Reconociendo que son muchos los motivos que convierten a las “redes sociales” en un factor positivo para la construcción social también es preciso detenerse para examinar aquello que no lo es, sin caer en una lógica dualista que satanice o santifique a las mismas.
En las redes la gente (con nombre y apellido reales, en el anonimato ficticio o desde el despropósito de personalidades inventadas) escribe su opinión, comenta, aprueba, desaprueba, se rasga las vestiduras, insulta, critica, adjetiva, se muestra sensible, comparte, responde, problematiza, agrede, inventa, propone y una muy larga lista más de acciones, todas ellas públicas desde el momento que se realizan en el territorio abierto del internet y de los vínculos de contacto con conocidos y desconocidos.
Los procesos que se dan en las redes requieren ciertamente un análisis en profundidad pero el propósito de este editorial es preguntarnos como personas humanas ¿publicar en redes sociales a qué me compromete?
Es muy fácil decir por decir, opinar sin conocimiento del tema o a la sazón de la última ocurrencia, hacer humor, sátira o burla en base a memes, palabras o “emoticons”; la mayoría de las veces la gente no responde a un comentario de forma respetuosa y abierta al diálogo, en múltiples oportunidades no se argumenta sólo se vocifera, descalifica e insulta agresivamente, se esgrimen posiciones dogmáticas y fundamentalistas incapaces de empatizar con el otro, la otra.
En ocasiones da la impresión de que ese espacio público es más un foro de catarsis social que de construcción de humanidad. Es cierto, nada está dicho o escrito de forma prescriptiva o normativa (aunque se van incorporando formas de “bloquear” o “denunciar” determinados contenidos). La cuestión es si en todo eso que se hace hay un mínimo nivel de compromiso ético personal sobre lo que se publica y difunde o tiene mucho de hipocresía social que se fija en la pelusa del ojo ajeno y no en la viga del propio
Insultar a tal o cual persona por acciones malas puede convertirnos en sus jueces pero después de eso ¿qué? Opinar suele ser fácil, comprometerse con esa opinión cuesta mucho más. Despotricamos contra la corrupción, la violencia, el abuso, el afán de perpetuarse en el poder, la injusticia de nuestra justicia, la contaminación ambiental o la falta de educación ciudadana, etc. pero ¿y qué de lo que expresamos nos compromete explícitamente para cambiar o mejorar? No se debe generalizar pues seguro que sí hay gente comprometida con lo que dice.
El nivel de debate público sobre la salud del presidente, la nueva ley general de la coca, la crisis del agua, el caso Morales-Zapata o el artículo del proyecto de nuevo código penal sobre el aborto, desde las redes sociales, son muestra de la poca ética con la que nos movemos y que, sin embargo, la exigimos a los demás.