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Opinión

Antonio Araníbar Quiroga: Con la democracia en las venas

30 de Junio, 2026
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‎La lucha contra la dictadura junto a la construcción y el afianzamiento permanentes de una democracia expandida y participativa con justicia social fueron el núcleo del proyecto que Antonio Araníbar Quiroga tuvo como diseño vital.

‎ La democracia como concepto, procedimiento y horizonte, enraizada en el tejido social y con energía emancipatoria, esa fue la que modeló a lo largo de su trayectoria política de cuatro décadas. Antonio Araníbar fusionó su profundo compromiso con el bien común, de convencida raíz católica, con un inquebrantable sentido de patria y una metódica capacidad para interpretar la sociedad boliviana, su historia y potencialidades.

‎ Muy joven, bajo la atmósfera que impulsaba en sus inicios la revolución nacionalista modernizadora de 1952 y en busca de respuestas, se incorporó al territorio de las pugnas por el poder en la Universidad Mayor de San Simón, en Cochabamba, munido con las primeras herramientas que le fueron proveídas por la Juventud Universitaria Católica, de tendencia demócrata cristiana.

‎ A partir de ahí, todo su actuar giraría en torno a la posibilidad de hallar, en colectivo, la ruta mejor para forjar un país integrado que enfrente y supere las desigualdades estructurales.

‎ Su etapa de radicalización izquierdista tuvo lugar tras su participación en el XIV Congreso de la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia, organización considerada el baluarte fundamental del proletariado. La tesis política de aquel encuentro de 1970, asumida luego por la Central Obrera Boliviana (COB), postuló abiertamente el antiimperialismo, el enfrentamiento de los intereses burgueses y pequeñoburgueses y, en última instancia, la “formación de un gran frente revolucionario” que condujera a “un gobierno propio de los trabajadores y el establecimiento del socialismo”.

‎ El “Comité Político de la Clase Obrera y del Pueblo” que surgió entonces con la COB y partidos de izquierda se traduciría en junio de 1971 en la Asamblea Popular, que reunió a delegados obreros (mineros, fabriles, ferroviarios, constructores, etc.), de sectores medios (bancarios, maestros, sanitarios, universitarios, comerciantes, periodistas, artistas, escritores, etc.), del campesinado y de partidos. Al modo de un parlamento revolucionario, esa Asamblea fue conformada como un “órgano de poder de las masas populares” durante el gobierno militar progresista del general Juan José Torres, al que pretendía presionar para orientarlo hacia la vía socialista.

‎ Antonio Araníbar Quiroga estuvo ahí como integrante del Partido Demócrata Cristiano Revolucionario, base del futuro Movimiento de la Izquierda Revolucionaria (MIR), y fue parte activa de la resistencia contra el golpe de Estado del derechista coronel Hugo Banzer que en agosto de 1971 derrocó a Torres e impuso una dictadura de siete años.

‎ Casi de inmediato, sin un acto de fundación formal, el MIR cobró vida, constituyó su Dirección Nacional Clandestina encabezada por Araníbar Quiroga y Jaime Paz Zamora, abocándose a tareas destinadas a erosionar el régimen despótico, movilizar y sumar organizaciones sociales e instituciones y articular alianzas nacionales e internacionales en contra del autoritarismo. Las circunstancias sufridas en el contexto de la represión banzerista llevaron a que la estrategia mirista se desplazara desde la “lucha armada” a la “izquierda viable” y después a la “inserción en las masas”, lo que supuso cambios en su dirigencia tanto como críticas y distanciamientos internos.

‎ Para finales de 1977 el régimen banzerista vio socavados sus soportes políticos internos y externos, lo que posibilitó la emergencia de un movimiento popular de alcance nacional que demandó la restitución de las libertades y consiguió la convocatoria a elecciones al año siguiente. No obstante, el regreso a un gobierno elegido en las urnas solo se llegaría a concretar en octubre de 1982.

‎ En ese ínterin, el MIR se resituó ante el devenir nacional con su tesis del “entronque histórico” que apuntaba a constituir un “bloque social revolucionario” compuesto por obreros, campesinos y clases medias que conectara los objetivos de la revolución de 1952 con los de una esperada revolución socialista. Ese fue el cimiento de su integración al Frente de la Unidad Democrática y Popular que, tras las frustradas elecciones de 1978, 1979 y 1980 y de sucesivos golpes militares, recibió el mando de la nación en 1982 con el binomio Hernán Siles Zuazo y Jaime Paz Zamora.

