En diciembre de 1950, la Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad de San Francisco Xavier publicó un libro titulado ·Declaraciones Fundamentales de los Derechos Humanos”, en cuya “Introducción” se lee: “A través de los documentos registrados en esta publicación (…) puede verse el esfuerzo incesante del hombre, desde la época de la servidumbre, para conquistar y establecer en fórmulas escritas, derechos considerados fundamentales en orden al desarrollo integral de su personalidad, así como la esperanza siempre renovada, a pesar de tantas y tan amargas experiencias, en que algún día esos derechos inherentes al individuo como ciudadano del mundo, han de tener vigencia y validez universales”.
Ese es el sentido en que entendemos el término “utopía”, no el etimológico que nos habla de un “no lugar” y, por tanto, de algo que no existe. Compartimos la opinión de Eduardo Galeano que dice de la utopía: “Ella está en el horizonte. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Por mucho que yo camine, nunca la alcanzaré. ¿Para qué sirve la utopía? Para eso sirve: para caminar”.
Antes que él, Moro (“Utopía”), Campanella (“La ciudad Sol”) y Bacon (“La nueva Atlántida”), soñaron con un mundo mejor. Sus obras fueron consideradas antecedentes del socialismo y más tarde Marx y Engels llamaron “socialistas utópicos” a otros “soñadores” como Saint Simon, Fourier y Owen, oponiendo a sus planteamientos los del “socialismo científico”.
Hoy, “utopía” ya no es más un “no lugar”, sino algo que nos convoca a construir un mundo y un país mejor, a buscar la “Eutopía” (un lugar bueno). Hay varios autores que, desde distintas perspectivas, se han referido al tema:
Jon Sobrino dice que es una esperanza histórica y cristiana que surge en medio del sufrimiento de las víctimas. No es una idea abstracta, sino una respuesta al dolor, la injusticia y la exclusión. Añade que la realidad no debe aceptarse como inevitable; por el contrario, la utopía es esperanza activa. Pero, ojo, dice también que la redención cristiana, ligada a la utopía, no significa escapar del mundo, sino colaborar en la transformación de la historia hacia una sociedad más humana, inspirada en el Reino de Dios.
Leonardo Boff decía hace varios años que, en el desamparo en que se encuentra la humanidad actual, se hace urgente rescatar el sentido libertador de la utopía: “En la crisis, se mezclan miedo y esperanza, especialmente ahora que estamos ya dentro del proceso de calentamiento planetario. Necesitamos esperanza, la cual se expresa en el lenguaje de las utopías. Éstas, por su naturaleza, nunca van a realizarse totalmente, pero nos mantienen caminando”.
El irlandés Oscar Wilde dijo: “Un mapa del mundo que no incluya la utopía no es digno de ser observado, pues ignora el único territorio en el que la humanidad siempre atraca, partiendo enseguida hacia otra tierra aún mejor”
Ernst Bloch acuñó la expresión principio-esperanza, que es el inagotable potencial de la existencia humana y de la historia, que permite decir no a cualquier realidad concreta, a las limitaciones espaciotemporales, a los modelos políticos y a las barreras que cercenan el vivir, el saber, el querer y el amar.
Ahora bien, ¿Qué signos tenemos de que esto se está realizando? Muchos: La actuación de la ciudadanía boliviana en 2019, que impidió que el MAS se eternice en el poder, pese a la maquinaria armada que tenía para hacerlo. La actitud de los tijuanenes que acogieron a la delegación de Irán durante el presente mundial, oponiendo el amor al odio de Trump que impidió a los iraníes dormir en territorio de Estados Unidos. Las personas anónimas que colaboraron con los transportistas víctimas del feroz cerco impuesto a El Alto y a La Paz por el narcoterrorismo. La práctica de los miembros de la Pastoral Carcelaria Católica que cada semana visitan a las personas privadas de libertad en todo el país y son consideradas como las únicas que se preocupan sinceramente por su situación. Los profesores que hacen de su labor un verdadero apostolado. Los miembros de la Iglesia Católica en Nicaragua, sometidos a feroz persecución por la horrible pareja que gobierna ese país. El Papa León XIV que hace poco estuvo en Lampedusa recordando a los 26.000 muertos en alta mar y criticó las políticas migratorias de la Unión Europea.
Y en el pasado hemos tenido los grandísimos ejemplos de Francisco de Asís, la Hermana Dulce, Martin Luther King, Mahatma Gandhi, la Madre Teresa, los obispos Óscar Romero y Jorge Manrique, el padre Sergio Castelli y una legión de gente buena que busca, en la práctica, la construcción de una nueva sociedad.
¡Lo nuevo está entre nosotros y no lo vemos! Sólo tenemos ojos para lo malo, para lo execrable.
Debemos ser partícipes de la construcción de lo nuevo, no espectadores cómodos y cobardes.
Concluimos con un verso del poeta brasileño Mário Quintana: “Si las cosas son inalcanzables… ¡oye! / No es motivo para no quererlas / ¡Qué tristes los caminos si no fuera / la mágica presencia de las estrellas!”.
Inalcanzables, pero están ahí.
El autor es abogado