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Opinión

DESEOS PARA UNA NUEVA BOLIVIA

6 de Agosto, 2016
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Editorial ANF

Celebramos los 191 años de la creación de Bolivia como país independiente. Más allá del análisis sobre la real independencia alcanzada en 1825 es bueno que el proceso histórico ayude a situarnos adecuadamente frente a lo positivo y lo negativo de la construcción del nuevo Estado.

A lo largo de casi dos siglos, Bolivia, ha vivido intensos acontecimientos de lucha social, conquistas democráticas, desmembración territorial, conflictos internos y externos así como situaciones no resueltas de pobreza, exclusión, mejoras en la calidad educativa y la salud, acceso a empleo formal o integración de lo indígena en la configuración del Estado y una variedad de otros elementos. A lo anterior se une una larga serie de liderazgos sociales y políticos, de caudillismos y dictaduras.

Luego de más de 30 años del establecimiento formal y duradero de la democracia en el país y la instalación del llamado “proceso de cambio” con Evo Morales en el poder es urgente reflexionar sobre las perspectivas de futuro, para una Bolivia mejor, que vaya de la mano de las lecciones que debemos aprender de la historia.

En todo este tiempo evidenciamos la dificultad de estar a merced de las élites, de uno y otro corte, que asumen el poder político, pues en reiteradas ocasiones no han hecho más que traicionar los anhelos de bolivianos y bolivianas, una vez que gracias a su apoyo o en contra de su voluntad, se han instalado en el poder. Tal vez no sea posible una democracia sin élites pero de seguro que es posible repensar qué élites le convienen o no al país.

Por otra parte, el afán de retener el gobierno porque los líderes políticos se consideran figuras mesiánicas insustituibles, clarividentes y excepcionales demuestra la poca vocación democrática que puede acompañar esos liderazgos. Hasta el presente se ha vivido de la figura de líder como el único garante de la estabilidad y gobernabilidad, lo que impide la renovación de liderazgos desde una organización política que los sustente; en otras palabras, vivimos buscando y sosteniendo figuras individuales más que proyectos de Estado. Es posible mostrar nuestro rechazo a éstas formas pero parece haber mayor comodidad mantenerlas por si en algún momento toca aprovecharse de ellas.

Los avances, con perspectiva histórica, son notables en algunos campos pero tal vez no al ritmo que se necesita. Ha mejorado el acceso a la educación primaria, secundaria y superior lo que no quiere decir que la calidad vaya al mismo compás que la cantidad, muchos títulos pero no siempre buena preparación, conocimientos y habilidades. Existen más colegios y escuelas aunque no siempre se justifique el gasto en la estructuras o no acompañe a esa inversión la adecuada formación de los profesores, ajenos muchas veces a nuevas formas de educación. En la salud también han crecido los centros de atención, la cobertura de un seguro materno infantil, la disminución de la mortalidad infantil o las campañas de vacunación y la detección temprana de enfermedades graves; lo que no quiere decir que existan suficientes recursos para cubrir las necesidades de la población y se prefiera un gasto público en otras áreas, tampoco implica la dotación de instrumentales, insumos, ítems u otros que necesariamente tienen que ir de la mano de las inauguraciones de hospitales.

Nadie podría afirmar que la corrupción en el Estado es un mal exclusivo de tal o cual gobierno pues lastimosamente es un mal enquistado en las mismas estructuras y las personas. El daño que hace la corrupción no sólo es moral o económico sino que afecta a  la vida concreta de municipios, regiones y familias. La lucha contra la corrupción a veces tiene que pactar para esclarecer algunos casos y otros no, según a quien puede afectar y todo ello porque no se piensa en el bien común, basta pensar en el bienestar. Los millones de dólares o bolivianos que se obtienen mediante prebendas, sobornos o actos corrupción es dinero que se ha robado a los pobres.

El refuerzo positivo que se ha dado a la identidad indígena de modo que comience a sentirse orgullosa de ser lo que es y no viva avergonzada o escondiendo su modo de pensar, su idioma, sus costumbres y su identidad es un proceso muy positivo para todo el país. Lo que se ha de evitar es reducir esto a un mero acto de cálculo político para conseguir apoyo o convertirse en folklore de Estado para hacerse pasar por indigenista. El respeto a la condición cultural e identitaria implica mucho más que simples reconocimientos: hay que acercarse y relacionarse con el indígena real, no con los mitos fantasiosos que le achacan una bondad o maldad natural.

Quedan pendientes tareas fundamentales como hacer efectivo un Estado con autonomías, no las decididas por unos burócratas sino las que desee la población, pues cuanto más cerca tenga de sí el poder mejor podrá relacionarse con él y fiscalizarlo. Es evidente que la lucha contra el narcotráfico tendría que comenzar por transparentar las cosas, pues no se explica que con tanta lucha la producción incautada ahora sea de muchas toneladas y aún se quiera ampliar las área de cultivo de coca. Hay que recordar siempre que encubrir el narcotráfico para beneficio e interés de algunos cobra la vida de miles.

Finalmente, si no se hace un trabajo serio de cara a la diversificación económica en la producción seguiremos pobres y atrasados como en las décadas anteriores. Antes era la plata, luego el estaño, después el petróleo y el gas y luego ¿qué queda? No es posible seguir manteniendo el país a costa de unos cuantos recursos no renovables y en esa tarea muchos gobiernos no han puesto el mínimo empeño, viviendo de la riqueza ocasional, para unos cuantos.

Hoy Bolivia cumple 191 años con significativos avances y mejoras a la vez que con tareas pendientes de gran relevancia. Lo que se decida hoy definirá la Bolivia que será mañana.

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