la libertad y emergencias en las que la vida de los demás corría peligro por amenazas naturales a las de sus propios compatriotas.

Probablemente sea necesario tocar fondo para darnos cuenta que Bolivia es más que un cúmulo de materia, y reconocer por vez primera que la hidalguía, el desprendimiento, el coraje y la virtud son rasgos comunes en los bolivianos que verdaderamente construyen el país sin necesidad de tomar el poder político de instituciones enajenadas por mezquinos intereses.

Tres monedas y un billete para un país empobrecido por la inflación, perdido en el desgobierno de un mandatario contando los días para retirarse y una antesala iluminada por la tenue luz de un cambio de aires allá en el horizonte. No es un homenaje es una manera irónica de decir adiós a 200 años de irracionalidad, violencia y triunfos pasajeros. Al día de hoy seguimos averiguando quienes somos.

El autor es presidente de Fundación Lozanía