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Opinión

45 años después

25 de Enero, 2026
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Ocurrió en enero de 1981. Bolivia vivía bajo la dictadura de Luis García Meza y Luis Arce, que asaltaron el poder cruel y despiadadamente el 17 de julio de 1980, desconociendo los resultados de las elecciones que había ganado, por tercera vez consecutiva, la UDP. 

El 15 de enero de 1981, en el marco de la represión brutal que había desencadenado la dictadura narco delincuencial, habían sido asesinados ocho dirigentes nacionales del MIR (conocí personalmente a cuatro de ellos), lo que motivó que la consigna mirista del año anterior, en sentido de que nadie debía asilarse, se modificó y se dispuso la salida del país de todos los dirigentes nacionales y regionales del partido. La dictadura estaba dispuesta a acabar con el MIR. 

La dictadura había clausurado la universidad, repitiendo la práctica iniciada en agosto de 1971 y reiterada por su homóloga banzerista en varias ocasiones. En octubre de 1980, se convocó a los egresados de todo el país a rendir exámenes de tesis y/o grado. Con mi gran amigo René Ríos, muerto en un trágico accidente en 1986, nos dimos a la tarea de preparar la defensa de tesis y el examen de grado, habida cuenta que, por entonces, había que rendir ambas pruebas para obtener la licenciatura.

El 5 de enero defendí exitosamente la tesis, que en algún momento fue objeto de una mirada por Ricardo Navarro Mogro, uno de los asesinados del 15 de enero. Vencido ese examen, debía enfrentar el de grado. Y debía hacerlo no sólo por interés personal y familiar (ya estaba casado con María Elena Burgos Palacios y había nacido mi hijo Jorge), sino por compromiso político. Había que ser profesional para servir al país y a la revolución que el MIR parecía encarnar entonces.

Mi padre había muerto ocho meses antes, a la edad de 57 años. Mi madre, viuda y sólo ama de casa por decisión de su mamá, no tenía ingresos como no fuera la renta de viudedad de mi finado papá. Mi tía Anita, hermana de mi padre, que vivió toda su vida con nosotros, se había jubilado y percibía una jubilación que apenas alcanzaba para algunas cosas.

Yo había perdido mi trabajo de Inspector de la Corte Departamental Electoral con el golpe de García Mesa y mi hogar lo mantenía María Elena, que trabajaba como como secretaria en la Dirección Distrital de Educación Rural, contábamos además con la ayuda de mi suegra, Laura Palacios vda. de Burgos, y mi cuñada mayor, la señora Ida.

René Ríos continuó estudiando conmigo para el examen de grado. Mi cuñado Winston Burgos y su entonces esposa María Elena Iporre, ambos médicos, me dieron una mano con “Medicina Legal”. Freddy Flores Ponce, ayudó en la transcripción de la versión final de la relación del expediente que me tocó en sorteo. Guillermo Benavides se preocupó de conseguir normas legales y textos que debía estudiar para el examen. Sarita, la trabajadora del hogar, daba una tremenda mano cuidado a Jorgito.

Mi mamá, Olga Salazar, mi tía Anita y mi hermana Gisela, que por entonces ya tenía a sus tres hijos mayores, también dieron una mano en todo aquello que estaba a su alcance. La última contribuyendo también con textos, y las dos primeras mostrando su apoyo incondicional.

Llego el día del examen. Luego de cuatro horas, el Tribunal pasó a deliberar y se leyó la nota final: había aprobado el examen. El presidente del Tribunal, Kenny Prieto Melgarejo, se dirigió a mí y a los asistentes y comenzó su alocución diciendo: “Doctor Carlos Derpic …” Acto seguido, don Raúl Castro Niño de Guzmán, amigo personal de mi papá y mi mamá, dijo que mi padre seguramente estaba viendo desde el cielo lo que pasaba y se encontraba muy feliz.

Tremenda emoción y lágrimas a raudales. Aplausos de los asistentes, precisamente en el momento en que mi esposa y mi mamá ingresaban al Aula Magna de la Carrera de Derecho. 

Fuimos con Willy Benavides y René Ríos a la casa de mi mamá a la primera parte del festejo, durante la cual el primero de ellos me regaló un disco de “Los Chalchaleros con bandoneón”, con dedicatoria incluida y firma suya y de René Ríos (después supe que el disco era de su hermano Ismael, a quien años después me di el gusto de devolvérselo junto con otro del mismo grupo también con bandoneón, en versión “disco compacto”).

Nuestra situación económica no era buena. Por eso, cuando mi mamá me dijo que por la noche haríamos una cena y le dije que no era posible incurrir en gastos, me comentó que mi papá había comprado whisky “Ye Monks” en jarra, diciendo “para el día que mi Carlos sea abogado”. Ella, por su parte, me regaló, con lo poco que pudo ahorrar, un reloj Edox que funcionó durante 44 años, hasta 2025. Tal gesto me llevó, a principios de este siglo, a rechazar una oferta de $us.2.000,oo) que me hicieron en Lima para comprar el reloj.

En el festejo también estuvieron mis tíos Ato, Lola y María, mis primos y primas Ruth Lucho, Patricia, Gladys; mi profesor de acordeón Alberto Iporre Salinas (esposo de Ruth); días antes me había deseado lo mejor mi primo Enrique. El doctor Mario Hurtado Ibáñez que me ayudó muchísimo después de salir abogado.

Aquí estoy, 45 años después de aquel día, normal cualquier otro, pero muy significativo para mí. Ese día aprendí que el esfuerzo personal vale la pena para alcanzar cualquier meta, pero es insuficiente si no hay la ayuda de otras personas.

Gracias, muchas gracias a quienes hicieron posible esto que hoy cuento. Y disculpas si me olvidé de alguien.

El autor es abogado