Editorial ANF
Con bloqueos de carreteras, dinamitazos a todo dar, enfrentamientos con la policía y captura de rehenes, además de recientes amenzas verbales para que “se atengan a las consecuencias”, la dirigencia de los cooperativistas mineros se confronta en los últimos días con el gobierno, que dicho sea de paso tiene a los cooperativistas de FENCOMIN como aliados suyos para el sostenimiento del “proceso de cambio”, el control político y la ejecución del plan de desarrollo.
Lo llamativo de este conflicto es, precisamente, que un actor tan poderoso como la federación de cooperativistas mineros esté actuando contra su aliado, el gobierno, siendo además que poseen representación parlamentaria y cargos en el Órgano ejecutivo.
La lógica de la alianza no parece perturbable ante las amenzas , condicionamientos y exigencias, que tal vez frente a otros sectores (no aliados o de oposición) significaría represalias inmediatas, descalificaciones, falta de atención, indiferencia y un conjunto de actitudes que el actual gobierno ha demostrado, por ejemplo con las demanadas del comité cívico de Potosí o las personas con discapacidad.
La historia de nuestro país habla de ese permanente maridaje entre gobiernos y sectores para mantenerse en el poder y eso encaja perfectamente en la visión democrática de quienes hacen esas alianzas y pactos. La ciudadanía no representada por esos intereses sólo puede observar atónita cómo se pelean por plata y poder sin posibilidad de influir ni individual ni institucionalmente.
La retórica demagógica de cooperativistas y gobierno es el llamado al diálogo, lleno de condiciones por todos lados y con el puro y simple interés de imponer un criterio o pedido sobre el otro. ¡Suerte que son aliados! Porque sino el diálogo sería mero pugilato.
Cuesta la tolerancia, cuesta el diálogo, cuesta deponer actitudes intransigentes y oportunistas y todo eso le cuesta a la mayoría de los bolivianos y bolivianas que no tienen ni arte ni parte en estos conflictos.