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Opinión

El poder de las madres para cambiar el mundo

28 de Mayo, 2018
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ANA LUCÍA VELASCO UNZUETA
Debo comenzar con una confesión: “el poder de las madres para cambiar el mundo” es una frase prestada de Laura Gutman, una terapeuta y escritora argentina con una poderosa idea: si las madres pueden conectar amorosamente con sus hijos, son una semilla para cambiar el mundo en el que vivimos. Parece una idea muy simple, pero es revolucionaria.

¿No se supone que todas las madres conectan amorosamente con sus hijos por “naturaleza”? Puede ser. Sin embargo, lo que está pasando hoy en día es que aquello que nos parece tan básico, está siendo boicoteado. Una sociedad que va exigiendo cada vez más que existan espacios “libres de niños” o espacios hostiles para madres con hijos -sin espacios para cambiar a los bebés, para hacerlos jugar o para que simplemente sean niños:  gritando, saltando jugando. 

Una sociedad que, o envía al mayor soporte de los recién nacidos a trabajar a penas su cuerpo este “apto” para la vida pública, o las lleva desplaza a la informalidad para ganarse la vida, o aísla a las madres que se quedan a cuidar a sus hijos. Una sociedad que tiene más guarderías que grupos de apoyo para madres o asesoras de lactancia. Una sociedad con un amplio mercado atestado de productos destinados a los bebés – chupones, sillitas, hamacas, papillas, juguetes y un gran etcétera- pero con un mercado inexistente de información, apoyo y compañía. Una sociedad que pareciera celosa del vínculo entre madre e hijo y los obliga a abandonarse: “que no se acostumbre a los brazos” “no le des pecho en público” “que aprenda a dormir solo”.

Una madre que tiene que luchar para obtener las cosas más básicas: para que le den espacio y tiempo en el trabajo para amamantar a su bebé, para procurar el cuidado amoroso de alguien que la supla mientras trabaja o para conseguir la ayuda de alguien que la sostenga mientras ella dedica cada minuto de todos los días a cuidar a otro ser humano, para no perder la identidad y ese su lugar en el mundo por el que ha trabajado toda su vida. Debe luchar contra los consejos no solicitados, contra el doctor que no tiene la paciencia para explicarle todo lo que ignora, contra ciudades planificadas para edificios, autos y oficinas pero no para niños curiosos, contra el transporte que no ve al niño como un pasajero, contra la calle que no ve a al niño como un peatón, contra el poder que han adquirido todos a opinar sobre su vida sexual y su planificación familiar. Y en ese mundo, tiene que maternar.

Entonces el boicot genera desconexión y la conexión amorosa ya no es natural, es un reto. Y esa madre que tenía en sus manos la semilla para cambiar el mundo, va perdiendo su poder. ¿Cómo el hecho de que una madre pueda conectar con su bebé, y luego con su hijo o hija, puede cambiar el mundo? El mundo de la neurociencia nos ha traído hallazgos impresionantes: sin afecto no hay sinapsis, es decir, las neuronas de nuestro cerebro no forman conexiones. Nuestra química cerebral necesita del afecto para desarrollarse; de tal manera que si hay cariño, las sinapsis que se forman en los primeros años se fortalecerán y perdurarán; mientras que si no son estimuladas por la química del amor, dejarán de utilizarse y morirán. Si además de no recibir amor, el ser humano experimenta violencia o abandono, se generan sinapsis que se fortalecerán también: quedará grabado en nuestro cerebro que nos somos dignos de amor. Esta es la clave de la salud mental de la humanidad. 

Un dato adicional: los seres humanos nacemos terriblemente inacabados; a diferencia de un cachorro gato o perro que ni bien al nacer puede desplazarse hacia su mamá para alimentarse, los seres humanos nos tomamos en promedio 9 meses para comenzar a desplazarnos. Esto implica que necesitamos 9 meses de gestación dentro del vientre de nuestras madres y 9 meses de gestación fuera de él. Esto quiere decir, que la madre y todo el entorno del bebé deben crear una especie de útero fuera de la madre, en la que el niño debe terminar de formar todas sus habilidades mentales y motoras para comenzar a enfrentarse al mundo. Nueve meses mínimamente; la ley otorga 45 días. Y aquellas madres que trabajan en el mundo informal, quizás ninguno. 

La imposibilidad de que un niño pueda recibir el amor de su madre, principalmente, genera un ambiente propicio para el desarrollo de trastornos mentales y de comportamiento: desde una tendencia a los vicios como el alcohol, las drogas o la comida, hasta enfermedades mentales graves, como la depresión. Pero en el medio de ese rango existen celosos compulsivos, personas violentas, gente sin empatía, incapacidad de seguir reglas y gente muy sumisa y con miedo. Lean crónica roja y díganme si todo lo que leen ahí no puede ser explicado por todos estos escenarios.  

Cuando pienso en cómo mi mamá tuvo que enfrentarse contra el leviatán social de criar tres mujeres a su manera, además de atender a un marido que para la sociedad de hace 40 era como un hijo más, en una ciudad que no era la suya, sin su propia madre para acompañarla, sin un grupo de otras madres que la apoyaran, sin guarderías que le dieran un descanso, sin niñeras que le alivien los trabajos más pesados y con todos los ojos puestos encima de ella, juzgando cada uno de sus aciertos y de sus errores, no puedo sentir más que admiración. Y también rabia. Porque no debería ser así.

Les propongo un ejercicio: hagan el mismo recorrido vital con sus propias mamás. No sólo las feliciten y abracen por el día de la madre, comprendan cuál fue la situación en la que ellas tuvieron que amarlos, cuidarlos, protegerlos, sanarlos. Reconozcan cómo sus madres crearon un útero para ustedes en este mundo hostil y los acompañaron hasta que se hicieron independientes ¿tu madre tuvo que trabajar? ¿Tuvo que quedarse sola en casa? ¿No le dejaron amamantar? ¿Pudo cuidarte como ella quería? Hagan el ejercicio y consideren, con toda honestidad, si alguien estaría dispuesto a hacer todas esas cosas si no fuera por amor. Y díganme si ese amor no puede cambiar el mundo.

Ana Lucía Velasco es politóloga, investigadora social y docente en la UCB.
Twitter: @AnaVelascoU

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