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Opinión

19 de octubre de 2019 12:00

Ciudadanos derrotan dictaduras


Hace cuarenta años, al anochecer del 16 de noviembre de 1979, Lidia Gueiler Tejada saludó al pueblo reunido en la Plaza Murillo para celebrar, en medio de gritos jubilosos, la derrota del golpe para imponer un gobierno cívico militar por encima de la voluntad popular.

No era la primera vez que la población desarmada arrinconaba a políticos y uniformados que querían gobernar con el terror, como Plácido Yañez fusilando a presos en el siglo XIX o la logia RADEPA escondiendo muertos en Chuspipata en 1944. Siempre hay un límite para los desenfrenos del poder. El régimen que cruza la raya roja no dura.

Desde las primeras elecciones de 1978, sin políticos perseguidos, Bolivia enfrentó meses de inestabilidad. No era fácil perder el miedo a la libertad, aprender a tolerar al adversario, vivir en democracia. Hay rezagados en todas las épocas que no logran respetar el resultado de las urnas, mantener las reglas del juego iniciales, convivir con la independencia de poderes.

La Corte Electoral elegida en los estertores de la dictadura de Hugo Banzer anuló los comicios por el grotesco fraude electoral. El delfín, otro general, Juan Pereda Asbún no se resignó y tumbó a su padrino. No subsistió mucho. En una parrillada, los militares resolvieron cambiarlo por otro y asumió David Padilla sin derramamiento de sangre porque prometió convocar inmediatamente a nuevas elecciones.

El victorioso frente UDP no consiguió la mayoría parlamentaria en las urnas en 1979 y se optó por una solución constitucional pero no popular. El presidente del Senado, Walter Guevara, fue posesionado como primer mandatario con la misión de convocar otra vez más elecciones generales. No pudo gobernar más de dos meses.

El Primero de Noviembre Guillermo Bedregal Gutiérrez y civiles aliados con Alberto Natusch Busch y otros militares lo derrocaron, echando además por la borda el triunfo diplomático por el tema marítimo acordado un día antes en la Asamblea de la OEA.

Enterado del ruido de bayonetas, el pueblo volvió a descolgarse desde las laderas hasta el centro de la sede de gobierno. Trabajadores, oficinistas, estudiantes ocuparon las calles, enfrentaron las tanquetas de la muerte, rodearon batallones, bloquearon las calles.

Muchos muertos, decenas de heridos, llantos en la morgue fueron escenas diarias hasta derrotar a los asesinos. Bolivia volvió a la senda democrática, “a la boliviana” eligiendo a la presidenta de la Cámara de Diputados, en medio de muchas tensiones.

Ese entonces la vanguardia eran la Central Obrera Boliviana y la Federación de Mineros, actualmente subsumidas como administradoras de hoteles y flotas de camionetas. Ni la COB ni los sindicatos tienen la capacidad de convocar ahora a derrotar al binomio ilegal y mucho menos igualar la desobediencia civil de noviembre de 1979.

El turno es de los comités cívicos que en la resistencia de una década han recuperado protagonismo y, algo inesperado, amplia legitimidad. El cabildo en Santa Cruz de la Sierra marcó el nuevo giro, no sólo por las multitudes, sino por la pluralidad de oradores, las consignas para unir a la patria, a oriente y occidente y por el discurso sereno pero contundente de Luis Fernando Camacho.

Los sucesivos cabildos en el resto del país respaldaron esa línea. El derecho de los pueblos a desobedecer a los gobernantes que a su vez desconocieron la Constitución.

Lupe Cajías es periodista