Opinión

13 de marzo de 2020 12:41

Falta nomás un estallido mayor


¿Han notado que las noticias tienen un río subterráneo de violencia de por medio? Basta poner los ojos en los titulares para darse cuenta. La presidenta del país tilda de “berrinche” las protestas sociales. Agarran a huevazos a senadores que honraron con una sesión en la ciudad de El Alto. Los hinchas de un equipo de futbol fracturan el pie a un policía.

En vez de remarcar sobre la corrupción y otros defectos de la gestión de Evo Morales, que los hay muchos, candidatos de la llamada “oposición” se acusan de todo. Desde incumplir ofertas de cumplir un admirado rol de transición a la democracia y no postular, hasta usar bienes del Estado, léase la ciudadanía, como el abusivo anterior; desde acusarse de revertir privatizaciones “a dedazo” hasta prometer hacer productivas a las empresas estatales (con su varita mágica quizá cambiarán chicas imberbes de La Paz por misses ignorantes de Santa Cruz).

Los transportistas protestan por tren que había sido solo tranvía. Las calles citadinas están atosigadas de “líneas” que habían sido sindicatos, insistentes en confluir todos en el mero centro de los mercados. Las “líneas” rentables hacen mitosis, que por si acaso alude a la multiplicación desenfrenada y sin control. También los mercados mutan ampliándose a “ferias” que poco a poco invaden las aceras, luego las calles, talando los árboles en su proceso infecto.

¿Recuerdan a la primera “urbanización” lujosa de Cochabamba: el Mirador? Situada en serranía, arguyo que fue el comienzo de la actual disputa para trepar cerro arriba de la cota de 2750 metros sobre el nivel del mar. Comenzó el tira y afloje entre escasos y heroicos guardias forestales en el Parque Nacional Tunari que protegen una frontera de bosque arborizado por europeos, y campestres y loteadores que la incendian cada rato, tocando la fibra idealista de gentes, la mayoría jóvenes voluntarios, que combaten el fuego.

Diez casas de Alto Mirador, versión pobretona del Mirador norteño en el sur, corren riesgo de desplomarse: sospechan de falla geológica. No debe ser una de esas que un cínico espeto a su esposa quejosa de la vivienda que el marido había construido para “la otra”: “que casita ni que casita, ¡mansión!” Todavía guardo en la sesera los chalets afectados en áreas peligrosas del lecho del rio Taquiña. ¿Se han fijado en las moles pétreas que arrastró la reciente mazamorra de Tiquipaya?: daba pena la casa inundada de barro y piedras por no tener aceras. Trabajadoras sin empleo y soldaditos forzados, tal vez muertos de hambre, barrían áreas adyacentes; mi nietito de 8 años, orgulloso tal vez, fue uno de los niños que llevaron alimento a quienes hubiesen preferido “trancapechos” en vez de sándwiches de jamón y queso. 
           
Hay tantos otros casos. Fraternos rebeldes oponen la cancelación del “Corso de Corsos”, desafiantes de la exclusión de lucir salto cada vez más alto y calzón cada vez más corto, en próxima festividad popular de borracheras, en contexto ominoso de violaciones cada 4 horas o un feminicidio cada dos en Bolivia. Partidos que en el pasado vivieron épocas mejores, o taxi-partidos que pierden candidatos o recurrir al “alabaré, alabaré” hoy que han prohibido cánticos religiosos en la lid electoral. La “contreritis” endémica de oponerse a toda iniciativa, sea de gobiernos departamentales o nacionales se propaga con mayor rapidez que el coronavirus, que de casos aislados se graduó a pandemia en otras partes del mundo.

Ojalá me equivoque, pero las noticias actuales traen a la memoria movimientos sísmicos previos a la erupción mayor o al terremoto destructor. Porque quizá la pugna electoral y el estado de perenne inestabilidad son preludio de algo más serio: la violencia que enfrente bolivianos contra bolivianos. Lo dice uno que escribió desde 2001 sobre la propensión de Bolivia de atisbar al abismo de la guerra civil y dar un paso atrás.

Las elecciones son muestra de una democracia inmadura que no presenta opciones de solución de problemas estructurales, que el Gobierno anterior solo agravó después de casi 14 años y periodo de “vacas gordas”. Entre otros, la corrupción generalizada de poderosos y pobretones; la autonomía y el centralismo. La política económica que opta sea por el estatismo ineficiente o la privatización de empresas poniéndolas en manos de transnacionales igual de voraces. Industrializar es nuevo vellocino de oro inexistente, que obnubila a masas ignaras y oculta negociados. La aritmética divisiva de “t’aras” versus “k’aras”, de blancoides contra indioides; el regionalismo de cambas y collas, de chapacos y chaqueños. ¿Es Bolivia una variante de la América Latina mestiza, o una mescolanza de etnias separadas por enconos ignorantes y racistas?

Las claves de solución, repito una vez más, son la educación y la honradez.

Winston Estremadoiro

Opinión

Noticias