Opinión

5 de febrero de 2019 08:53

El epitafio de la izquierda


Aquello que alguna remota ocasión escuchamos de que la gente otorgaba su voto a partir de la clase social a la que se pertenece, especialmente en el caso de la izquierda se diluyó de tal manera, que para mí los principales culpables de esto son sus exponentes posmodernos.

Me explico, acuso a los posmodernos porque estos son los autores de que hayamos abandonado el voto de la izquierda en torno a una agrupación de intereses generales alrededor de un tipo de hombre más común por varios tipos de personas con particularidades/identidades específicas a partir de su defensa de que estas identidades son “minoritarias” y por tanto necesitan de atención especial: antirracismo, discriminación, feministas, ecologistas, etc.

De esta forma, la izquierda se olvidó de hablar y soñar de una causa común que se traduzca en un intento utópico, para pasar a llevar adelante internamente batallas que se sostienen desde sus trincheras particulares de defensa “progresista” de la civilización. Los exponentes del posmodernismo no se dan cuenta que a pesar de todo la izquierda abriga ideas por encima de las que defiende la derecha, y no hay por qué escandalizarse del asunto pero frente al conservadurismo de la derecha, incluso a su liberalismo, la izquierda supo traducir mejor su lectura de transformación de las sociedades.

Se podría decir que de alguna forma el certificado de nacimiento de las personas a la vida pública viene determinada por la exteriorización de las raíces morales que tienen como por ejemplo sus ideas de justicia, libertad, etc.

Esas batallas de trincheras posmodernas lo que genera en la izquierda es que  quienes integran alguna de las posiciones identitarias, aquello que Sánchez-Cuenca denomina como “disonancia cognitiva de la política” porque cuando la realidad no se ajusta a su esquema de defensa identitaria entonces se animan a negar la evidencia que no coincide con su esquema. A pesar de que hoy día con los dichosos hechos alternativos es posible que se haga todo para encajar según lo que quieren.

Lo que es más desastroso todavía, como tenemos esta dinámica instalada, cuando desde la trinchera posmoderna identitaria aquellos se animan a leer cosas de la trinchera opuesta, esto lo digerimos no como algo que podría ser útil para mejorar la posición desde la que se está, sino para reafirmarse en la idea de acusarlos porque se encuentran errados y la trinchera en la que uno se encuentra es la única válida.

Si a los puntos antes mencionados le agregamos el componente del caudillismo en la política, es decir, una identidad más fuerte, entonces tendremos la fórmula completa por la que estamos en el dilema actual de la política. Por ahora no creo que salgamos bien parados del asunto, porque allí donde los activistas que defienden su propia identidad en la política, se parecen cada vez menos a un simulacro de debate general, y más a una barra brava de fútbol.

Marcelo Arequipa Azurduy es politólogo y docente universitario