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14 de enero de 2020 15:44

La Paz sin paz: trauma de octubre

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Hay tres testimonios que recuerdo a manudo sobre las últimas semanas del 2019 en La Paz. El primero es el de una pareja describiendo el despertar abrupto de su hijo de 6 años por las noches, dos semanas después de la quema de buses Puma Katari en su barrio Chasquipampa; el segundo es el de vecinos de Miraflores relatando la forma en la que un policía arrodillado en plena calle, pedía sollozando el apoyo de la zona para resguardar una EPI en Villa San Antonio; el tercero es el de un vecino de 64 años en Tembladerani que, durante su turno en la vigilia de su esquina, una noche olvidó llevar su insulina y se desmayó en la acera.

¿Cuánto le hemos pedido y le pedimos a esta ciudad? Y lo que es más importante aún, ¿cuánto pedimos de nosotros mismos sin tratar de entender primero lo que nos pasó? Inflamos el pecho hablando de resiliencia, pero al mismo tiempo guardamos bajo la alfombra lo que posiblemente es la causa de la intolerancia y revanchismo de estos días, le tememos a sabernos dañados porque eso conlleva vulnerabilidad, nos incomoda que lo que pasó quizás nos haya cambiado. Aunque generalmente se limite su significado, trauma es una palabra común en nuestras conversaciones, contrariamente el tratamiento del trauma que no resulta familiar para muchos, quizás porque nuestra sociedad no escapa a la estigmatización de las enfermedades mentales. El trauma no es otra cosa que un suceso o una serie de sucesos que causa un daño psicológico, emocional, físico y hasta espiritual en una persona. Generalmente se asocia exclusivamente a lo cognitivo, pero la ciencia nos viene demostrando que el aislamiento y el terror en el núcleo del trauma, remodelan literalmente tanto mente como cuerpo, si es que no son lo mismo. Lo que se sabe sobre nuestro instinto de supervivencia explica por qué las personas traumatizadas experimentan episodios de ira repentina o de ansiedad incomprensible, o por qué se pierde la capacidad de concentración, de tomar decisiones bajo presión, de dormir bien y sobre todo, de formar y sostener relaciones interpersonales de confianza. Nos estamos exigiendo ser ejemplo de ciudadanía democrática y tolerante inmediatamente después de haber vivido en carne propia episodios que han ahondado heridas que sabíamos no cerradas, pero que han vuelto a abrirse. Esa expresión, “en carne propia”, retrata muy bien lo que es el trauma, porque en última instancia es un fenómeno corpóreo, el trauma se marca en el cuerpo y este empieza a llevar la cuenta.

El riesgo de lo descrito al último, el querer hacer de cuenta que podemos avanzar sin antes reconocernos dañados, radica en lo que la psicología de las sociedades en conflicto llama “trauma elegido”. Lo que debiese derivar en un proceso de duelo natural, muchas veces se ve alterado por cómo ciertas figuras de identificación social (políticos, líderes de opinión, periodistas, artistas, etc.) difunden y amplifican el hecho o la sucesión de hechos. Es así que, a nivel colectivo, un evento que ha causado humillación, dolor y pérdidas irreparables puede transmitirse de una generación a otra; inconscientemente el grupo traumatizado deposita en el núcleo de la identidad de los más jóvenes sus propios miedos y frustraciones, inculcándoles después la idea de que ellos “deben” hacer algo para lidiar con el daño causado, muchas veces mediante la agresión que en teoría generará cierta reparación.

Sabemos poco sobre cómo tratar y lidiar con el trauma, sabemos poco de nosotros mismos como cuerpos y cómo eso nos limita, los avances en el campo nos dicen que para superar episodios traumáticos es necesario integrar la ciencia del cerebro con la consciencia corporal, entonces cabe preguntarnos ¿qué y cómo hemos hecho para asimilar saludablemente la exposición a tanta violencia durante los últimos meses? Como decía Audre Lorde: “El autocuidado no es auto indulgencia, es auto preservación y eso es a la vez un acto de lucha política”. Cuando hablamos de tratamiento del trauma en sociedades en conflicto, hablamos de un desafío paralelo para la salud pública y para el fortalecimiento de la democracia. Porque a manera de ejemplo, si nos ponemos a pensar en el nivel más básico y esencial de ejercicio democrático que es el diálogo, ¿cómo conversamos con el que tenemos en frente y piensa diferente a nosotros si al mismo tiempo cargamos una mochila insostenible de rabia, desconfianza y resentimiento? 

“Por eso ahora vamo' a bailar
Para cambiar esta suerte 
Si sabemos gambetear 
Para ahuyentar la muerte…”
Sanemos.

Marko Carrasco Lundgren es investigador y practicante en el área de Estudios de Paz
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