Opinión

8 de abril de 2020 10:43

Reto del coronavirus: delicado rompecabezas para armar

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En nuestro último artículo corto (“El mundo frente a la pandemia del coronavirus”) hemos acuñado el concepto “Integral” para referirnos a la complejidad que la pandemia del coronavirus (covid-19) supone. Esta propiedad multifacética de la pandemia dificulta su abordaje unilateral y, al contrario, demanda un enfoque multilateral. Nuestro concepto Integral se diferencia del concepto integral de la economía porque no solamente hace referencia a la integración vertical (como en la economía) sino también y simultáneamente, a todas las áreas de la vida social. Ambos elementos -todas las áreas y la integración vertical en cada una de ellas- son comprendidas en la Integración que postulamos. A esta primera definición del concepto añadamos ahora también el principio de la interdependencia entre todas esas áreas. Es esta complejidad la que torna delicado el tratamiento que nos presenta el problema de la pandemia. 

Para entrar al desarrollo de la problemática ahondemos en la reflexión del carácter Integral causado por la pandemia. A lo ya señalado añadamos los siguientes dos criterios: primero; cada área de la vida social tiene su propia manera de recepcionar los efectos del covid-19. Esto quiere decir que según cómo recepciones esos efectos, afectarán también a la sociedad en distintas magnitudes. La importancia de unas áreas y otras no es pues la misma en la expansión de la pandemia (retengamos esta idea porque ella adquiere importancia en el momento de las conclusiones). Esta diferencia, en segundo término, nos dice que en cada área los efectos provocados presentan velocidades, ritmos, distintos. Pero también nos dice que la repercusión que cada una de ellas tiene en la sociedad se expresará en velocidades diferentes. 

La problemática de la expansión del coronavirus ha focalizado, por supuesto, la atención en el área de los sistemas sanitarios con los que cuentan los países. Del amplio espectro abierto en el área de salud nos referiremos al de las proyecciones que se formulan para el conocer el comportamiento de la pandemia. Esas estimaciones ordenan, a la población, sobre los datos de la expansión del covid-19 en tres categorías: personas infectadas, personas recuperadas y personas fallecidas por ella. Las estadísticas, para proyectar este ordenamiento así como la velocidad con la que se mueve la expansión, se basan en modelos matemáticos los cuales, en un primer momento, nos han permitido entender la evolución de la pandemia. No se trata de una expansión en forma lineal, sino de una de manera exponencial; y con esa manera de expandirse vinieron los problemas para todos los sistemas de salud del mundo.
 
Si en el planeta hay un común denominador hoy en día, es que todos los sistemas de salud han sido sobrepasados, sin importar si pertenecen a los países más ricos del mundo o a los más pobres. Este hecho relativiza la importancia de la variable “sistema sanitario” en los países ricos y en los países pobres. Primero, porque la fortaleza de un sistema sanitario no debe medirse únicamente en comparación con otros sistemas sanitarios; o sea entre países con distintos grados de potencial económico. Segundo, porque esa fortaleza debe ser medida también y principalmente en función de las demandas extremas que su población puede presentarle. Este tipo de demanda es el que vivimos en el actual período de la expansión de la pandemia. Por ello, sistemas sanitarios de países ricos se han mostrado, ante la avalancha de personas infectadas por el virus, saturados y al borde del colapso, al igual que en todos los demás países -en seguida veremos el factor explicativo para ello; por ahora volvamos a los modelos matemáticos. 

