Opinión

13 de septiembre de 2018 08:58

Sin conocimiento no hay revolución


Los procesos de independencia de los poderes coloniales que viabilizaron el surgimiento de los actuales Estados latinoamericanos mantuvieron, como es sabido, incólumes las estructuras socioestatales y la base cognitiva que en su momento los sostuvo, dejando subsistentes vínculos de ‘íntima dependencia’ con las líneas de pensamiento hegemónicas en las metrópolis europeas.

Esto es central pues es necesario entender que el conocimiento, en cualquiera de sus formas, responde a unas determinadas relaciones de poder que a su vez descansan en contradicciones epistémicas más profundas, unas veces coadyuvando a la reproducción de un cierto ‘estado de cosas’ y otras promoviendo su transformación. En nuestro caso, ese cimiento cognitivo de evidente raíz eurocéntrica fue en buena medida heredado y luego fortalecido por la modernidad tecnológica occidental que hoy no reconoce fronteras gracias a la red, con niveles variables de dependencia a veces asumidos como inevitables o ‘naturales’ y que tienden a profundizar la desigualdad entre unos que saben y otros que no (modernos y premodernos). Esa vieja tensión entre una parte de la sociedad nacional integrada no sin dificultades a la línea civilizatoria hegemónica (modernidad occidental) y el grueso de la población que por diferentes razones se mantuvo al margen, en su momento bien aprovechada por quienes suelen medrar de la contradicción.

La buena noticia es que ésta es una realidad ya ampliamente asumida por la sociedad boliviana, pero la mala es que aún no sabemos bien cómo gestionarla. Para unos se trata del reconocimiento de la otredad a partir de la exacerbación de lo propio, priorizando endogámicamente lo interno en el afán de reforzar una identidad que se cree perdida y que urge reconstruir, con riesgo de caer en la negación de toda posibilidad de intercambio solidario y crear bolsones identitarios herméticos que al final, ante la imposibilidad de imponerse al resto, optan por el aislamiento.

Frente a ella, surge una línea moderada que sin negar la identidad propia, permite internalización crítica de lo externo para adoptarlo como propio, lo que en el plano epistémico se traduciría en un razonamiento fronterizo imposible sin un necesario ‘diálogo de saberes’, con posibilidades para el establecimiento de un universo cuasi infinito de conocimientos complementarios. Visión que siendo la más interesante, no pudo hasta ahora sobrepasar el plano de lo discursivo, estancándose en lo folklórico y lo místico, tullida ante la urgente necesidad de pasar hacia una verdadera ‘descolonización del saber’ basada en procesos sistemáticos y sostenidos de construcción de mecanismos y metodologías autóctonas necesarias para generar una base de conocimientos propia, sólida y rigurosa, sin la que será imposible integrarnos bajo códigos de horizontalidad a la hoy denominada economía de la información y el conocimiento, arriesgándonos a caer nuevamente en modelos de desarrollo por imitación.

Si descuidamos la academia, espacio natural de la investigación en serio –con rigurosidad científica– y omitimos revalorizar el trabajo de nuestros teóricos en todas las ramas del saber, será ingenuo esperar otra cosa. Hace falta que el Estado invierta más en nuestras Yachay Wasis, no solo con dinero, sino también con el apoyo técnico necesario para su modernización organizacional y pedagógica. Pero además hace falta que las universidades se miren más a sí mismas y se autoevalúen con sentido crítico y honestidad, se hizo pero se puede hacer más, la mejora es posible aún con nuestra esmirriado presupuesto y con las dificultades estructurales que todos conocemos.

Es esta la revolución posible y urgente. Una revolución de la concordia basada en la ciencia y el conocimiento. Una revolución sin la que será imposible cambiar consistentemente como país y sociedad e integrarnos con ventaja en la economía global, aunque nos ahoguemos en fierro, concreto y asfalto.

Iván Arandia es Doctor en Gobierno y Administración Pública.