Opinión

5 de octubre de 2020 12:57

La danza de fraudes impositivos de Trump


No. No redoblo sobre la farra de millones malgastados por Evo Morales en los efímeros 14 años que “dedeó” en periodo de vacas gordas. Dicen en Estados Unidos que lo único seguro en la vida son la muerte y los impuestos. Añadiría la Constitución para completar una triada sagrada: muerte, Constitución e impuestos. No pretenderé desgranar cada una, salvo anotar que la Carta Magna estadounidense y el pago de impuestos son facetas ineludibles, tal vez hasta pilares de su sociedad. Entonces llegó el Coronavirus, y la muerte ingresó al club: lamentan arriba de 200.000 fallecidos y suman y siguen a diario, en país rico de armas de tecnología de punta, pero negligente de sus prioridades sociales.
             
Como tentempié de libro que un amigo enviaría, revisé el Epilogo de la última obra de Bob Woodward: Rage (Rabia), su segundo bestseller sobre Donald J. Trump. Había bastante material para complementar mis diatribas sobre el ególatra mandamás estadounidense. Las contrastaba con Evo Morales, otro megalómano, porque los extremos se juntan como en circular mándala, pensaba, aludiendo a que ambos son demagogos pero de ideologías opuestas.
           
Confieso mi desaliento sobre el desenlace eleccionario en ambas democracias imperfectas. En Bolivia continuaba el sainete entre la impune turba extorsionadora de uno, y la oposición dividida por émulos politiqueros angurrientos. En Washington, el discurso reaccionario de los “tuits” presidenciales flameó la bandera del prejuicio racial para reprimir las protestas incesantes. Continuaban los crímenes impunes de la policía. George Floyd in 2020 no fue el primero; recuerdo al infeliz afroamericano de 91 fracturas craneanas en Los Ángeles de fines de los años noventa. Se amontonaban los moribundos, luego fallecidos por la pandemia de 2020, en hospitales del país más poderoso del mundo.
           
Tarde o temprano el puchichi tenía que reventar y el pus tenía que saltar. No es que la justicia tarda, pero llega. El verdugo no fue el sistema judicial, sino la prensa libre. Durante años el New York Times lo investigó y hace unos días lo publicó. Lo que el “boquita de cereza” eludía revelar con falsas poses de teatro politiquero, cuentos sesgados de gastos y pérdidas para evadir impuestos. No es que sacar el poto a la jeringa impositiva sea su único rasgo. ¡Vaya que cacareaba su picardía! En 2016 Hillary Clinton sacó el tema en debate: Trump interrumpía porque era prueba de ser “vivillo”.

La pena es que algunos celebran su argucia, como hay muchos en Bolivia que piensan ¡que macho!, de nuestro pedófilo hambriento de carne joven, mejor si “blanca”. Yo mismo admiraba el portento de peine y laca de su alisado “prestamista” que oculta calvicie, hasta enterarme que Trump en la última década cargó más de 70.000 dólares a su famoso peinado. Ya quisiera yo que mi esposa e hijas pudiesen gastar más de $95.000 en peluquería: ¡chamuchinas!, comparados a los más de $750.000 de “consultorías” de Ivanka, la hija de Trump. O las decenas de miles de dólares deducidos que gastó Melania en viajes a Nueva York, algunos para una sesión en el salón de belleza. Los “pagapatos” fueron los contribuyentes estadounidenses.   
           
El primer debate presidencial entre Trump y Biden fue como la brega de verduleras en el mercado: peroraba uno, rezongaba el otro y no se escuchaba a ninguno. Habían agotado un frasco de ácido “hialurónico” en “planchar” arrugas a uno; el avejentado otro seguía con su “boquita de cereza” y peinado de salón; me recordó a un “chachón” en víspera de examen tratando de aprender en una noche insomne lo perdido en clases. Tanto ha involucionado EE.UU, que quizá repetirán los “trolls” que los rusos usaban para deslucir a una candidata, mujer y letrada, a la que solo le faltaba ser negra en el racista medio gringo.

En Bolivia, también tenemos cola de paja de racismo y prejuicios sociales. Pero aburre escuchar las palabras y frases “comadreja” en el mentiroso léxico politiquero que identificara Hayek. Solo me queda imaginar que sería un debate entre Evo Morales y Carlos Mesa. La verbosidad atropellada de uno que no domina “la castellano”, menos los idiomas “originarios” (aymara, quechua, guaraní –olvídense del Tacana u otros dialectos de “indígenas de las tierras bajas”). El otro, letrado que usaría palabras rebuscadas como las mías, que pocos entienden. Carlos Valverde seria el moderador para completar una ruidosa Torre de Babel.

Entonces llegó el Coronavirus, que iguala en alguna medida la desigualdad social. Afecta a ricos y pobres, “originarios” y “blancoides”. Hasta espolea a vejetes como yo a desligarse de un medio social donde su experiencia y sapiencia son poco respetadas como antaño.

Winston Estremadoiro

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