Opinión

19 de enero de 2019 09:31

Aristas de un panorama geopolítico incierto


Quizá las canas me hacen pesimista, pero el año electoral que se viene más el panorama geopolítico que se vislumbra, dan para ceñir las cejas con preocupación por este dependiente país.

En el plano internacional, así la hormiguita viajera y palabrera insista en picar la pata del elefante, EE.UU sigue siendo la economía más fuerte del planeta, aunque surjan voces que sugieran que China acorta distancias tanto en el aspecto financiero como militar. Bolivia revolotea en la órbita del primero, aunque coquetee con Moscú y dependa cada vez más de Beijing.

Lo importante de los desatinos de Trump para nuestra parte del mundo no es retirar tropas de Siria, ni los “empates” bélicos en Afganistán e Iraq. Ni siquiera hay implicancias serias para el país, de los migrantes en marcha al eventual muro entre México y EE.UU. Recuérdese que es lo que de inicio se conocía como “el patio trasero de EE.UU”; hoy en día hasta el gentilicio se roba a veces del resto del hemisferio que también es “americano”, quizá mostrando alcances subliminales imperiales de la Doctrina Monroe. El bellaco impostor empecinado en muro meridional descuida su peso hemisférico. En resumidas cuentas, obviando distancias galácticas entre el “imperio” y Bolivia, Trump y Evo son extremos ideológicos, pero se parecen porque ambos son demagogos atropelladores y caprichosos.

El ejemplo más penoso para nuestro país es el fortalecimiento de la tradicional alianza entre Chile y Brasil. No es solamente cuestión del precepto geopolítico decimonónico de andar de ñañas con países sin frontera común. La vergonzosa derrota en La Haya no solo significó que Bolivia postergue hasta sabe Dios cuándo sus sueños de acceder a un puerto soberano sobre el Océano Pacífico. Fue el fracaso de una política de Evo Morales: negociar por las buenas con el usurpador del Litoral en la Guerra del Pacífico. Fue anuncio también de algo que diferencia a las cancillerías de Chile y Bolivia: el uno tiene una sola línea geopolítica desde que optaron por el encierro mediterráneo de 1904; el otro no la tiene, salvo los talegazos con que compran a mandamases bolivianos de turno. Ocurrió con Chile y con Brasil.

Aparte de mirar pasivamente el litigio peruano-chileno sobre límites marítimos, que interesaba a Bolivia porque ni modo lograr puerto sin mar ni acceso a peces de la Corriente de Humboldt. ¿Por qué Evo Morales no vinculó entonces Ilo? Perú está interesado en desarrollar el sur peruano, es cierto, mejor si es con el empujón boliviano. Sin embargo, debe ser cuando menos sospechoso que ahora nuestro país se vuelque a Ilo, concesión en la que por un siglo no se hizo nada, o poco, tal vez por la pretensión castrense boliviana de sentar sables en una zona portuaria concedida, pero con límites en lo militar. Si Chile tiene el candado y Perú la llave, ¿no es argucia circunvenir el Tratado entre ambos con un acceso boliviano al mar en Ilo?   

Sobre lo llovido, mojado. Hoy un Piñera altanero que afirma que “Brasil es un importante aliado estratégico” (¿contra quién: Argentina, Gran Bretaña?), y un Bolsonaro al que no arredra “la punta de la enagüita” que Evo Morales le puede mostrar, acuerdan corredor bioceánico sin Bolivia. Ni Perú. Ya el uno le daba la espalda al gobierno boliviano desde coliseos, con carretera bioceánica que apenas toca Bolivia en aldea tripartita conocida por su cercanía a Puerto Evo, sede contrabandista quizá de los 33 camiones del ahora embajador en Cuba. El cerco se cierra. La astucia mapochina lleva agua a su molino norteño: el comercio brasileño irá por el sur sin tocar Bolivia, por Paraguay y Argentina, a puertos en Antofagasta, Mejillones, Iquique y Arica. Había nomás tenido sentido el megapuerto chileno en Mejillones.  

En el plano interno azora la falta de coraje para plantear nuevas ideas en los candidatos, que aún no han logrado unirse para enfrentar a un megalómano demagogo que gobierna hace añadas. Es cierto, los gastos a discreción del caballo del corregidor, como se decía en tiempos pasados, dan las más de las veces una amplia ventaja al que detenta el poder. No obstante, ni siquiera se tiene el valor para rebatir grandes espejismos del gobierno de Evo Morales. ¿Es cierto que la “nacionalización de hidrocarburos” trajo ventajas al país, que no fueran las renegociaciones de contratos y la época de vacas gordas de precios de materias primas como el gas natural y los minerales?

El Gobierno sigue adelante con su estrategia de distraer a la oposición, un ejemplo de lo cual es una ministra escupiendo veneno contra los demonios de antaño, “separatistas” y “gonistas”, que reclaman su abuso de las encuestas que en tiempos electorales para favorecer a su jefazo. Vaya y pase, es politiquería pura. No es mía la frase, pero en espaldas bolivianas se pueden sembrar nabos.

Winston Estremadoiro

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