Opinión

30 de agosto de 2016 00:00

RAÚL PEÑARANDA Y LA APOLOGÍA DE LA VIOLENCIA MACHISTA

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Raúl Peñaranda sentenció que William Kushner Dávalos “no es un feminicida”.  Decidió constituirse en juez, y emitir un fallo con argumentos que apuntan a Andrea Aramayo Alvarez como la única responsable de su muerte.  

He cubierto los incidentes de esta tragedia desde hace más de un año y, en todo ese tiempo, hemos coincidido con Raúl Peñaranda en que a la hora de relatar las noticias sobre la violencia machista hay principios periodísticos y humanísticos que no pueden transgredirse.  Por eso comento su relato y expreso mi desacuerdo con sus argumentos y con la manera como los presenta.

Lo primero que debo decir es que no advierto que sea un “observador neutral”. Él sabe que no hay neutralidad a la hora de tomar decisiones sobre el enfoque, el lenguaje, las imágenes y las fuentes que se utilizan para narrar los hechos.  Sabe que la realidad toma significado a través de las palabras que se utilizan, de las imágenes que se eligen, de cómo se cuenta la historia.  Subrayar que “No conozco al acusado, jamás fui parte de su entorno y ni siquiera tengo amigos comunes”, no es garantía de neutralidad, es simple y llanamente, un intento por autoprotegerse de una sentencia que como periodista no le corresponde enunciar.

A la hora de informar o generar opinión pública la única posibilidad de ser imparcial es dando la palabra a parte y contraparte, pero Raúl Peñaranda decidió acallar la voz de Andrea –no sólo porque está muerta– sino porque cuando la alude simplemente lo hace para mostrarla como culpable de la tragedia: “Andrea (…) corrió hacia Kushner y probablemente intentó aferrarse a la puerta del auto en movimiento, buscando quizás que su exnovio no abandonara el lugar. Al caer de nuca se produjo una herida en la base del cráneo que puede haber terminado con su vida”.

No rescata uno solo de los argumentos de quienes reclaman justicia por su muerte, al contrario, siembre dudas sobre su conducta: “…la madre de Andrea pidió ser atendida con una rebaja en un centro dental de propiedad de Kushner, cosa que le fue concedida. Y una tía, pocos meses antes de la muerte de Andrea, envió su curriculum para trabajar con él”.  Como si la vida de una hija valdría la cuenta de un dentista.

Como periodista sabe que la representación es el proceso por el cual la realidad toma significado. Por eso, construye argumentos con los cuales espera que las personas midan y entiendan las acciones de Kushner y se contagien de la empatía que él muestra: “La arremetida contra Kushner por parte de esa entidad feminista (Mujeres Creando) ha sido despiadada y, por tanto, desmedida e injusta”, “…no todos los hombres son abusivos, no todos cometen delitos contra sus parejas y un varón no es una mala persona per se”.

La representación que Raúl Peñaranda elabora acerca de la violencia machista contra las mujeres está cargada de interpretaciones estereotipadas, al tiempo que culpa a Andrea y explica su muerte como una consecuencia lógica de su conducta irracional (“Si es que Andrea forcejeó en el auto frente al restaurant, a plena luz del día, y luego impidió el tránsito del radiotaxi al que Kushner se subió, es plausible pensar que, en la noche de la tragedia, intentara hacer algo similar”), proyecta a Kushner como víctima (… ha cumplido un año en la cárcel. La lenta, deficiente y inhumana justicia boliviana lo tendrá seguramente mucho tiempo más entre rejas, donde llegó injustamente). 

Destaca los logros de Kushner, el “abogado y empresario” –léase próspero, independiente, letrado–, e invisibiliza los atributos de Andrea de quien solo nos dice que acosó a su expareja hasta el punto de provocar un lamentable desenlace. De esa manera, refuerza el imaginario cultural que a lo largo de la historia misógina muestra a las mujeres como dignas de castigo y oprobio por comportamientos indebidos sancionados por el patriarcado.

Acude a la sensiblería más simplona para disculpar y justificar a Kushner: “(…) hizo tareas con la hija de Andrea(…)”.  Compró pasajes “(...) para pasar el siguiente año nuevo en República Dominicana (…)”. “Tampoco cuadra con la imagen de hombre abusivo que su exesposa sea hoy su mayor defensora”.

Se excede en extremo cuando se refiere a Helen Álvarez, “apreciada y valerosa periodista”, madre de la víctima, y sugiere que “para reconciliarse con su hija, no necesita que un inocente esté 30 años en la cárcel”.

En fin, Raúl Peñaranda no explica las fuentes de lo que relata, no da voz a la contraparte, presenta una visión sesgada de los hechos. Con su discurso efectista termina haciendo apología de la violencia machista. Toma partido por William Kushner  y muestra a Andrea Aramayo como instigadora de su propia muerte, por ello su exhortación “… a que la justicia, sin presiones, emita un veredicto” termina siendo un sin sentido.  

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