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Opinión

3 de septiembre de 2018 08:37

Papa Francisco en Irlanda: Familia, alegría para el mundo

ESCRITORIO 1

En el Encuentro Mundial de las Familias, celebrado en Dublín, Irlanda, el Papa Francisco tuvo un discurso en la noche del sábado 25 de agosto de 2018, sobre la importancia de la familia según el plan de Dios. Resumimos la síntesis publicada por J. Lozano en “Religión y Libertad”.

El Papa había propuesto como lema de este Encuentro, “El Evangelio de la familia, alegría para el mundo”. Animó a conocer la belleza y la importancia de la familia, con sus luces y sus sombras. Dios quiere que cada familia sea un faro que irradie la alegría de su amor en el mundo, tal como el mismo Francisco expuso en su exhortación “Amoris Laetitia” (La alegría del amor).

El Papa definió a la Iglesia como la familia de los hijos de Dios, en la que nos alegramos con los que están alegres y lloramos con los que sufren o se sienten abatidos por la vida. Una familia en la que cuidamos de cada uno, porque Dios nuestro Padre nos ha hecho a todos hijos suyos en el bautismo.

Francisco alentó a los padres a bautizar a sus hijos lo antes posible, para que se incorporen a la gran familia de Dios. Por eso el bautismo hay que celebrarlo con una fiesta. Cuando el niño es bautizado entra en su corazón el Espíritu Santo. Por lo tanto no se debe privar a los niños de ese sacramento por el que el Espíritu habita en ellos y les protege.

También insistió que la familia debe ser la cuna de los santos que viven la santidad en la propia casa. Son los santos “de la puerta de al lado”, de todas esas personas comunes que reflejan la presencia de Dios en su vida y en la historia del mundo. La vocación al amor y a la santidad no es algo reservado a unos pocos privilegiados. Incluso ahora, si tenemos ojos para ver, podemos vislumbrarla a nuestro alrededor. “El matrimonio cristiano y la vida familiar manifiestan toda su belleza y atractivo si están anclados en el amor de Dios, que nos creó a su imagen, para que podamos darle gloria como iconos de su amor y de su santidad en el mundo”.

Un elemento clave en la familia es el perdón. “Es un regalo especial de Dios que cura nuestras heridas y nos acerca a los demás y a él”. Gestos pequeños y sencillos de perdón, renovados cada día, son la base sobre la que se construye una sólida vida familiar cristiana. Nos obligan a superar el orgullo, el desapego y la vergüenza, y a hacer las paces”.

Francisco dio un consejo a los presentes. “Cuando discutas en casa, asegúrate de pedir disculpas y decir que lo sientes antes de irte a la cama. Antes de que termine el día hagan las paces. ¿Saben por qué se debe hacer las paces antes de terminar el día? Porque si no se hace la paz la guerra fría del día siguiente es muy peligrosa”.

“Perdonar significa dar algo de sí mismo. Jesús nos perdona siempre. Con la fuerza de su perdón, también nosotros podemos perdonar a los demás, si realmente lo queremos. ¿No es lo que pedimos cuando rezamos el Padrenuestro? Los niños aprenden a perdonar cuando ven que sus padres se perdonan recíprocamente.

El Papa también se refirió a las redes sociales, tan presentes en el mundo de hoy: “No son necesariamente un problema para las familias, sino que pueden ayudar a construir una ‘red’ de amistades, solidaridad y apoyo mutuo. Las familias pueden conectarse a través del internet y beneficiarse de ello, si se usan con moderación y prudencia. Por ejemplo, vosotros, que participáis en este Encuentro Mundial de las Familias, formáis una ‘red’ espiritual y de amistad, y las redes sociales os pueden ayudar a mantener este vínculo y extenderlo a otras familias en muchas partes del mundo”.

Sin embargo Francisco advirtió hay que vigilar para que “estos medios no se conviertan en una amenaza para la verdadera red de relaciones de carne y hueso, aprisionándonos en una realidad virtual y aislándonos de las relaciones auténticas que nos estimulan a dar lo mejor de nosotros mismos en comunión con los demás”. Sobre todo insistió en que “el amor de Cristo, que renueva todo, es lo que hace posible el matrimonio y un amor conyugal caracterizado por la fidelidad, la indisolubilidad, la unidad y la apertura a la vida”.

Tras escuchar el testimonio de una familia numerosa, el Papa les dijo que “es bello tener diez hijos”, pues “vosotros (refiriéndose a estos esposos) habéis experimentado la capacidad del amor de Dios que ha transformado completamente vuestra vida y que os bendice con la alegría de una hermosa familia”.

“Las familias están llamadas a continuar creciendo y avanzando en todos los sitios, aun en medio de dificultades y limitaciones, tal como lo han hecho las generaciones pasadas. Todos formamos parte de una gran cadena de familias, que viene desde el inicio de los tiempos. Nuestras familias son tesoros vivos de memoria, con los hijos que a su vez se convierten en padres y luego en abuelos. De ellos recibimos la identidad, los valores y la fe”.

Por último el Papa insistió en el amor a las personas de la tercera edad. “Una sociedad que no valora a los abuelos es una sociedad sin futuro. Una Iglesia que no se preocupa por la alianza entre generaciones terminará careciendo de lo que realmente importa, el amor. Nuestros abuelos nos enseñan el significado del amor conyugal y parental”.

Para concluir, el Papa transmitió un mensaje: “Vosotras, familias, sois la esperanza de la Iglesia y del mundo. Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, crearon a la humanidad a su imagen para hacerla partícipe de su amor, para que fuera una familia de familias y gozará de esa paz que solo él puede dar. Con vuestro testimonio del Evangelio podéis ayudar a Dios a realizar su sueño, podéis contribuir a acercar a todos los hijos de Dios, para que crezcan en la unidad y aprendan qué significa para el mundo entero vivir en paz como una gran familia”.

El Papa Francisco en otras ocasiones ha explicado que el Dios cristiano es la Familia Trinitaria, donde la Rúaj (Espíritu) Divina es la Esposa del Padre y la Madre del Hijo, quien por nosotros se encarnó en el seno de la Virgen María, constituida en la cruz como Esposa del Hijo y Madre de la Iglesia (Jn 19, 26-27).

Miguel Manzanera, S.J.