Opinión

10 de septiembre de 2020 09:22

La pandemia del covid-19 y el sentido de la política

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El problema en torno al que vamos a reflexionar se refiere a las razones por las cuales los actores políticos y los grupos sociales actúan, durante la crisis desatada por la pandemia del coronavirus (covid-19), de la manera que lo hacen. Nuestro problema comprende, además de la dimensión fáctica de la política y de la pandemia, la dimensión subjetiva de la sociedad. En último término, lo que importa es la manera en la que los grupos sociales procesan los acontecimientos para orientar su comportamiento en ellos.

A lo largo del tiempo que dura la pandemia del covid-19, los distintos grupos sociales y políticos dotan a la práctica política de un sentido particular, para actuar según la mentalidad del grupo social al que pertenecen, en un contexto tan particular como el de la pandemia y, además, condicionado por la economía y la propia sociedad. Para fines del presente artículo, el tiempo de la pandemia, por tanto, no tendrá sentido por sí mismo, sino por la forma en la que es vivida la crisis Integral, desatada por el covid-19. Dejemos aclarado que en el comportamiento político de la sociedad no se presenta una sola forma de sentido, ya que cada grupo, cada clase social, dota a la crisis de un determinado sentido, según la ubicación que ocupa en el contexto que les condiciona.

En las líneas que siguen apuntaremos algunas consideraciones generales, para referirnos a la política y el sentido que las diversas mentalidades le asignan, a propósito de la crisis Integral.

Comencemos diciendo que el tiempo de la pandemia y la crisis Integral revelaron que en la sociedad, los distintos grupos y clases sociales tienen mentalidades y memorias que les diferencian entre sí. La división social, en las sociedades, conlleva pues también mentalidades diferentes. Sin embargo de ello, no negamos la presencia de una mentalidad, de un carácter, general de toda la sociedad, es decir de un carácter nacional, sino afirmamos que ese carácter resulta matizado por la visión o mentalidad particular de los grupos, clases o étnias, en las que la visión nacional es asumida. Ante la crisis Integral interesa, por tanto, observar la particular manera en la que las mentalidades asumen la experiencia.

Es la historia interna de cada grupo social y los acontecimientos de impacto en el tiempo, los que alimentan la constitución de una mentalidad. La suma de las experiencias vividas dará lugar a la memoria. Pero la memoria no debe ser considerada como un solo bloque, sino como un espacio dinámico, en el que los componentes de la memoria (los recuerdos, las “buenas” o “malas” experiencias, para decirlo en extremo simplificado) son seleccionados y habilitados por el sujeto social. El hombre selecciona de su memoria aquellos elementos que considera le servirán para orientarse en el presente crítico.

Por otro lado, no olvidemos que cada grupo tendrá su propia memoria constituida por su devenir en el tiempo, por lo que la selección de “buenas” o “malas” experiencias tendrá como filtro precisamente su historia interna. Se entiende que la selección puntual de los elementos de la memoria depende de múltiples factores, así como de los requerimientos del momento y las exigencias de la coyuntura e incluso de la selección de elementos que otros grupos sociales hicieron. Todo ello nos habla de ritmos diferentes en la dinámica de la memoria de una sociedad, según el tiempo, las clases y grupos sociales.

Sobre estas consideraciones globales podemos indagar acerca del sentido de la política, que imprimen los grupos, las clases sociales, a sus acciones durante la pandemia teniendo, en consideración el condicionamiento que les establece la economía. Mientras que los actos políticos nos remiten a actores estatales y sociales, la economía nos habla -más allá de sus manifestaciones coyunturales- de un momento histórico, de cambio profundo, impulsado por la crisis Integral. En este sentido, en el marco de la crisis Integral, cada uno de los actores políticos y sociales, otorga un sentido particular a la política.

Los actores políticos estatales abarcan tanto a los administradores del Estado (es decir, al gobierno de turno) como a los opositores. Aunque gobierno y opositores comparten el mismo fin, como es el control del aparato del Estado, tienen proyecciones distintas. Algo diferente se presenta en la sociedad, porque en los diversos grupos sociales el sentido mismo de la política tiene fines diferentes. En este caso, efectivamente, destacan proyectos de Estado distintos, sin importar, por ahora, si estos proyectos se encuentran sistematizados (tarea que corresponde a los partidos políticos) o se expresen únicamente por medio de demandas de diversa índole. Por tanto, en el tiempo de la pandemia, los actores socio-políticos no solamente expresan distintas proyecciones de gobierno sino también proyectos de Estado diferentes. La crisis Integral desatada por la pandemia, lamentablemente, no ha unificado pues ni a los actores políticos, ni a la sociedad en torno a propósitos comunes.

