Opinión

22 de agosto de 2019 17:26

¡Ya basta!


Hace más años de los que quisiera reconocer, escuché “Il coraggio di dire ti amo” en la voz de Plácido Domingo y se convirtió en una favorita de momentos introspectivos. Quizá por ello, ¡ya basta! fue mi reacción a la noticia de que la “ambiciosa temporada” del gran músico está en suspenso, después que fuera sindicado de “acoso sexual” por varias cantantes y una bailarina en las décadas de los 80 y 90. Arguye que “las reglas y los baremos por los que hoy nos medimos son muy distintos de cómo eran en el pasado”; hoy su carrera pende de cómo interpreten su aserción en hipócritas cortes de Londres y Nueva York.

El quid del asunto es que las normas están culturalmente enraizadas, vale decir, van acordes a la cultura o modo de vida de la gente. Desde las innovaciones tecnológicas y la revolución comunicacional concomitante, las diferencias se han diluido pero desnudan variantes –la inequidad social por ejemplo-- entre entes nacionales específicos, particularmente en el aspecto educacional. El rasgo cultural de algún esquimal de brindar favores sexuales de su esposa al recién llegado, fue rechazado por un cura; fue un choque cultural dramatizado en un famoso film, porque el esquimal ofendido mató al sacerdote. En tiempos modernos, ¿no difieren las normas sexuales de mormones de Utah y tailandeses de Bangkok?; ¿entre los menonitas de Santa Cruz y algunos grupos quechuas? En el pasado, ¿no advertían a las turistas gringas de no tomar ofensa del piropo u ocasional pellizco español?

Si los sociólogos definen el historicismo como la “doctrina o actitud que defiende que la explicación de toda realidad humana depende exclusivamente del desarrollo histórico”, a mí me vacunaron en la universidad contra el error de juzgar el pasado con cánones del presente. Por eso me adhiero a la aseveración de Plácido Domingo, les guste o no a fundamentalistas del feminismo. Es igual que ser machista, apelativo con que tres hembras de mi familia me “huayquean”: ¿acaso puedo sacarme la socialización como varón, cual si fuera un calzoncillo?, reclamo.

Según el trance que sufre el tenor, habría que reescribir la historia. La musa no inspiraría a Juan de Bolonia para esculpir en mármol el “Rapto de las Sabinas” en la Florencia renacentista, que una doméstica pronunciaba como “Sabena” y una hija pequeña (sí, la que hoy escribe), retrucaba “se dice Sabina, no Sabena”. Eso sí, ojalá las mujeres no sean parte del botín de vencedores de las guerras, antiguas y modernas, evidenciada por la mitología romana.

Tampoco caeré en extremos ridículos, como denostar el garrote y su rol en el acoso sexual de féminas en la prehistoria, o tapar con un trapo el objeto del deseo de “El Origen del Mundo” de Gustave Courbet en el Museo d’Orsay de París. Considero iluso si en films del Hollywood californiano suprimen escenas de ebrios “cowboys” enardecidos por alguna bailarina, mientras en el Bollywood de Bombay insisten en escenas de baile de hombres y mujeres, un tanto amaneradas para mi gusto. 

Sin embargo, el contraste de las declaraciones originadas en EE.UU y Europa sindicando o exculpando de abuso sexual de mujeres estadounidenses, prueba que hay diferencias culturales. En lo que concierne a normas morales: no son lo mismo las europeas de Viena que las neoyorquinas de Manhattan, aunque fueran del mismo gremio artístico. 

Es menester diferenciar entre el “libre albedrío” y el “abuso de poder”. El primero es un don que Dios dio a varones y hembras, que es parte de la libertad. El “libre albedrío” lo canta Joaquín Sabina: “por decir lo que pienso, sin pensar lo que digo, más de un beso me dieron, y más de un bofetón”. El segundo es una deformación derivada del ejercicio del poder, que quizá ocurre cuando las personas se dejan dominar por la cabecita, o la arvejita, de abajo. Es una forma de violencia sexual, de la cual la violación es delito horrendo y el feminicidio un crimen extremo.

A este paso, pensé, ni el bondadoso Jesús se salvaría de eventuales denuncias de María de Magdala, como la llama el poeta cantautor andaluz. En el fondo, la verdad es que el mundo actual vive el predominio cultural de EE.UU. Todos queremos ser yanquis, desde el burgués que sueña con un “condo” en Miami, al mozalbete de pantalones holgados que repite “rap” como loro, sin entender inglés y menos el dialecto negro de Nueva York.

Lo que es yo, si tuviera 20 años menos preferiría una variante musulmana sin degollamientos, salvo el que permite hasta 4 esposas, que es degüelle también. Finalmente, que el cariñoso Plácido Domingo cante en Europa, Asia, África y América Latina, y que los estadounidenses se queden con sus tenores sumisos y sopranos asexuadas. Me dirán machista, pero prefiero el contoneo de una mulata brasileña al casi marcial andar de una rubia anglosajona.     
           
¿Será que en las espaldas bolivianas se pueden sembrar nabos?

Winston Estremadoiro

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