Se dice que las niñas y los niños aprenden más de lo que ven hacer a los adultos que de lo que les decimos. Desde el origen de la vida, la imitación ha sido una de las primeras formas de aprendizaje en lo cotidiano. Esto se refuerza con la teoría del aprendizaje social, del psicólogo canadiense Albert Bandura, quien afirma que los niños aprenden mucho más por lo que observan que por lo que se les dice. Primero prestamos atención a lo que hacen los demás, luego lo recordamos, después lo reproducimos y, finalmente, lo repetimos si vemos que trae algún beneficio o, al menos, no tiene consecuencias negativas.
En otras palabras, los hijos no solo escuchan nuestras palabras: sobre todo, aprenden de nuestras acciones. Si en casa ven que las normas se cumplen solo cuando conviene, eso es lo que terminarán imitando y adoptando como propio.
¿Y qué tiene que ver esto con la corrupción? Mucho.
En el día a día escuchamos mucho la palabra “corrupción”, esa práctica dañina, pero, a la vez, tan normalizada en nuestra sociedad. Muchas veces se piensa que la corrupción es un problema de gobiernos o grandes instituciones, pero su raíz está mucho más cerca de lo que imaginamos. Nace en lo cotidiano, en pequeñas transgresiones que normalizamos y que los niños aprenden desde muy temprano.
Si mamá o papá justifican una mentira “para salir del paso”, o si saltamos la fila del banco porque “no había tiempo”, los niños aprenden que las reglas son flexibles. Lo que modelamos en casa se convierte en hábitos que ellos llevan a la escuela y luego a su vida.
Estas “pequeñas trampas”, que normalizan prácticas centradas en aprovechar un descuido para sacar ventaja, bajo el justificativo de que “todos lo hacen”, transmite un mensaje. Y a medida que se repite, esos mensajes se convierten en hábitos que, lamentablemente, terminan formando una cultura: del más vivo, del que hace “chanchullo” en un examen es el más “capo”, del que se justifica diciendo “el mundo es de los vivos”.
Cuando estas conductas se normalizan, lo que se transmite a los niños no es solo un comportamiento aislado, sino una manera de entender el mundo: que las reglas existen, pero pueden romperse si hay una ganancia de por medio.
Si queremos erradicar esta práctica dañina, necesitamos auto observarnos de manera crítica y honesta como sociedad, revisar nuestros valores y principios, y adoptar prácticas éticas y honestas. La ética no se aprende solo con discursos o reglas; se aprende viendo ejemplos claros de respeto, coherencia y responsabilidad. Cuando los niños ven que cumplimos nuestras promesas, que respetamos las normas y que no buscamos siempre la salida fácil, aprenden a hacer lo mismo.
La corrupción no es solo un problema de otros. Empieza en casa, en lo que modelamos cada día, en cómo manejamos las reglas y como “aprovechamos” los atajos. Si queremos un futuro más honesto, debemos sembrar valores desde la infancia, con acciones más que con palabras.
Al final, la pregunta es simple: ¿qué estamos enseñando a nuestros hijos sin darnos cuenta con nuestras acciones diarias?
La autora es comunicadora social, consejera en crianza respetuosa.