Opinión

6 de diciembre de 2017 09:16

¿Viene toda la desgracia de Satán?


¿Pueden los creyentes estar totalmente ciertos de que las desventuras y las lágrimas están ocasionadas solamente por aquel calumniador del Espíritu Santo que instauró el reino del Mal en la tierra? Al comienzo, y por sentido común —que es el sentido más irracional que hay—, todo parecería indicar que sí. Pero ¿no queda una mínima posibilidad de que se esté calumniando injustamente a aquel calumniador? (Incluso el Demonio puede ser culpado por cosas que no hace).

Si se tuviera que creer todo lo que los hombres dicen, se tendría que creer que todos los pecadores son justos y que los criminales están encarcelados impunemente. Pero lo que ocurre en la realidad de todos los días es que olvidamos las perversas disposiciones de nuestra alma, las fermentaciones malignas de nuestra sangre, la concupiscencia de nuestra carne, y atribuimos toda esa escoria al Maligno. Olvidamos la inmundicia que nace solamente en nosotros mismos y que no se debe a nada ni nadie más. Ahora bien; hay ciertamente una causa del pecado, que es la tentación y que viene de Satán, pero hay también otro tipo de pecado cuya causa es otra y cuyo origen es solamente el de la libertad humana. Así, se tiene que el ser humano, hablando filosóficamente, es autosuficiente y autocontenido en lo que concierne al empiece del pecado. O sea, en pocas palabras, el hombre puede prescindir de las pruebas de Dios y de las tentaciones de Satán para pecar.

No quepa duda alguna, dice Giovanni Papini, de que el Diablo hace su trabajo todos los días con mucho esfuerzo y diligencia, y por tanto, al escribir hoy sobre este asunto, no pretendemos de manera alguna eximir de culpa al Adversario.

Sigamos con el razonamiento al que habíamos llegado. Si el ser humano es autosuficiente para pecar, podemos decir que un ejemplo de esto podría ser el siguiente: cuando el hombre pacta con el Demonio, entonces no intervienen las pruebas de Dios ni las incitaciones de Satán, mas solamente el ejercicio pleno de su libre arbitrio. De tal manera, resulta que la libertad humana, que nace con la aparición del primer ser humano y que es una facultad demasiado delicada y poderosa, puede ocasionar virajes trascendentales en la vida del creyente. Hay un punto en que se hace a Satanás imaginario, y se lo convierte en un liberador en vez de en un esclavizador de almas, porque esto sirve para amenguar la culpa del impío.

Si el hombre fuera siempre víctima de la voluntad del Demonio, entonces se tendría que aquél es inocente, y por tanto, que tiene entrada libre al cielo, y en consecuencia toda condenación sería inconcebible. La dialéctica de la salvación sería un error, dado que se tendría que ganar con méritos lo que nunca se ha perdido o lo que nunca se ha mellado. Pero esto no es así; la misma condenación es la expresión de la justicia en su más elevada expresión.

Así como hay plebes para la sociología, las hay también para los cristianos, estas plebes son las que creen que en el Enemigo está la explicación de todo lo malo que sucede. Creen que Satán lo es todo, y aún más. (Exactamente lo contrario se halla en el pensamiento de Feuerbach, que establece que el Diablo es un ser irreal, fruto del instinto fabulador del ser humano). La torpeza de los pensamientos y las malas costumbres religiosas (fetichismo, idolatría, paganismo) corroboran esto.

Es injusto e incorrecto atribuir a una fuerza demoniaca toda la masa de los sufrimientos humanos. Satán no está detrás de todas nuestras amarguras.

Ignacio Vera Rada es estudiante de latín en la Universidad de Salamanca
Twitter: @ignaciov941