Bolivia y Perú históricamente mantuvieron una de las relaciones bilaterales más estrechas de América del Sur. La geografía, la historia, la cultura andina compartida, un pasado colonial común y posiciones convergentes sobre diversos temas, convirtieron a ambos países en socios naturales.
Durante la etapa neoliberal, la relación bilateral construyó tres pilares. El primero, la Autoridad Binacional del Lago Titicaca, un organismo técnico para preservar el ecosistema compartido. El segundo, la Comunidad Andina, que junto con Ecuador y Colombia, es el espacio de integración económica que facilita el comercio de bienes y servicios. Tercero, los acuerdos de Ilo, que otorgaron a Bolivia facilidades portuarias, zonas francas y espacios logísticos en territorio peruano.
Fueron tres importantes acuerdos. Sin embargo, la relevancia estratégica de Ilo es evidente ya que permite diversificar las alternativas de acceso boliviano al océano Pacífico y reducir la dependencia de una sola vía de salida al comercio internacional. Lamentablemente, después de más de tres décadas, el potencial de Ilo continúa lejos de materializarse plenamente.
Posteriormente, durante la llamada “diplomacia de los pueblos”, se institucionalizaron los Gabinetes Binacionales en 2015. El diseño es ambicioso, permite el encuentro de Presidentes, cancilleres y todos los ministros para coordinar acciones y acuerdos en cada cartera. Entre 2015 y 2019, bajo el gobierno de Evo Morales, se realizaron cinco encuentros consecutivos. En 2021, ya con Luis Arce y el efímero Pedro Castillo, se concretó una sexta reunión.
Con la asunción de Dina Boluarte a la presidencia, la relación bilateral entró en un congelamiento. La declaración de Evo Morales como “persona non grata” por el Congreso peruano, los calificativos a Bolivia como “Estado fallido” por parte de la propia presidenta peruana, y la negativa a aceptar a Lidia Patty como cónsul boliviana fueron señales inequívocas de que algo se había roto.
El problema no fue solo Lima, fue también que el gobierno de Luis Arce ideologizó el relacionamiento bilateral al extremo. Así, mientras Pedro Castillo, un afín ideológico, estuvo en el poder, los canales se mantuvieron abiertos. En cuanto cayó Castillo, la relación se enfrió como si fuera un termostato dependiente de la afinidad política.
Fue un enorme error, que ni siquiera Evo Morales cometió. En su gestión, la dinámica de Gabinetes Binacionales se mantuvo aún con homólogos no afines como Pedro Pablo Kuczynski y Martín Vizcarra. Hubo continuidad institucional por encima de las diferencias. Arce, en cambio, prefirió la lealtad ideológica antes que la constancia diplomática; y la relación pagó el precio.
En el balance, es evidente que los Gabinetes Binacionales generaron centenares de compromisos. Empero, la mayoría están en la esfera de los buenos deseos, son intrascendentes, o languidecen en etapas de planificación, o en ejecuciones parciales. En síntesis, los resultados son magros.
El error de la diplomacia de los pueblos fue doble. Primero, dejar al libre albedrío de los ministerios la generación de compromisos, sin una tuición efectiva que separara lo prioritario de lo accesorio. Segundo, confundir actividad con resultado. Reunirse no es integrarse. Firmar acuerdos no siempre deriva en su cumplimiento.
Lamentablemente, hoy, los temas que realmente importan al interés nacional boliviano siguen ahí, enquistados: el contrabando que sangra la frontera, las economías ilícitas que corrompen a ambos lados, la contaminación del Lago Titicaca que nadie frena con decisión, la interconexión física real hacia los puertos fronterizos -Ilo, Mollendo, Matarani, y ahora Chancay-, la inseguridad fronteriza y la migración ilegal no regulada.
En síntesis, fue una relación con un socio natural, malograda por la ideología, la desidia y la falta de prioridades. Ese es el estado de situación. Ahora lo importante es ver a dónde vamos.
El pasado fin de semana, Perú celebró la segunda vuelta electoral. Keiko Fujimori y Roberto Sánchez disputan voto a voto la presidencia. El escenario es incierto, pero lo que no puede ser incierto es la posición boliviana.
La postura guía debe ser inequívoca. Bolivia debe dejar de condicionar su relacionamiento bilateral a la afinidad ideológica del mandatario de turno. La vecindad no se elige, consecuentemente la interacción con Perú no es optativa.
La Cancillería ha anunciado la realización del VII Gabinete Binacional. La pregunta es inevitable: ¿con qué agenda? ¿Con una lista interminable de buenas intenciones destinadas a terminar en un cajón, o con prioridades nacionales claramente definidas?
Bolivia debe aprender de sus errores. No se puede seguir asistiendo a estos encuentros con la lógica de producir declaraciones ómnibus en las que cabe todo y no se resuelve nada. Eso no es diplomacia, es extravío. La Cancillería debe concentrarse en los asuntos estructurales de la relación bilateral, establecer objetivos estratégicos precisos y orientar los esfuerzos del Estado hacia resultados concretos. Sólo así la política exterior recuperará dirección, coherencia y utilidad para los intereses nacionales.
Si ello no ocurre, el VII Gabinete Binacional no pasará de ser otro ejercicio de diplomacia declarativa; muchas firmas, pocos resultados y una fotografía más de un encuentro protocolar anodino.
El autor es economista y diplomático