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Opinión

19 de agosto de 2019 11:03

Dormición de la Virgen María


La Iglesia Católica en su calendario litúrgico celebra el 15 de agosto la solemnidad de la Asunción de la Virgen María. Fue el Papa Pío XII quien en 1950 proclamó la Asunción de María en cuerpo y alma a los cielos, como verdad a creer en la fe. Esta fiesta ha adquirido gran fastuosidad al venerar a la Virgen como la primicia de glorificación entre los miembros de la Iglesia, llevados al cielo al final de los tiempos. Sin embargo no es fácil explicar qué significa la Asunción de la Virgen María. Para ello examinaremos los datos que nos han transmitido los libros bíblicos, completados con otros escritos antiguos.

Los Evangelios narran la íntima relación entre Jesús y María. Ella, juntamente con Juan, el discípulo amado, estuvo a los pies de Jesús crucificado y agonizante. Poco antes de morir Jesús se dirigió a María llamándola “Mujer” y designándola como madre de Juan. Éste, obedeciendo el mandato de Jesús, recibió a María en su casa en Jerusalén (Jn 19,27). Esa casa pertenecía a Zebedeo y a sus dos hijos, los apóstoles Juan y Santiago, pescadores en Galilea, quienes vendían los pescados a los numerosos peregrinos que acudían a las fiestas del Templo de Jerusalén.

En esa casa, situada en el Monte Sión, Jesús, en la víspera de su pasión y muerte en la cruz, celebró la última cena con sus apóstoles, dándoles a comer su cuerpo y su sangre bajo las especies de pan y de vino, instituyendo así la Eucaristía. Después de su muerte vivieron allí durante algún tiempo los apóstoles con la Virgen María, algunas discípulas y los llamados hermanos de Jesús, todos ellos perseverantes en la oración. A los 50 días, en la fiesta de Pentecostés, descendió la Rúaj Divina (Espíritu Santo) sobre todos ellos, constituyéndose así la primera Iglesia en Jerusalén (Hch 1,12-14; 2,1-13).

Bajo el cuidado de Juan, la Virgen María permaneció en esa casa durante algún tiempo. Sin embargo, hacia el año 41, el rey Herodes Agripa I, deseoso de congraciarse con las autoridades judías enemigas de los seguidores de Jesús, decapitó al apóstol Santiago y persiguió a los discípulos de Jesús (Hch 12). Muchos de ellos tuvieron que dispersarse a otros lugares, aunque algunos permanecieron en Jerusalén, tratando de reorganizar la nueva comunidad.

María y Juan emigraron y fueron a Éfeso, ciudad próspera a orillas del Mediterráneo, en la actual Turquía. Su presencia allí está atestiguada por restos arqueológicos encontrados en Éfeso y sus cercanías. En el siglo IV había dos iglesias, dedicadas una a María y otra a Juan.

Ya en el siglo XVIII la religiosa vidente, Ana Catalina Emmerick (1774-1824), beatificada por Juan Pablo II en el año 2004, describió el lugar donde vivió la Virgen: una casita de piedra, de planta rectangular con un ábside y una chimenea, situada en la falda de una montaña, cercana a un arroyuelo, con vistas a la ciudad y al mar.

Esa casita fue descubierta casi un siglo más tarde, en 1891, a unos siete kilómetros de Éfeso. Conocida como la “casa de María”, se ha convertido en un importante lugar de peregrinación de cristianos y también de mahometanos que veneran con especial devoción a la Virgen María como la Madre de Jesús.

Algunos relatos antiguos narran cómo la Virgen María, al presentir el final de su vida terrena, volvió, juntamente con Juan, a Jerusalén y vivió en una casa, hoy Iglesia de la dormición, cerca del lugar donde murió Jesús. Los restantes apóstoles de Jesús fueron convocados por revelaciones a venir a Jerusalén para acompañar en sus últimos días a la Madre de Jesús.

María concluyó su vida terrena sin tener ninguna enfermedad ni sentir dolor. Por eso ese momento final es llamado “dormición” o “tránsito” de la Virgen María. Recordemos cómo Jesús también emplea el vocablo “dormición”, cuando al ser llamado por el jefe de la sinagoga, cuya hija había fallecido, le dijo “No llores, tu hija no está muerta, está dormida” y tomándola de la mano le ordenó: “Niña, levántate“. Y el Espíritu retornó a ella y se levantó. (Lucas 8,49-56).

El cuerpo de María, llevado en comitiva por los discípulos, fue depositado en un sepulcro en las afueras de Jerusalén no lejos del Huerto de los Olivos, donde permaneció varios días y luego desapareció. Hay escritos antiguos que narran cómo el mismo Jesús vino con sus ángeles para llevar al cielo el alma y el cuerpo de María. Más tarde los cristianos edificaron allí un templo para venerar el sepulcro vacío de María.

En general los ortodoxos celebran la Dormición y el Tránsito: María no sufrió la corrupción de su cuerpo, sino que Jesús vino a recogerla. San Juan Damasceno (676-749) afirma que María, por ser la Esposa de Dios Padre y por haber sufrido con su Hijo en la cruz, atravesada por la espada de dolor, no conoció la corrupción de la muerte.

En 1950 el Papa Pío XII, acogiendo la petición de muchos creyentes, proclamó el dogma de la Asunción de María en cuerpo y alma a los cielos con estas palabras: “La Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste”. El Papa no define si la Virgen María padeció la muerte o sólo experimentó la dormición. En todo caso fue asunta al cielo y glorificada en cuerpo y alma, tal como celebra la Iglesia.

Miguel Manzanera, SJ es jesuita y teólogo

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