Con la ayuda del modelo exponencial tuvimos una primera comprensión de la rápida expansión del covid-19, hasta el extremo de poner al borde del colapso a nuestros sistemas de salud. A su vez, pudieron ordenarse las estadistas en las tres categorías que hemos anotado. A partir de ello, a su turno, comenzaron a ensayarse distintas proyecciones, con la esperanza de vislumbrar la estabilización de la tendencia, su aplanamiento y finalmente su descenso. Otras proyecciones exploraron el umbral a partir del cual la sociedad podrá, por sí misma, frenar la expansión exponencial. En base a criterios científicos, por ejemplo, la canciller alemana Angela Merkel, señaló que cuando la sociedad cuente entre el 60% – 70% de personas que hubieran superado la infección, se constituiría una barrera social para frenar la veloz expansión. Por último, desde una visión de mayor generalidad, otros criterios de especialistas estiman que al final de la tormenta, la gran mayoría de la población (el 80%) no llegará a infectarse y que del 20% de los afectados, el 5% no podrá superar la enfermedad; vale decir que del total de la población, el 1% podría fallecer por la pandemia. Visto desde la estadística, el problema pareciera minúsculo, pero cuando convertimos esos porcentajes en cifras, asoma el terrorífico rostro de la pandemia. De los 7 mil millones de habitantes que, en números redondos representa la población mundial, el 1% de víctimas fatales representa nada más y nada menos a 70 millones de posibles víctimas. 

Más allá del debate de la precisión acerca de estas proyecciones, recordemos que todas ellas son levantadas sobre el edificio del modelo matemático exponencial. Sin embargo, este edificio tiene dos ladrillos endebles. En efecto; digamos primero que las estadistas así como el mismo modelo matemático que se aplica para comprender el comportamiento de la pandemia, únicamente hacen referencia a los casos conocidos. Como varios médicos especialistas se han encargado en explicar, esta enfermedad es, durante el tiempo de su incubación (entre 10 a 12 días) asintomática, por lo que sus portadores pueden, en ese lapso, infectar a mucha gente sin saberlo. Dicho de otra manera, los casos conocidos son apenas la punta del iceberg. En segundo término, el modelo matemático en cuestión no toma en consideración la variable “social” para explicar la expansión del covid-19. Al contrario, en nuestro criterio, deberá aplicarse esta variable en los dos niveles de la sociedad organizada políticamente: los gobernantes y los gobernados (a quienes consideraremos, dicho sea de paso, como “indicadores” de la variable). 

Dado los rápidos avances de los efectos letales del coronavirus, el comportamiento de estos dos indicadores sociales adquiere central importancia para la comprensión del desplazamiento de la pandemia. Esta importancia, en las primeras fases de la expansión del covid-19, puso la balanza de la responsabilidad principalmente en los gobernantes. En efecto, la avalancha de personas infectadas fue de tales dimensiones que, como lo reconoció el presidente del Ecuador, Lenin Moreno, para su país, probablemente nunca se conocerá el número exacto de las víctimas fatales causadas por la pandemia; y esa realidad es aplicable para todo el mundo. En cada país y continente, desde China hasta Bolivia, de Europa a África, de Argentina a Inglaterra, de Australia a Estados Unidos (EEUU), etc., se sospecha con fundadas razones, que las cifras por los muertos provocados, son en realidad superiores a las que oficialmente difunden los gobiernos. ¿Cómo pudo, un virus, poner de rodillas a la humanidad? No cabe duda que la responsabilidad principal, inicialmente, es del estamento gobernante de cada país, así como de la propia Organización Mundial para la Salud (OMS) que demoró en declarar al covid-19 como pandemia y así alertar a los Estados aún más tempranamente. Es un hecho que la humanidad vive por primera vez en estos términos realmente globales, un acontecimiento de esta naturaleza y está claro que no podemos dejar, como legado de esta durísima experiencia, a manea de enseñanza para las futuras generaciones, el ocultamiento de las cifras reales. 

