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Opinión

La revolución y la Gran Babilonia

25 de Julio, 2026
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‎La revolución ha gozado de mucho prestigio entre nosotros y, quién sabe, solo estemos viviendo un breve intervalo de su influjo histórico. Por décadas, en Bolivia eran escasos los partidos que no llevaran apellido “revolucionario”. Los bolivianos con memoria (y edad) recordamos al POR, al PRIN, al PIR, al MNR, al MIR o al PRA. Hoy ya no existen más los partidos, sino como medio de vida o entretenimiento de sus dueños, pero hasta hace poco el MNR y el FRI cumplieron servicios a candidatos que nunca combatirían, y menos del lado revolucionario.

‎Al MAS, por ejemplo, no le bastaba ganar elecciones. Precisaba de una leyenda, no del mero episodio aritmético de vencer a Tuto, a Manfred o a Samuel. De ahí la proclamada “Revolución Democrática Cultural”. Evo insiste aún en que su “revolución” no se hizo “con balas, sino con votos”, como un tributo a la escuela sindical de izquierda en la que se formó. Es su modo de empatar con 1952 o con el Che Guevara en la competencia revolucionaria.

‎La Alianza Libre (de Tuto) no incurrió en la jerga revolucionaria en las elecciones de 2025, pero a cambio, en su programa, proclamó que “Bolivia necesita un gobierno con el corazón a la izquierda, para que ayude a los pobres…”. Asociar a la izquierda con los pobres no es solo patrimonio de los revolucionarios.

‎En cambio, la Alianza Unidad (de Samuel y Camacho) prometió tantas revoluciones que el ELN sentiría envidia. En su programa de gobierno se profetizan la revolución de los emprendimientos, la del turismo, la exportadora, la “cuarta revolución industrial” o la de “la educación y de la salud”. Quizá los redactores pensaron que hablar de meras reformas carecía de gancho marketinero.

‎El estatuto de la CSUTCB sigue propagando inciensos del “sindicalismo agrario revolucionario” y de la “ideología revolucionaria”, al igual que el de la COB. Esas organizaciones sindicales no han abandonado el sueño apocalíptico de una Comuna de París o de un Octubre de 1917. Obviamente que, aquí, eso no impide que la COB pacte con un Gobierno que propone “capitalismo para todos”.

‎El anarquismo, el socialismo y el nacionalismo revolucionario son sin duda parte de los orígenes del prurito revolucionario. Y, antes, las guerras de la Independencia, nutridas también de la escatología de la Revolución Francesa. La Revolución de 1952 aportó, por su lado, un cartel de película al mito: probó en la cancha que el país se podía transformar a sangre y fuego, pero de ese que lava la injusticia con aires sombríos.

‎Justamente, una veta de la fe revolucionaria es religiosa, aunque raramente reparemos en ella. Una de las imágenes del Apocalipsis bíblico es la caída de la “Gran Babilonia”, cuando “gritarán de terror los reyes de la tierra”. Y -con perdón de los emprendedores y los libertarios- los comerciantes “llorarán y se lamentarán”, asegura. Los que “se hicieron muy ricos” en la Gran Ciudad verán con horror como “en una hora” ha quedado devastada. Lenguaje revolucionario puro.

‎Leo ahora una reimpresión de 2021 de la Biblia Latinoamericana. Sus comentarios, conocidos por su vena “social”, acompañan esa cólera de Dios y de ángeles que sobrevuelan manantiales de agua que se convierten en sangre.

‎El comentarista actual de esa Biblia compara la Gran Babilonia con Roma. Luego, apunta que, muerta Roma, Babilonia reaparecerá. Una de sus formas es el “mundo occidental”. Este, “aún sin quererlo”, promueve valores cristianos, pero “también se hace apóstol de un liberalismo estrechamente vinculado con el reinado del dinero”. La Iglesia, concluye el glosador, no puede sino esperar “la guerra de parte del Dueño y de los dueños de este mundo”. Ese “Dueño” con mayúscula tiene cuernos y tridente.

‎En un ensayo, Roberto Prudencio registra esa fascinación que la revolución provoca en los bolivianos. La explica con cinismo y sin misericordia, acudiendo al tópico de la infancia: “Los pueblos siempre esperan de la conmoción guerrera o revolucionaria el acontecimiento extraordinario que termine con los dolores de la tierra, que siembre la abundancia, el sosiego y la felicidad. En suma, los pueblos esperan como niños que el prodigio se cumpla”.

‎El autor es abogado