Opinión

5 de agosto de 2019 09:14

¿Importan realmente los programas de gobierno?


En situaciones de normalidad política y desde una perspectiva eficientista de la gestión y la política, podría afirmarse rotundamente que sí, ya que los planes y programas de gobierno se constituyen en uno de los elementos centrales para la implantación del llamado “voto programático”, sirviendo en este ámbito de punto de partida para: i) Generar expectativas y seducir a los electores (ofertas); ii) Guiar los cursos de acción gubernativa (ejecución, monitoreo y evaluación de las políticas públicas); y iii) La reproducción del poder, pues bajo un sentido también evaluativo –esta vez en clave estrictamente política–, sirve de antecedente para verificar objetivamente el cumplimiento de lo comprometido a fin de renovar o revocar la confianza inicialmente depositada en el gobernante y determinar, siempre y cuando las normas lo permitan, su continuidad en el poder.

Es, sin duda, un óptimo deseable que precisará de la concurrencia de dos condiciones de base. La primera, relacionada con una cultura política basada, al menos parcialmente, en la tecnocracia y el mérito, elementos que, bien sabemos, no son precisamente de relevancia en nuestra peculiar idiosincrasia. La segunda, vinculada a las singularidades de cada proceso electoral, en este caso referidas a la ya aludida situación de “normalidad electoral” que –sostengo– no concurre, en razón de lo siguiente: a) La participación en el proceso de un presidente en actuales funciones, pugnando por un cuarto mandato pero con dudas de legalidad y un natural agotamiento del liderazgo y la gestión (el tiempo no pasa en vano), pero con una muy firme convicción de poder, aunque en un contexto internacional que le es cada vez más adverso; b) La intensificación de los cuestionamientos a las reglas de juego, en tanto se produjo un referéndum con unos resultados concretos y que fueron luego rebasados por un fallo constitucional, con normas poco claras que llevan a interpretaciones contradictorias incluso de parte del propio Tribunal Supremo Electoral, afectando su credibilidad; y c) Una estructura de gestión electoral débil y bajo asedio.

En este proceso electivo de ribetes poco comunes, el programa o plan de gobierno pasa a segundo plano, pues se ha instalado en el imaginario colectivo la sensación de que lo que se pone en riesgo en esta ocasión es mucho más de lo que comúnmente se juega en procesos de similares características, volcando la atención de la gente a cuestiones mucho más básicas, entre ellas, la personalidad de los candidatos y su credibilidad en tanto oferentes de estabilidad, unos, y de cambio, otros, además del retorno de los grandes relatos que describen y prescriben, desde diferentes perspectivas, lo que se busca del Estado en su relación con la sociedad.

Son cuestiones fundamentales que cuajan en líneas discursivas gruesas, con predominio de elementos relacionados con la visión del país que se tiene y que se quiere, las formas de ejercicio del poder político (su concentración y/o distribución, tanto en lo funcional/horizontal como en lo territorial/vertical, independencia entre órganos de gobierno, democracia, etc.), además de las relaciones entre éste y el ciudadano, el medioambiente, el modelo económico productivo, los mecanismos de redistribución de los excedentes, entre otros.

En este orden de ideas, si bien los programas o planes de gobierno llegan a constituirse en un importante referente para determinar con algún grado de certeza la identidad y adscripción ideológica partidaria, en el caso de estudio adolecerían de un grado de relevancia mucho menor al esperado, por ausencia de las condiciones de “normalidad” antes aludidas, lo que no les resta valor como indicios objetivos para una aproximación básica al pensamiento partidario formal, pero siempre dentro de las fronteras de lo abstracto (el “deber ser”) plano desde el que es posible medir su calidad técnica y efectuar sobre ellos interesantes ejercicios comparativos, pero claro, con las restricciones propias de lo retórico. Bien conoce el ciudadano que a las palabras se las lleva el viento y que el papel lo aguanta todo, siendo plenamente consciente de que el trayecto de lo abstracto a lo concreto será siempre incierto, por lo que tenderá –dentro de la irrelevancia antes anotada– a otorgar mayor importancia al talante y la credibilidad de los proponentes, a la habilidad de réplica de sus mensajeros y a la capacidad de ambos para engranar las grandes narrativas, esos relatos con el potencial suficiente para crear ilusiones que impacten en los viejos y nuevos temores de la gente y sus anhelos, todo en un escabroso contexto de creciente descrédito de lo político.

Hago en este punto nuevamente hincapié en el temor como un factor determinante en la determinación de las preferencias, pues dadas las circunstancias y bajo la percepción de que en estas elecciones se juegan mucho más que las obritas y proyectitos incluidos a manera de promesas en los programas, resulta razonable concluir que unos, ante el horror de perder las ventajas que creen tener en el actual esquema, terminarán votando en pos del mantenimiento de una estabilidad que les es cómoda; mientras que otros, frente al pavor que provocan ciertos fenómenos desintegrativos que aquejan a determinados países de la región, lo harán pensando en evitar que aquello que ellos consideran malo –y que creen que hasta ahora solo mostró la nariz– irrumpa está vez de cuerpo entero, con efectos devastadores. El panorama pinta por demás interesante.

Iván Arandia es doctor en gobierno y administración pública

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