Opinión

23 de julio de 2018 14:51

De la democracia, a los linchamientos


Los gobiernos de Venezuela, Nicaragua y Bolivia tienen el dudoso honor de formar parte de quienes, habiendo asumido por medios democráticos al poder, ponen el aparato estatal al servicio de su conversión en dictaduras, por medio de la aniquilación o linchamiento a opositores. Mientras en los primeros dos casos se trata de asesinatos masivos considerados como crímenes de lesa humanidad, en el caso boliviano hablamos del linchamiento jurídico, como el que se pretende con el ex-presidente Carlos Mesa. El gobierno de Venezuela inició su camino transitando por el despeñadero de la judicialización de la política, antes de rodar al vacío; crímenes de lesa humanidad mediante.

Concentrarnos en las personas de Nicolás Maduro, Humberto Ortega o Evo Morales para interpretar el pasaje histórico que nos toca vivir no tiene sentido. Al contrario, debe reflexionarse en torno a las contradicciones sociales, a la lucha de clases, como fuerza explicativa de la conversión de la democracia en dictadura. Fueron las contradicciones sociales y su desarrollo las que crearon las condiciones y las circunstancias para -repitiendo a Marx del 18 Brumario- personajes mediocres y grotescos representaran el papel de héroes; en este caso, nada menos como pretendidos luchadores sociales.

Según Marx, apoyado en Hegel, las luchas y los personajes de la historia aparecen dos veces; “una como tragedia y otra como farsa”. En la segunda aparición, los personajes toman prestado “de los espíritus del pasado nombres, ropaje y arropados con ese disfraz, entran a representar la nueva  escena de la historia”. Se benefician, pues, del legado del pasado para actuar en las nuevas circunstancias históricas. Lo que llamamos momento histórico se encuentra formado por un haz de historias, resultado de la lucha de clases. El peso de la historia, por tanto, no solamente condiciona las acciones de los hombres, sino también abre diferentes horizontes, cuyos alcances se encuentran pre-determinados por el universo sistémico en el que se mueven.

En nuestro ejemplo, tenemos que los tres gobiernos representan un proceso “al revés” de los procesos históricos que dicen representar. Ortega está más cerca de Somoza que del pueblo nicaragüense que derrocó a Somoza; Maduro expresa el terrorismo de Estado y no la vida en libertad por la que se sacrificaron tantísimos venezolanos y Morales expresa las pulsiones antidemocráticas de las dictaduras militares del pasado y no la vocación democrática del pueblo boliviano. ¿Cómo fue posible ello? Las circunstancias históricas que explican la aparición de tales personajes pueden ser entendidas por la concatenación, en cada uno de estos países, de los siguientes hechos. El agotamiento de las políticas extremistas de libre mercado y la pérdida de soberanía de los Estados, paralelamente al auge de las protestas nacional-populares; el debilitamiento del mundo unipolar (al que fueron funcionales las políticas extremistas de libre mercado) y la configuración de un mundo multipolar; el cambio de la economía en términos de la evolución del capital hacia su mayor autonomía relativa con respecto a las ideología e incluso a los gobiernos y el cambio de las formaciones sociales con el incremento de las clases medias. Por ello el disfraz no sirvió a los tres gobiernos ni para cubrir falsas acciones soberanas, fingidas protestas anticapitalistas y acontecimientos vacíos y sin pasión.

Ahora la pregunta es, ¿cómo se expresa la lucha de clases? Este concepto, a lo largo de la historia ha mostrado diversos sentidos. En Roma, hacía referencia a la lucha entre ciudadanos libres ricos y ciudadanos libres pobres; en el capitalismo industrial, entre burgueses y proletarios. Pero también en períodos de rotación-renovación de las clases dominantes, como en el que vivimos, puede hablarse de lucha de clases; en este caso, entre las clases dominantes tradicionales y las clases emergentes, siendo que ambas pertenecen al mismo sistema de dominación. Los sectores emergentes, para incorporarse a las élites, acuden al autoritarismo como medio de control social y la corrupción generalizada como mecanismo de acumulación de capital. Son sectores que emergieron de los impulsos democráticos de la sociedad, a la que ahora se enfrentan.

Aunque en Bolivia no hemos llegado todavía a los extremos de las masivas matanzas de civiles como en Venezuela y Nicaragua, el gobierno de Morales ha puesto a rodar la maquinaria de los “linchamientos jurídicos” a opositores políticos. Es evidente que entre las autoridades hay varios que apenas alcanzan a disimular sus ansias represivas. ¿No fue acaso el propio Evo Morales quien dijo en Sud-Yungas que debe sacarse a “chutazos” (o sea a golpes) de la zona a los opositores? ¿No amenazó el sub-comandante nacional de la Policía, general Agustín Moreno, con “poner orden” (utilizando el mismo lenguaje que el coronel Luis Arce Gomez en la dictadura de 1980) si la ciudadanía se atreviera a pedir el respeto al referéndum de febrero del 2016, que rechazó la re-elección de Morales-García? En este listado, los exabruptos fuera de lugar del ministro de Defensa, Javier Zavaleta, a manera de respuesta-insulto al Arzobispo de Chuquisaca, ya ni siquiera merecen considerarse. Monseñor Jesús Suárez sólo había pedido a los gobernantes respetar el resultado del referéndum.

A pesar del disfraz con el que estos personajes representan su comedia, las sociedades no se apartan de su lucha por la democracia. Lo hacen siempre a partir de su historia y en ese sentido se encuentra Nicaragua, ciertamente, más cerca de una guerra civil que Venezuela, que languidece desangrándose en su, hasta poco efectiva, lucha contra la dictadura de Maduro. En Bolivia, el hábito de la protesta masiva y fulminante, a pesar de las amenazas y los amedrentamientos del Ejecutivo,  desnuda los intentos antidemocráticos del prorroguismo masista. Queda claro que, estratégicamente, estos tres gobiernos ya han sido derrotados, porque es sencillamente impensable que recuperen el consenso social con el que se beneficiaron al inicio de la comedia. Así, a lo que ahora aspiran, es evadir a la justicia por los ya obscenos actos de corrupción y Maduro y Ortega, además, por los crímenes de lesa humanidad cometidos en contra de sus sociedades. Viven, pues, los últimos actos que precede al derrumbe, aunque en su caída, como lo hace todo personaje miserable, ninguno de ellos muestre interés por las víctimas que causan, ni el desorden institucional que dejan como legado a sus países.

Omar Qamasa Guzman Boutier

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