¿Qué hace que una persona responda desde la reflexión mientras otra lo hace desde la reacción? Sin duda, esto se relaciona con la forma en que cada uno gestiona y regula sus emociones. Pero además depende de una habilidad que empezamos a construir desde la infancia: el pensamiento crítico.
Esa capacidad que activa la parte más racional del cerebro y nos permite analizar, cuestionar, indagar y evaluar antes de actuar. En otras palabras, es lo que nos ayuda a responder desde la reflexión y no desde el impulso.
Y es precisamente eso lo que hoy parece estar en crisis. Vivimos tiempos en los que las realidades se distorsionan con facilidad, muchas veces como resultado del uso y abuso de las redes sociales, donde la inmediatez reemplaza a la reflexión y la opinión se confunde con verdad.
Cuando estudiaba Comunicación Social, recuerdo los debates en clase de periodismo sobre la “objetividad” en la redacción de noticias. ¿Era posible ser totalmente objetivos? Concluíamos que no, porque siempre hay un componente de subjetividad: quien narra, fotografía o edita una historia lo hace desde su mirada. Por eso, nos enseñaban que la ética periodística era la guía esencial para acercarnos, lo más posible, a esa objetividad ideal.
Hoy, con la revolución tecnológica, ese desafío es aún mayor. Ya no se trata solo de qué palabra se elige o desde qué ángulo se toma una foto, sino de la creación de realidades enteras, donde la ética muchas veces se diluye y la manipulación de la información se vuelve cotidiana.
Ante este panorama, siento que el único factor de protección que tenemos frente a la confusión y la desinformación es el pensamiento crítico. Y esa habilidad se siembra desde los primeros años de vida.
Son los padres, madres y adultos que acompañan quienes pueden motivarla día a día, respondiendo con paciencia las preguntas que nacen de la curiosidad. Cada vez que un niño pregunta “¿por qué?”, y en lugar de cortar la conversación lo invitamos a pensar, estamos sembrando la semilla del pensamiento crítico.
También lo hacemos cuando los alentamos a buscar soluciones frente a pequeños problemas cotidianos. Por ejemplo, si un niño derrama la leche, podemos decirle: ¿Qué hacemos cuando se derrama la leche?, ¿Qué se te ocurre que puedes hacer para solucionarlo?
Preguntas simples, pero poderosas. Porque detrás de ellas hay un mensaje: “Confío en tu capacidad de pensar”. Y esa confianza, sostenida a lo largo del tiempo, se convierte en la base de un pensamiento crítico sólido. Uno que, en la adultez, será capaz de discernir entre lo que se dice y lo que realmente es.
La autor es comunicadora social/consejera en crianza respetuosa