Opinión

12 de febrero de 2019 10:21

Papa Francisco: 27 Jornada Mundial del Enfermo 2019


El 11 de febrero de 1958 la Virgen María se apareció por primera vez a la adolescente Bernadette Soubirous en Lourdes, Francia. Desde entonces ha habido allí muchas curaciones, siendo venerada la Virgen de Lourdes como la Patrona de los enfermos. La Iglesia Católica en 1992 declaró el 11 de febrero como la Jornada Mundial del Enfermo. Este año 2019 se celebrará especialmente en Calcuta, India, en honor a Santa Madre Teresa de Calcuta, a quien el Papa considera “un modelo de caridad que hizo visible el amor de Dios por los pobres y los enfermos”. Para esta Jornada 27ª el Papa Francisco ha enviado un mensaje que aquí resumimos.
El lema de la Jornada es: “Han recibido gratis, den gratis” (Mt 10,8). Jesús pronunció esas palabras cuando envió a sus discípulos a proclamar el evangelio. La Iglesia Católica ha hecho propia ese mandato dirigido especialmente a cuidar a los enfermos. Para ejercer este cuidado se necesitan profesionales médicos, pero también colaboradores que tengan el carisma de la gratuidad y de la ternura en sus palabras y gestos sencillos, tales como la caricia, que hacen que la persona enferma se sienta “querida”. Esta donación con amor es la vía más creíble para evangelizar.

Los cristianos no podemos considerar la vida como una mera posesión o propiedad privada que hay que defender y prolongar a toda costa con los avances de la medicina y de la biotecnología. La vida es un don de Dios, opuesto al individualismo egoísta o social, que nos debe impulsar a crear nuevos vínculos de amistad y diversas formas de cooperación humana entre pueblos y culturas. Para ello es necesario dialogar y crear espacios de amistad, abiertos hacia el horizonte de la fraternidad universal.

Donar no es simplemente regalar algo, sino que implica la entrega de uno mismo a otras personas para crear vínculos sociales y en último término para integrarnos en la comunidad universal, según el plan de Dios Creador, que culmina en la encarnación de su Hijo, Jesús, y en la efusión de su Espíritu de Amor.

Todo ser humano nace pobre, necesitado e indigente. Necesita los cuidados de sus padres para vivir. Luego sigue siendo “criatura” de Dios. A lo largo de la vida experimenta impotencia ante alguien o algo y necesita la ayuda de otras personas. Reconocer esa verdad nos invita a ser humildes y a practicar con decisión la solidaridad y la caridad. 

La solidaridad es un bien personal y también comunitario que nos impulsa a actuar con responsabilidad hacia otras personas. Cada hombre debe reconocerse como necesitado e incapaz de conseguir todo lo que le hace falta. Solo y aislado no podrá superar los límites de la vida. Por naturaleza está ligado a todos los demás, a quienes debe sentir y considerar como “hermanos”. Por eso todos estamos llamados a realizar acciones solidarias orientadas al bien común. Este reconocimiento nos lleva a identificarnos más con Jesús que se solidarizó con nosotros y con nuestra pobreza para ayudarnos y darnos aquellos bienes que por nosotros mismos nunca podríamos tener (cf. Flp 2,8).

El Papa subraya la gratuidad como la levadura de la acción de los voluntarios, tan importante en el sector socio-sanitario, que viven la espiritualidad del Buen Samaritano. El voluntario debe hacerse un amigo desinteresado con quien se puede compartir pensamientos y emociones. Escucha al enfermo para crear las condiciones en las que el paciente deje de ser un objeto pasivo que recibe cuidados y se convierta en un sujeto activo, protagonista de una relación de reciprocidad y mejor dispuesto para aceptar las terapias con esperanza. El voluntariado comunica valores, comportamientos y estilos de vida cuyo motor proviene del Espíritu de donación, recibido de Dios.

Francisco agradece y anima a todas las asociaciones de voluntarios que cuidan  a personas enfermas y entregan una parte importante de su vida a través de numerosas acciones, incluyendo incluso donaciones de sangre, de tejidos y de órganos. Asimismo hay que defender los derechos de los enfermos, sobre todo de quienes padecen enfermedades que requieren cuidados especiales. Es preciso promover la sensibilización social y la prevención. El Papa alaba a quienes voluntaria y silenciosamente realizan la asistencia sanitaria en hospitales y a domicilio, atendiendo a personas enfermas, solas, ancianas o con fragilidades psíquicas y de movilidad. No hay que olvidar darles también apoyo espiritual como signo de la presencia de la Iglesia en el mundo secularizado. 

Francisco insiste en la cultura de la gratuidad y del don, indispensable para superar la cultura del lucro y del descarte que da para recibir y no considera a las personas enfermas como hermanas. La actitud de gratuidad debe inspirar a todas las instituciones sanitarias cristianas porque es la lógica del Evangelio la que inspira su trabajo, tanto en los países más avanzados como en los más retrasados. No hay que anteponer intereses lucrativos, sino que debemos atender a las personas enfermas con la alegría del don y de la solidaridad. La salud depende de la interacción interpersonal y necesita confianza, amistad y solidaridad, como un bien que sólo se disfruta “plenamente” si se comparte. La alegría del don es el indicador cristiano de la salud, tanto de los enfermos como de sus cuidadores.

Concluye el Papa encomendando esta misión de la Iglesia a la Virgen María, Salud de los enfermos, para que Ella nos ayude a compartir los dones recibidos con espíritu de diálogo y de acogida reciproca y a vivir la fraternidad con corazón generoso y alegre en el servicio desinteresado.

Miguel Manzanera, S.J.

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