Opinión

23 de abril de 2021 14:49

Otro Día de la Tierra


Me canso, ganso. Es el tercer artículo seguido en que lamento otra hipócrita celebración del día de alguna causa perdida. Quedan muchas más. A los varios que disculpan aporreaduras y asesinatos con elegías dulzonas por las sufridas féminas, hay otras loando a niños, ensalzando tigres de Bengala en extinción o llorando glaciares y lagos desaparecidos. La primera plana o la lectura inicial de otra “periodista” televisiva resaltan los montones de basura por otra “huelga” de asentados en algún vertedero, que seguro será reemplazado por otro al que afearán casuchas y empezara de nuevo el ciclo recurrente.

Puede no ser la fanfarria adecuada para celebrar el Día de la Tierra, que ahora más que nunca está acosada por el abuso del homo sapiens, que más que sapiens es depredador. No quiero asustar a un infante que aplastó a la hormiguita y en la China sobrevino un ciclón y todo está vinculado, pero sostengo que el planeta tiene un ciclo de fríos y calores. Sin embargo, hoy el hombre ejerce un destacado papel en el calentamiento global y se avizora un desastre apocalíptico.

No es solo un fenómeno cíclico. Ahora la Tierra alberga siete mil millones de seres humanos, y el que practica usos e innovaciones agresivas, emisiones nocivas y generación de basura en nombre del progreso de la aldea global en que se ha convertido el planeta. Porque el progreso imitando a nuevos flautistas de Hamelin están llevando a los ratones al despeñadero.

A los “usos y costumbres ancestrales” y demandas incrementadas por nuevos vellocinos de oro de la belleza y el culto al físico, el campanazo quizá fue mejoras en tratar enfermedades, resultando en aumentos poblacionales de los que alertaban ecologistas a los que nadie hacia caso. La dependencia de combustibles fósiles aumentó geométricamente por gentes tal vez obnubiladas por tener autos en cada garaje, mejor si dos o tres. Mientras tanto, una reducida pandilla de capitalistas y estatistas de nuevo cuño atizaban el fuego de industrias de chimeneas gigantescas, aviones contaminantes e innovaciones innecesarias. ¿Por qué la conurbación de Los Ángeles renunció a sistemas de transporte masivo y adoptó entreveros de autopistas colmatadas?; hoy no dan abasto ni lo uno ni lo otro. ¿Para qué envases de vidrio y bolsas de tela si regalan envolturas de plástico? El resultado se ve en mares y ríos contaminados, playas sucias y selvas llenas de troncos quemados, basura o simétricas filas de palma aceitera.

Ya no preocupa el agujero de ozono, sino los mares que inundarán Nueva York, Tokio y varias ciudades costeras. ¿Causa insomnio la ocupación inevitable de territorio ucraniano o la matanza de civiles en Myanmar? En los Estados Unidos, pesa más la condena de un policía asesino de negros que el racismo que la origina; faltan varios en la borrachera de crímenes sin sentido. ¿Para qué tanto afán, si ni siquiera achuntan a las vacunas necesarias para combatir exitosamente la guerra mortífera contra el Covid-19? En Europa, aguantarán la migración africana y se gestará otro tipo de perjuicio racial, esta vez contra los meseros de antiguas colonias. Greta, la niña de las trenzas, será mujer y se habrá casado con un millonario árabe, o un contrabandista de armas.

Quizá más civilizada, en Bolivia meten entre rejas según los resultados electorales. Hasta que reviente el puchichi, el mar inunde el Litoral perdido, Potosí sea parte del circuito turístico chileno de las lagunas multicolores bolivianas; el resto del altiplano será mapochino y sus visitantes no dejaran tanta basura en el mar de sal. 

Razón tiene Elizabeth II, que a los 93 años ha sembrado 1.400 árboles en jardines del Palacio de Buckingham y ha promovido plantaciones arbóreas en varias de su antigua “Commonwealth”. Hará más benigno el calentamiento global y varias manifestaciones desastrosas del cambio climático: plantar árboles en lo que se llama “el dosel de la Reina”. Razón tiene mi sacrificada hija y sus abnegados seguidores en decir No a la Tala de Árboles, sino fuera por los comerciantes asentados en aceras que valoran más el matutero de mercancías, tal vez de contrabando, en un contaminado vergel del país que prefiere el cemento y los transportistas obesos y de carros obsoletos, despreciando el ornato vegetal y el aire puro. ¿No se darán cuenta de que transforman en desierto a un valle privilegiado que compra agua en turriles? 

“El fin está cerca” remachan los predicadores apocalípticos con frecuencia. Tal vez tienen razón. “No estaré aquí”, dice la monarca longeva. ¡A mí qué me importa!, digo yo, si habrá pasado un siglo desde que los gusanos mondaran mi cadáver, ojala no por Coronavirus.

Winston Estremadoiro

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