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Opinión

13 de mayo de 2021 15:21

Sobre "dedazos" y "meritocracia", la construcción de un imaginario de cualificación de liderazgos alteños

ESCRITORIO 1

“Tienes que ser mejor que nosotros”, “tienes que estudiar, tienes que salir profesional” son frases que desde hace décadas miles de padres -aymaras inmigrantes del área rural- repiten a sus hijos, Tales palabras están grabadas en la historia de vida de miles de alteños que tienen un título técnico o profesional y cuya consecución es el resultado de dedicación y grandes sacrificios.

El “ser profesional” como meta, forma parte de un imaginario que se ha construido a la par del proceso de urbanización en nuestro país y la ausencia de educación de calidad en el área rural. La profesionalización es interpretada como un medio que potencia las posibilidades de ascenso social y acceso a mejores condiciones de vida, al menos entre la población que migró hacia las ciudades las últimas décadas. No fue extraño ver la afluencia masiva de jóvenes alteños a la UMSA durante los años 90s y la posterior lucha por la consolidación de la UPEA como Universidad plena a inicios del mileno. En la actualidad miles de jóvenes alteños estudian y se profesionalizan en universidades privadas, antes exclusivas de las clases medias paceñas.

Sin embargo, en una Bolivia con el 85% de economía informal, la precariedad en el aprovechamiento de la juventud cualificada es extremadamente limitada, lo que impulsa a la emigración (“fuga de cerebros”) y a la absorción de profesionales en actividades ajenas a su formación y de baja productividad, esto se ha acentuado con la pandemia vigente que ha acrecentado las asimetrías sociales. Entre aquellos que sí lograron obtener un trabajo formal también se da cierta estratificación en cuanto al acceso a trabajos mejor remunerados y círculos profesionales-académicos, en los que profesionales alteños no necesariamente están presentes de forma significativa.

Durante las últimas elecciones subnacionales, tanto Eva Copa como Santos Quispe -vigentes gobernantes- hicieron especial énfasis en el voto joven, con enfoque en los profesionales salientes de la UPEA. En el caso específico de la actual alcaldesa, Eva Copa, la “Renovación” fue la idea central bajo la cual se estructuró su discurso electoral y despertó gran expectativa en la población alteña, logrando un triunfo rotundo y hegemonía en el Concejo alteño.

En sus primeros días, la actual administración edil alteña definió la directiva en el Concejo, los encargados en las secretarías y las Subalcaldías bajo un discurso de renovación, gente nueva, profesionalidad, gente joven y nueva política. La inclusión del joven y la mujer es un discurso político recurrente -formó parte del relato de la “revolución de las pititas”- pero no acaba siendo suficiente cuando se la desliga de una profesión o de la experiencia empírica, como se vio en la designación de la actual presidente del Concejo, Iris Flores, estudiante universitaria de 20 años.

¿POR QUÉ EL DESCONTENTO CONTRA LA ACTUAL PRESIDENTE DEL CONCEJO?

Para Jallalla El Alto, Eva Copa cumplió con los jóvenes y la UPEA ubicando a una joven estudiante de esa casa de estudios como segunda autoridad en el municipio, además se remarca el empoderamiento político de la mujer. El rechazo a esa designación sería fruto del desconocimiento de que se trata de una autoridad electa por votación y no por méritos académicos, también se hace énfasis en una supuesta campaña de desprestigio encabezada por el MAS, o expresiones discriminatorias por la edad, condición de joven y mujer. Además, abundan criterios coloquiales en RRSS que apelan a catalogar las expresiones de protesta como envidia (de forma similar a lo realizado por el MAS con la viceministra Veizaga de 19 años).

Lo que se advierte en las expresiones de descontento, es la petición unánime de méritos y experiencia asociadas a la culminación de una carrera universitaria, todo ello para cargos de capital importancia. Esta petición es un reflejo de la oferta electoral de Jallalla durante la campaña electoral, la cual se destinó mayormente a los jóvenes y es asumida como una promesa, más que un discurso de coyuntura. Esta petición no necesariamente se ancla en el rechazo a la juventud sino en la complementariedad entre conocimientos, experiencia y capacidades, aunque se tienen dudas de que esto sea suficiente a los 20 años. 

También existe un criterio de afinidad de la profesión según las funciones del cargo correspondiente. Esto no solo se observa en los cuestionamientos a la presidente del Concejo, sino a un subalcalde que tiene una actividad asociada al canto. Otra característica es la valorización de los profesionales nacidos en la ciudad de El Alto (no exclusivamente titulados en la UPEA) expresados en las criticas a la designación de un futbolista exmundialista de Riberalta como Secretario de Deportes. 

¿Podría interpretarse esto como una “fetichización de la profesión y meritocracia”? No necesariamente. Se ha visto que durante la campaña electoral Eva Copa no fue cuestionada ni desvalorizada por no tener un título profesional, fueron otros elementos los que le sumaron apoyo (qué también cuentan como meritocráticos). ¿Existe una “fetichización de la juventud” por parte de la población? El mismo hecho de que no se cuestione la no presencia mayoritaria de jóvenes entre los secretarios y subalcaldes implica que los simbólico cuenta solo en cargos mayor trascendencia, en ese sentido la misma Eva Copa tiene la carga simbólica de la juventud.

Uno de los mayores cuestionamientos es la continuidad de cierto patrimonialismo de Estado expresado en un supuesto lazo de parentesco entre la presidente del Concejo y la alcaldesa (que fue desmentido posteriormente). Esto también se observa en la recurrencia de varios nombres que ocupan cargos de importancia, los cuales estuvieron presentes en las administraciones anteriores, lo que contradice el discurso de “gente nueva” y “nueva forma de hacer política”, más aún cuando la oferta electoral antagonizaba con prácticas políticas atribuidas al MAS, como el “dedazo”.