En lo específico de los grados de responsabilidad las variantes son muchas entre los gobiernos. Los hay quienes simplemente, aún después que la OMS declara la expansión del coronavirus como pandemia, subestimaron al principio la seriedad del hecho. Ello ocurrió en Europa y se replicó tristemente en otros continentes. Para el caso particular de nuestro hemisferio, añadamos a ello la irresponsabilidad insultante para con su propia población, de gobiernos tales como el de Trump (EEUU), López Obrador (México), Bolsonaro (Brasil), Moreno (Ecuador), para no hablar ya de Ortega (Nicaragua) o Maduro (Venezuela). Pero también hubieron gobiernos responsables quienes, a pesar de encontrarse a la cabeza de países pequeños y pobres, con sistemas de salud en las más deficientes condiciones, tomaron sin embargo, rápidamente las medidas que hoy son generales: la cuarentena de su población y el aislamiento social. Aunque probablemente modestas estas certeras decisiones en la fase inicial de la expansión de la pandemia en nuestro continente, marcaron las diferencias que en las siguientes fases de la expansión de virus podrá apreciarse. 

El comportamiento de la sociedad -el segundo indicador de la variable social- también gravitó en la evolución letal de la pandemia. Aunque la mayoría de la población asumió disciplinadamente la cuarentena y el aislamiento social, fue suficiente la irresponsabilidad de una minoría para que los riesgos se elevaran, junto a las cifras de los infectados y los fallecidos. Por todo ello la variable de lo social, el comportamiento de los gobernantes y los gobernados, es una variable que no puede ser considerado por ninguno de los modelos matemáticos y debido a ello, estos se muestran insuficientes para conocer el comportamiento de la pandemia y predecir su evolución. 

Digamos ahora que, dado el carácter Integral que supone la pandemia, la complejidad del problema se asemeja a un delicado rompecabezas para armar. Delicado, porque cada una de sus partes influye en todo el resto del proceso de armado. En la variable social, durante esta fase, tiene gran importancia el comportamiento de la sociedad. La disciplina y el espíritu de sacrificio, por ahora, sostienen la cuarentena y el aislamiento social; medidas vitales para reducir la velocidad de los contagios y aliviar la carga sobre los sistemas de salud. Pero estas medidas difícilmente podrán mantenerse si, a su vez, los gobernantes no hacen lo suyo. Y lo suyo es también evitar que la irresponsabilidad de minorías lleven al fracaso el esfuerzo de todos. Entre las obligaciones de los gobernantes se encuentran la de evitar que esas minorías rompan la cuarentena y el aislamiento social, así como el evitar que la especulación y el alza de precios de los productos alimenticios, alimente la indisciplina social. No hay que argumentar demasiado para demostrar que este rubro es de importancia estratégica para que la sociedad continúa cumpliendo con las duras medidas para frenar la expansión del virus; pero, sorprendentemente, no parecen entenderlo siempre de la misma manera los gobiernos municipales (para el caso boliviano), responsables directos en esta tarea. El rebalsamiento social a la cuarentena y al distanciamiento es una posibilidad siempre presente, como lo demostró, a principios de este mes, la población de Riberalta al salir a protestar masivamente precisamente por este hecho. 

Pero incluso si ambos actores (gobierno y sociedad) cumplieran con lo que cada quien debe hacer en el marco de este tiempo excepcional, llegado el momento para concluir la cuarentena y el aislamiento social éstas no podrían ser súbitamente levantadas. Es decir, los países tardarán en volver a la “normalidad” en todos los órdenes de la vida social. Resulta claro que este retorno será selectivo, paulatino y seguramente, territorialmente hablando, no uniforme, como lo demostró la experiencia china y la ciudad de Wuhan, epicentro del brote. Se asume que los equipos de planificación de cada gobierno lo entienden de la misma manera. En cualquier caso, el eje de la planificación del proceso “retorno a la normalidad” está dado por el eje “salud” y no por la economía, como bien advirtió la OMS a los países del denominado Grupo de los veinte (G-20). Si no se controla la pandemia, hasta mientras el mundo no cuenta con la cura al covid-19, no podrá pensarse seriamente en recuperación económica global alguna. 

Omar Q. Guzmán es sociólogo y escritor

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