Opinión

17 de julio de 2017 09:45

Perder en mesa lo ganado en cancha


El mataburros de quechua a español indica que “Pawcarpata” significa “prado o jardín”. Tal vez en ello pensaba mi amigo José Quiroga Salamanca en su granja de ése nombre en el valle florido, donde hace unos días nos apesadumbró con su partida de este mundo. No fue ningún jardín de rosas el que sufrió el almirante chileno Blanco Encalada al ser rodeado por tropas de la Confederación Perú-Boliviana en 1837, capitular su rendición en la arequipeña Paucarpata y ser devuelto con armas y bagajes a su país. 

Es anecdótico que tal traspié militar de un ejército chileno que se golpea el pecho de su invencibilidad, se debiera a que el Mariscal Andrés de Santa Cruz y el almirante invasor eran ambos masones. Sin embargo, no cabe duda de que el Mariscal de Zepita contraviniera normas militares que, desde Sun Tzu hasta Clausewitz, insisten en que si la guerra ha de terminar en duradera paz, el ejército en ventaja debiera imponer la superioridad en el campo de batalla. Más tardó el Congreso chileno en desautorizar a Manuel Blanco Encalada que otro Manuel retornó y su ejército, fortalecido por disidentes peruanos dirigido por Agustín Gamarra (sí, el muerto en Ingavi), desbarató en Yungay a la Confederación. Muchos chilenos insisten en que su ejército jamás fue vencido, que la vergüenza de Blanco Encalada en Paucarpata solo afectó a una parte de sus tropas. ¡Já!

Pagaríamos la imprevisión en 1879, la segunda Guerra del Pacífico donde Perú perdió territorio y honor, y Bolivia, aliado y mar. No es la primera vez que se pierde en mesa lo que se ganó en cancha. Estaba en lo cierto el argentino Nicolás Avellaneda, quien tal vez citaba a Cicerón diciendo que “los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla”. Quizá la primera vez fue la del Tratado de Paucarpata en 1837, que probara a Chile como astuto y artero además de belicoso. Otra vez se debe a la politiquería de la historia boliviana, con lío de faldas de por medio: Belzu devolvió los restos del invasor Gamarra y demolió la columna recordatoria de la victoria de Ingavi. La miopía se repitió en 1898, cuando Paraguay destruyó Puerto Pacheco; luego en 1928 sobrevino el pre-aviso de la Guerra del Chaco al ocupar en 1928 los paraguayos el Fortín Vanguardia cercano a Puerto Suárez. La cuarta vez fue en la campaña de Ñancahuazú, donde los soldados bolivianos fueron escamoteados en mesa por un régimen lambiscón de Cuba y del Che Guevara. 

La quinta vez que se pierde en mesa lo que se ganó en cancha fue la rápida liberación con bombos y platillos de los carabineros chilenos que trapearon nuestras leyes al ingresar armados al territorio nacional. Antes, Chile mantuvo presos por 101 días, con grilletes y todo, a nueve bolivianos –7 aduaneros y 2 militares- mientras su lento ordenamiento legal (como son todos), representaba la charada que terminó en sentencia, multa, condena y expulsión de supuestos infractores de sus leyes. 

Concedo que Evo Morales quizá merece flores y alabanzas por haber dado una lección de diplomacia a Chile. Refleja lo que dijo es una “cultura de diálogo y paz de los pueblos”, la creación antojadiza de uno que pretende ser estadista. ¿No contradice esa ingenua línea con Ñancahuazú, donde Evo Morales ha sido un tonto útil de Fidel Castro, el real culpable del capricho quijotesco del Che que fuera derrotado en La Higuera por el soldado boliviano? La injerencia en este régimen de lo que el chileno Jorge Edwards llamó la policía política cubana será probada, una vez más, en futuras loas de Evo Morales al Che Guevara.          

Mi opinión es que el gran perdedor es el Poder Judicial boliviano, de por sí politizado y venido a menos a favor de los atrabiliarios de turno. Bastó un chasquido de dedos de un autócrata para librar a los infractores chilenos de las leyes bolivianas. A lo menos podían fingir un abreviado proceso legal, que de todas maneras hubiese devuelto a su país, sin condena ni multa alguna, a los dos carabineros transgresores.  

Por mi parte, sugiero que la futura Dirección Nacional de Fronteras se llame Paucarpata en recordatorio de la derrota del invasor chileno en 1837. Que incluya miembros letrados del ejército boliviano (no conscriptos, premilitares ni cabecitas calientes guerreristas), además de la Policía Nacional y otras instituciones. Aunque algún petulante me endilgue de pensar con mentalidad del siglo XIX, o un mandamás sin fierros se declare pacifista en el caso de los carabineros chilenos “pescotis” en territorio boliviano y liberados con celeridad.

Pero lo dudo, lo dudo, como dice el bolero. La rapidez exhibida con los carabineros chilenos benefició a Chile, que ahora se desdice. Como con las tropas de Blanco Encalada en Paucarpata. No se aplicará en desmedro de la ciudad adulada de Pinochet, catapulta del contrabando y “chuterío” de ropa y autos usados a Bolivia. Tampoco corcoveamos del matuteo de frutas azapeñas regadas con agua del río Lauca. ¿Acaso protestan que el agua de Silala hoy enfríe carros que extraen cobre de Chuquicamata y el agua potable de Calama y Antofagasta beneficie a un platudo emparentado con un héroe nuestro? Falta nomás que el litio atacameño se procese con aguas desviadas de los bofedales de Silala...

Por Winston Estremadoiro