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Opinión

El populismo como amenaza recurrente

24 de Septiembre, 2025
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En el contexto del balotaje, los ofrecimientos de las dos duplas finalistas, Paz-Lara y Quiroga-Velasco, se arropan de repertorios populistas. De manera particular, este fenómeno se aprecia, con mucha más intensidad, en el acompañante de Rodrigo Paz, el capitán Edman Lara, cuyas ofertas, si bien son efectivas para captar votos en segmentos populares, son las más irrealizables.

La necesidad de votos y la desesperación de ganar de cualquier forma y a cualquier costo, incluso empeñando el alma al diablo, abre las puertas a propuestas y discursos que pueden seducir en lo inmediato, a costa de hipotecar el futuro. La democracia, con todas sus virtudes y defectos, jamás podría evitar las derivas populistas. El soberano es el que decide. Por ello, el fantasma estará siempre presente.

El populismo es una estrategia recurrente para movilizar masas en torno a líderes carismáticos que se presentan como intérpretes exclusivos de la voluntad del pueblo, frente a élites corruptas. La desigualdad social, los Estados débiles y la fragmentación social, son los caldos de cultivo. El populismo, en ese sentido, es una marca persistente en las democracias latinoamericanas.

Ahora, el populismo no solo está presente en América Latina, ha resurgido también en Europa y otros continentes. En los últimos tiempos, ha irrumpido en los escenarios políticos, como una respuesta al descontento generalizado con los resultados de la política y la democracia. El desencanto de la clase política tradicional, quienes son considerados como corruptos, sinvergüenzas e ineficaces; promueven la irrupción de estos liderazgos. El descontento y la frustración ciudadana es el terreno fértil, donde los populistas irrumpen con fuerza. 

En efecto, ese desencanto, abre el espacio para la aparición de líderes populistas, muchos de ellos “outsiders” (como el caso del Cap. Lara) que se presentan como redentores frente al fracaso de las elites tradicionales. Para Cas Mudde, destacado estudioso sobre el asunto, el populismo es “una delgada ideología que confronta al pueblo frente a una elite corrupta”.

Ciertamente, definir el populismo es una tarea compleja. Como se observa, puede haber populismos de izquierda y de derecha, pues no es una ideología en sí misma. Es, más bien, un estilo de liderazgo, una forma de acceder y ejercer el poder. Puede entenderse también como una estrategia política en la que el líder se erige como la voz autentica del pueblo. Al construir esa dicotomía, entre los de abajo y los de arriba, el populista se atribuye la capacidad de encarnar la soberanía popular. 

En Bolivia, el populismo ha tenido dos expresiones. Primero, con el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) en 1952 y recientemente con el Movimiento al Socialismo (MAS), encabezado por Evo Morales, en el llamado “proceso de cambio”. Este último, se proclamó no solo como la expresión “genuina” del pueblo, sino como el mesías que vino a “salvar a Bolivia”.

El prolongado gobierno populista de Evo Morales, bajo la fachada del discurso inclusivo y reivindicativo, termino destrozando Bolivia. El caudillo sometió a su antojo a la justicia, concentrando un enorme poder que acabo hipertrofiando su ego y vanidad. Sus síntomas de narcisismo y convicción indebida de grandeza, todavía los exhibe cotidianamente en su radio Kawsachun Coca.

Las políticas populistas de Morales, dilapidaron la mayor bonanza económica que conoce la historia. Sin diversificar la economía y fortalecer las bases productivas, se farrearon y robaron la renta de los hidrocarburos. Dejan la economía en ruinas, las instituciones corroídas, la justicia instrumentalizada y el país dividido.

El binomio Paz-Lara, con sus inviables propuestas es, sin duda, un binomio populista. Pretenden captar al electorado que no piensa y que vota solo guiado por sus emociones y sentimientos. Es absolutamente irresponsable, por las connotaciones que tiene, prometer la legalización de autos sin documentos. Ofrecer el aumento de los bonos sin el debido sustento, es una verdadera aberración. Pero, ese es el estilo populista. A cambio de votos, alimentan expectativas difíciles de cumplir.

En el escenario actual de aguda crisis fiscal y fragilidad económica, el populismo electoral no solo es un engaño, sino una terrible amenaza para la estabilidad del próximo gobierno.

La continuidad o el retorno del populismo en Bolivia, bajo nuevas formas y rostros, debe ser visto con mucha cautela. La historia reciente nos muestra que, cuando los liderazgos populistas llegan al poder, erosionan las instituciones, dilapidan los recursos públicos y dejan a los países atrapados en crisis más profundas de las que prometieron resolver.

A estas alturas, Bolivia, no está en condiciones de soportar otro ciclo de funestas aventuras populistas. En este balotaje, más allá de las simpatías o antipatías políticas, está en juego el futuro. O apostamos por la responsabilidad institucional, o, una vez más, ese electorado que no piensa pero que define los resultados, se dejará arrastrar por los cantos de sirena.

El populismo, ayer como hoy, sigue siendo una gran amenaza a la salud de la democracia. 

El autor es profesor de la carrera de Ciencia Política de la Universidad Mayor de San Simón