El descontento es equivalente a las expectativas creadas.

JALLALLA-EL ALTO Y SU PROYECTO DE PODER

Con la posesión simbólica de la alcaldesa, Jallalla-El Alto (o la agrupación de Copa) ha hecho explícita la intención de que Eva Copa sea candidata a la presidencia en las próximas elecciones. En ese sentido, la designación de personas de confianza (como la presidente del Concejo) y de un entorno próximo es un paso obligado para la consolidación de una cúpula partidaria, así también la construcción de una estructura política que al parecer tendrá base corporativa y clientelar con organizaciones sociales e instituciones alteñas.

Las formas y mecanismos de construcción de hegemonía, aparentemente se encaminan a ser un reflejo de los ejercidos por el MAS en la administración estatal. Estas formas, si bien tienen contradicciones y eternizan taras atávicas, han demostrado ser efectivas en la consecución y la retención del poder. Aunque el caso de Jallalla-El Alto, a priori, tiene más semejanza con la forma terminal de la administración de Evo Morales, en lugar de la forma inicial del MAS, es decir, el partido se cohesiona en torno a una persona, en lugar de una ideología o proyecto-ciudad-país.

En ese sentido, es posible que los errores que se cometieron inicialmente no sean corregidos, se apelará a la memoria corta de la población y se “partidizará la crítica” (“todos los que critican son masistas u opositores”). Dar un paso atrás implicaría demostrar cierta debilidad, más aún cuando Jallalla-El Alto pretende posesionar a Eva Copa como líder presidenciable. La consecución de la Alcaldía brinda palestra, maquinaria mediática y mano de obra para posesionar discursos, proyecto político y sigla propia, aunque en el camino, la confrontación con el MAS será intensa... ¿qué beneficios puede acarrear eso para El Alto?

LA CONSTRUCCIÓN DE UN IMAGINARIO MERITOCRÁTICO

En el documento realizado por el BID y la OCDE denominado “Panorama de las Administraciones Públicas América Latina y el Caribe 2020” se hace una evaluación de las administraciones estatales según un “índice de mérito civil”, que mide el “profesionalismo en la forma en que funciona el sistema de servicio civil y, por lo tanto, valora la imparcialidad en la toma de decisiones en cada subsistema de gestión” (ver http://dx.doi.org/10.1787/888934094127). En este índice Bolivia estaba ubicada en el puesto 7 de 16 países de Latinoamérica con un índice de 27/100 en 2004 (la media regional era 33/100), sin embargo, en el periodo 2012-2015 cayó al último puesto con un índice de 7/100 (la media regional es de 45/100). Este dato se correlaciona en el imaginario de ausencia de meritocracia en la administración pública.

Las reacciones demostradas en los últimos días tienen varias implicaciones:

·  No se centran en la moralidad y la ética individual, sino en el conocimiento y experiencia como requisito básico. En ese sentido los pedidos son pragmáticos.

·  El mismo descontento es una muestra de la exigencia de mayor cualificación de liderazgos y expresión del hastío en relación a los “dedazos”, “nepostimo” y sus implicaciones, como el patrimonialismo de Estado.

·  No depende de afinidad política ni partidaria, tampoco está condicionada por la figura de un caudillo (a).

·  Un segmento significativo de alteños no siente que su ciudad es un campo de experimentación e improvisación para la administración pública, la ciudad es percibida como un ente de importancia capital para el país.

El imaginario de “meritocracia” no es ajeno a la cultura andina. Las grandes civilizaciones prehispánicas, especialmente Tiwanaku, fueron gobernadas por élites preparadas para tales roles, las cuales estuvieron ampliamente capacitadas, tuvieron objetivos claros y visión a largo plazo. Sus logros culturales, tecnológicos, científicos son una muestra de ello, además, la hegemonía político-cultural de la civilización tiwanakota se logró sin la necesidad de apelar a la violencia, lo que muestra la capacidad de sus gobernantes.

En la democracia comunitaria, en los ayllus y comunidades aymaras, el cargo es ascendente y rotatorio y se debe empezar desde abajo si algún día se quiere ser una máxima autoridad. Esto no excluía a los jóvenes, incluso en el pasado se les valoraba la capacidad de leer y escribir y ahora se valora su preparación.

La ciudad de El Alto ya no es la ciudad de los años 90s y sigue una dinámica sostenida de ascenso social expresada en la profesionalización de su capital humano. Como se indicaba al inicio del presente escrito, el “ser profesional” es un requisito implícito que legitima a un gobernante, más no es un criterio excluyente, porque se acepta a personajes protagónicos con recorrido orgánico. El sentimiento derivado es positivo, porque implica que el alteño es exigente con lo que le ofrece el Estado y tiene en alta estima a su ciudad.

Los países que han logrado acceder a un alto grado de desarrollo multidimensional tienen gobernantes cualificados y con visión a futuro. El “ser profesional” ya no es una condición privativa y hoy es el resultado del sacrificio de miles de alteños, además es una demanda básica que la sociedad exige a quienes decidirán su futuro y forma parte de los imaginarios aspiracionales de la población, aunque esto no tiene un correlato en las acciones estatales. En ese sentido, el despegue definitivo de El Alto se dará cuando sus gobernantes de turno (independientemente de sus ambiciones políticas) tomen el pulso a las aspiraciones sociales, los guíen con visión y creatividad bajo un proyecto serio de ciudad, metrópoli y región.

Guido Alejo es arquitecto y analista