‎ Antonio Araníbar Quiroga debió ser el acompañante vicepresidencial de Siles, pero cedió su lugar a Paz Zamora. No obstante, ese acceso directo al poder político marcaría un punto de quiebre para el mirismo, pues representó la ocasión para que el individualismo caudillista del nuevo vicepresidente –su “engreimiento”, como dijo Araníbar Quiroga– se manifestara a plenitud. Más tarde, ese hecho y la gestión excluyente y utilitaria que le siguió provocaron una ruptura de la que surgieron el MIR-Nueva Mayoría (MIR-NM), de Jaime Paz, el MIR-Bolivia Libre (MIR-BL), de Antonio Araníbar, además del MIR-Masas, encabezado por Walter Delgadillo. 

‎ Araníbar fue diputado nacional de 1979 a 1989 e intervino como candidato presidencial en los comicios de 1985, 1989 y 1993 con el Frente del Pueblo Unido, la alianza Izquierda Unida y el Movimiento Bolivia Libre (MBL), respectivamente. 

‎En 1989, al no haber ganador, la elección entre los tres postulantes más votados se hizo en el Congreso, como establecía la Constitución vigente. Jaime Paz, que había obtenido el tercer lugar, resultó electo mediante un acuerdo con la Acción Democrática Nacionalista del exdictador Banzer, catalogado ya en 1985 por el líder de la Nueva Mayoría como “un demócrata probado” y respecto al que antes de su pacto sostuvo lo siguiente: “Nos separan ríos de sangre que son ahora traspasados por el puente de la democracia”, pragmatismo que ahondó más aún la brecha que había fracturado al MIR.

‎ Todos estos episodios fortalecieron el perfil democrático de Antonio Araníbar Quiroga, quien asumió la democracia como el camino para la convivencia colectiva y no solo defendió los principios de ética, institucionalidad, legitimidad  y liderazgo colectivo dentro del propio MIR, en el ejercicio gubernamental y en la relación entre fuerzas políticas, sino que también abrió el espectro de la participación en la vida pública a la pluralidad de actores sociales del país (obreros, campesinos y regionales), más allá del criterio clasista típico de la izquierda marxista tradicional. 

‎ En 1991, con la fundación del MBL, bajo la dirección de Araníbar Quiroga fue estructurado un programa político que, entre otros aspectos, planteó tanto la democracia interétnica, con un Estado plurinacional y pluricultural, como la democracia participativa, con la iniciativa popular, el referendo y la revocatoria de mandato. La asamblea constituyente de 2006-2007 incorporó todos estos elementos en la nueva carta fundamental que elaboró y atribuyó su autoría a algunos advenedizos.

‎ Frente a los acuerdos de conveniencia que se habían normalizado desde 1985 para conformar gobierno (la “democracia pactada”), tras conocerse los resultados de las elecciones de 1993 Antonio Araníbar convocó públicamente a que se respete a la primera mayoría y a evitar, en consecuencia, convenios poselectorales distorsionadores de la voluntad popular. 

‎Araníbar Quiroga fue Canciller de la República entre 1993 y 1997 por invitación del vencedor de aquellos comicios, Gonzalo Sánchez de Lozada, que llamó al MBL a formar coalición programática. Su gestión como ministro de Estado está considerada como una de las de mayor consistencia; sin embargo, mediante acusaciones infundadas, el gobernante del “proceso de cambio” que fugó en 2019 y hoy es prófugo de la justicia le forzó a un injusto exilio de dos décadas del que apenas pudo retornar en diciembre de 2025.

‎ En su libro autobiográfico La política como opción de vida Antonio Araníbar dejó escrito que la tarea actual para las nuevas generaciones en el país es dar “un salto hacia adelante, reconstruyendo y consolidando una democracia plurinacional y pluricultural, pero en el seno de una república democrática con instituciones sólidamente asentadas y una representación política a la altura del desafío que se impone”.

‎Antonio Araníbar Quiroga se ha marchado, mas su denodada, intensa y ejemplar entrega a la causa de la democracia liberadora inscribió ya su presencia definitiva en la historia y el porvenir de la Bolivia que tanto amó.

‎El autor es especialista en comunicación y análisis político 

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