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Opinión

22 de febrero de 2020 12:39

Sin higiene, no vale el PIB


Pedro Casusol, poeta peruano, cuenta que el máximo exponente del movimiento beatnik Allen Ginsberg inició su recital en Lima con una frase que dejó a todos confusos: “Acabo de llegar del hospital donde me he ido a quemar las almorranas porque soy maricón”.
           
Más allá de la típica provocación de Ginsberg, su biógrafo Michael Schumacher confirma que adquirió un cuadro de hemorroides durante su paso por Bolivia, no por los picantes, sino por las precarias condiciones de los servicios higiénicos en este país. De La Paz se fue al Cuzco en un camión hacinado.
           
Sesenta años después, con dos bonanzas económicas entre 1972-1976 y 2005-2013, ¿podría Allen Ginsberg o cualquier turista encontrar buenos servicios higiénicos en un recorrido por Bolivia? ¿Tendría esperanza de comprar asientos en cómodos transportes con atención suficiente para garantizar su bienestar? Es más, cuántos habitantes de los once millones contabilizados como bolivianos acceden a una sanidad suficiente, adecuada al Siglo XXI.
           
Hace dos siglos nació la enfermera británica Florence Nightingale y ella enseñó a los guerreros que lavarse las manos con agua y jabón limitaba epidemias, contagios, enfermedades gastrointestinales. ¿Cuántos bolivianos pueden lavarse las manos en cualquier momento, siquiera después de defecar?
           
El asunto del aseo y de los aseos en Bolivia es simplemente trágico, pero no atrae ni votos ni programas de gobierno y enfrentamos día a día la contaminación en los mercados, en los lugares donde se venden platos de comida, en los caminos y también en los colegios, en las universidades.
           
Hace unos años, vecinos del centro paceño hicieron una marcha “No queremos baño” contra la idea municipal de poner baños públicos en los lugares más concurridos de la Avenida 16 de julio. Mientras todos los espectáculos al aire libre, sobre todo las entradas folklóricas y ahora con mucho énfasis, “el Carnaval” esconden detrás de lujos y joyas la precariedad absoluta en las letrinas, aseos, baños o “toilets”.
           
Hace pocos días, en forma dramática ante el avance del coronavirus, un afamado médico chino declaraba que nada significan los índices del PIB con cifras azules, así sea de dos dígitos, si los habitantes de un país enfrentan la suciedad en la cadena alimentaria, desde el acopio, las ventas, los preparados y sus desechos.
           
Así también, no puede habar programa coherente para aumentar la autoestima en las adolescentes si en sus casas y en sus escuelas no tienen cómo garantizar un mínimo de su higiene íntima y su autocuidado que empieza y termina en el cuerpo.
           
Ahora, festejaremos con disfraces y máscaras las carnestolendas con sus alegrías y tragedias, con sus costumbres y con sus excesos. Muchas fotos, videos, publicidades y cervezas. Algunas quejas. Comentarios, una nota y nada más.
           
Día tras día, semana tras semana, año tras año, igual. Volverá el fantasma de Ginsberg y una vez más encontrará que Uyuni es único, que las montañas andinas lo deslumbran, que los yungas y los valles son fantásticos, pero los servicios higiénicos o no existen o son tan precarios como cuando llegó en 1960.
           
El aseo, escribió Florence, es el primer alivio para cualquier persona, más para un enfermo. Añadimos, un país sucio es una nación sin futuro.

Lupe Cajías es periodista

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