La violencia es una práctica peligrosa, no solo por el daño que causa en el presente, sino porque suele escalar de forma casi imperceptible: comienza con un insulto, sigue con un grito y puede terminar en un golpe, e incluso en la muerte.
Como sociedad —y muchas veces como parte de nuestra propia cultura— hemos normalizado el maltrato infantil a través del castigo físico y de la humillación. Y lo hemos justificado con frases que aún resuenan: “a veces un buen golpe es necesario” , “te pego para educarte” o “gracias al golpe que recibí soy la persona que soy”. Pero si lo pensamos con honestidad, la afirmación correcta sería: “a pesar del golpe que recibí, soy la persona que soy”.
La violencia no aparece de la nada. Es una respuesta desregulada que nace de una emoción primaria: el enojo. Como señala el profesor Rafael Bisquerra, la violencia surge de la incapacidad que tenemos para regular una emoción de “defensa” como la rabia.
El enojo, además, se alimenta de factores cotidianos: la crisis económica, la falta de empleo, las preocupaciones constantes… frustraciones que se acumulan hasta desbordarnos. Y muchas veces, lamentablemente, terminamos descargándolas en los cuerpos de los niños. No hicieron la tarea, sacaron una mala nota o simplemente derramaron algo en casa: ahí aparece la excusa perfecta para “corregirlos” con un golpe. Pero el verdadero problema no está en ellos, sino en lo que no sabemos reconocer ni gestionar dentro de nosotros mismos.
El enojo, cuando no se regula, escala. Y cuando estalla en un grito o en un golpe, lo que se libera no es educación, sino dolor, ira y frustración. Solo entonces —a veces— alcanzamos a notar que el pequeño cuerpo que recibe la descarga no tiene ninguna culpa. Y aunque en ocasiones logramos detenernos a tiempo, en otras no…
Si de verdad queremos erradicar la violencia, debemos dejar de normalizarla hacia las infancias. Porque de lo contrario, la cadena del maltrato seguirá repitiéndose de generación en generación.
Y digo erradicar, no solo resistir. Erradicar implica desmontar aquellas expresiones que todavía validan “el golpe, la chancla o el jalón de orejas” como si fueran métodos educativos y correctivos válidos. Significa comprometernos con la educación emocional y con el aprendizaje de habilidades que nos permitan reconocer y regular nuestras emociones.
Solo así podremos construir relaciones más respetuosas y romper, de una vez por todas, con la herencia del maltrato.
La autora es comunicadora social y consejera en Crianza Respetuosa