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Opinión

Un momento liberal o iliberal

11 de Julio, 2026
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‎La impronta de los años 90 aún seduce a muchos. Para esa nostalgia, la panacea es recrear alianzas hacia el centro. El consenso racional se armaría en el Parlamento y, después, con la Bolivia corporativa que se deje persuadir. Los desafectos y las pasiones se calmarían con el jarabe de la deliberación del interés general.

‎El cambio de modelo económico y de la Constitución serían la consecuencia natural del acuerdo. Los rebeldes, marginales en el sistema político resultante. La izquierda nacionalista acabaría confinada a un archipiélago declinante; su principal islote sería tal vez el Chapare. De ahí a la paz perpetua kantiana hay nomás un paso.

‎Durante su largo principado, Álvaro García Linera insistía en que la revolución democrática cultural debía conducirse entre momentos leninistas y momentos gramscianos.

‎En 2008-2009 le tocó al leninismo, Hotel las Américas incluido. La oposición cruceña y los prefectos fueron decapitados con métodos propios del “blanquismo en salsa tártara”. Así denominaba el socialista francés León Blum al menjunje doctrinal del líder bolchevique. La Constitución de 2009 fue finalmente aprobada con una secuencia de legitimidad e imposición. Nada más alegórico que la Constituyente reunida en un cuartel de Sucre.

‎Después del leninismo regresó la labor gramsciana. Álvaro recetaba incluir a los derrotados como subalternos. No ocuparían la dirección del poder, pero extenderían la irradiación de la hegemonía conquistada. Para adobar ese estofado, le añadía muchos intelectuales orgánicos de clase media.

‎En un libro español de 2014, Pablo Iglesias anotaba que la política se mueve entre fases de ajedrez y de boxeo. Intentaba así ser más pedagógico que su doctrinario camarada Álvaro. El leninismo implica zarpazos de la fuerza, la “guerra de maniobra”, dice Gramsci. En cambio, la hegemonía se forma disputando cada trinchera cultural, simbólica o política.

‎Volviendo a la nostalgia liberal, no hay novedad en el amor platónico por el consenso. Por décadas, las fundaciones extranjeras lo pregonan y no dejan de financiarlo. Incluso los golpes leninistas del período previo le sonaron a esa almidonada burocracia internacional como nimias transgresiones a la etiqueta.

‎La pregunta cruda actual es, sin embargo, si el momento liberal es todavía posible. Por un lado, es la primera intuición ideológica del Gobierno, y de su debilidad. El consenso sería la brújula que le asegure al presidente Paz navegar en aguas mansas o, siquiera, menos tempestuosas. Se ahorraría insomnios y angustias.

‎Pero poniendo a Álvaro patas arriba, es dudoso que un orden económico y político viable nazca hoy de un pacto liberal bien portado y sensitivo. Invirtiendo el análisis de los repetidores nativos de Lenin y Gramsci, resta verificar si la coyuntura anuncia los primores de la armonía liberal o, por el contrario, invoca a los jinetes de la democracia iliberal.

‎Si solo fuera por inercia, el continente va acumulando exponentes de la derecha iliberal. Y en la composición interna, la izquierda nacionalista dista mucho de exhibir aquí el talante, los lentes y el manual del buen socialdemócrata.

‎Repasen, si no, las explicaciones de los opinadores gramscianos y leninistas durante el bloqueo. Como en enero, la querella subyacente en mayo y junio ha sido definir quién manda. El nacionalismo de izquierda confía en que, al final, la calle le restituirá el cetro. Mientras, el Gobierno es apenas un aspirante a sobrevivir en paz.

‎La reforma política y económica no surgirá automáticamente del beneplácito parlamentario ni de la inculcación del consenso en los talleres de la cooperación internacional. La reforma constitucional tampoco será fruto de un inspirado entendimiento entre letrados de las fuerzas políticas, con una campaña de difusión posterior.
‎Después de los dos ensayos callejeros de este año, es improbable que la titularidad del poder se resuelva en una serie de debates racionales que ganen los más brillantes polemistas o negociadores. Desdichadamente, la gravedad de esta crisis encaja mejor en un ring que en un salón de té o en una ilustrada partida de ajedrez, para usar la metáfora del bolche Pablo Iglesias.

‎El autor es abogado 

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