Puede pensarse que ello se debe a intereses económicos distintos, que cada sector o grupo representan. Sin embargo, la razón económica no abarca la totalidad de las motivaciones de la discrepancia coyuntural y nos remite, en todo caso, al fondo mismo del mundo económico. Nos referimos al movimiento del capital y al cambio tecnológico de muy grandes dimensiones, que ese movimiento impulsa. Se trata de un cambio profundo en el tiempo (porque cierra una etapa en la historia del capitalismo, llevándonos a otra etapa del capitalismo) y en el espacio (debido a que es de carácter global) que no ha sido creado por la pandemia. En rigor, la plataforma tecnológica para ello ya existía antes del estallido de la pandemia, pero es indudable que ésta aceleró su expansión a todos los órdenes de la vida social. Debido al impacto de la crisis Integral, el mundo ha vivido un acelerado proceso histórico; en un año hemos transitado lo que, en condiciones normales, nos habría tomado al menos una década y media. En consecuencia, es válido referirnos al año 2020 como un tiempo constitutivo.

Le dice que la historia avanza por su lado negativo. En el proceso abierto por la pandemia ello no fue la excepción y los ejemplos son tantos como países existen en el mundo. Las razones por las que se elige el lado equivocado y las proyecciones que a partir de ello se presentan, trataremos de ilustrarlas con los ejemplos de Estados Unidos (EEUU) y Bolivia. Ambos países tienen en común la realización de elecciones presidenciales próximas. Gracias a este hecho y en el contexto de la crisis Integral, quedan reveladas las más profundas certezas de los actos políticos de cada uno de estos  gobiernos, actuando simultáneamente como candidatos presidenciales. Así, el uso instrumental del Estado que tanto Donald Trump en EEUU como Jeanine Añez en Bolivia muestran, pone al descubierto algo más que un simple astuto ardid. De hecho, refleja la subordinación del interés general, nacional, al interés particular, de grupo; en el entendido que el Estado es la instancia más apta para representar a lo general, a lo nacional. Pero refleja también la visión corta, el horizonte estrecho, de los grupos que postulan a Trump y a Añez.

La magnitud de la crisis Integral no puede enfrentarse con visiones particulares de grupo; tarde o temprano cada uno de estos dos gobiernos buscará ciertos niveles de acuerdos generales, que incluyan a todos los actores políticos y sociales. Por ello no descartamos que en la estrechez mental de ambos gobiernos, también se contemple esta posibilidad, para impulsarla luego de sus hipotéticos triunfos electorales. Como quien extrae la carta marcada debajo de la manga, podrían entonces disponer de la ventaja que significa el proceso de acuerdo nacional. Se sobre entiende que esta ventaja debería producirles réditos económicos, debido a la posición política central ocupada, en el momento constitutivo. Este cálculo, en todo caso, tiene perspectivas distintas para los hombres de Trump y para los hombres de Añez.

Una cosa es disputar un mercado de once millones de almas, como en el caso boliviano, y otra disputar un mercado global de siete mil millones. La perspectiva para el primer caso tendrá corta duración, no únicamente por la dimensión del mercado sino principalmente por los efectos que este dato provoca en el capital. Como se observa, ahora sí importa la magnitud, debido a que ella permite una velocidad de rotación del capital mayor y a su vez, un mayor aumento del ritmo de acumulación del capital. Un reducido mercado, la lenta rotación del capital, así como su lenta acumulación, se manifiesta en la debilidad relativa de los grupos de poder que controlan el Estado, incluso frente a la sociedad. Esta debilidad es algo común en América Latina, ya que no por nada, históricamente, los movimientos populares no han tenido mayor problema en barrer con las clases dominantes, cuantas veces quisieron.

Por último, refleja también, para el caso de EEUU, el espíritu de matón de Trump y su gobierno (a quien se refirió en alguna oportunidad Noam Chomsky como los gánster in the White House). En el caso boliviano, al contrario, expresa el espíritu de inseguridad y desesperación del grupo de soporte de Añez; elementos que bloquean una visión nacional, estatal. La inseguridad creada por la crisis Integral también les hace dudar de la consistencia del proyecto político que ofertan al país (porque ningún estudiante del primer semestre de ciencia política pensará seriamente que un proyecto de gobierno consiste en la repartija de bonos asistenciales). Estos profundos temores les hace perder de vista que la única manera de robustecerse, incluso como grupo social y político, es por medio de un proyecto general, nacional y no particular y sectorial, porque el desarrollo nacional es una tarea pendiente que a todos los sectores de la sociedad interesa cumplir.

Omar "Qamasa" Guzmán es sociólogo y escritor 

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