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Opinión

9 de septiembre de 2022 12:16

Amazonía bajo fuego

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“Todas las cosas que te precedieron están muertas, de la misma manera que las que vendrán después de ti sucumbirán”. Este breve verso del poema Rerum Natura del filósofo y poeta romano Lucrecio es retomado en el prefacio de la obra Tristes trópicos de Claude Levi-Strauss, haciendo referencia a la Amazonía. En aquella hermosa etnografía, el antropólogo francés resalta el éxtasis y la imaginación de un continente donde “cada animal, cada árbol, cada brizna de hierba tenía que ser radicalmente distinto”. Haberse internado en la Amazonía brasileña, extasiarse con ella, haber conocido a los grupos indígenas como los Bororó, Caduveo y Nambikwara, significó el descubrimiento de un nuevo mundo y escribe: “¿podré volver a encontrarme en ese estado de gracia?”, recordando la sensación de aquella experiencia.

¿Aquella exuberante Amazonía sucumbirá? Es una pregunta recurrente, pues cada vez más se agotan sus recursos, se la quema, se la explota, se la succiona, se la aprovecha descomunalmente.

La Amazonía del país, no es la excepción pues a lo largo de su historia ha sido constantemente codiciada por distintos actores generalmente externos a ella.

Basta recordar las primeras incursiones a ella se llevaron a cabo en el siglo XVIII por las misiones religiosas. A éstas siguió el boom de la extracción y comercialización del caucho en el siglo XIX y XX, que impulsó las primeras ocupaciones en ella. El declive de la goma llegó pronto, pero quienes incursionaron se reinventaron con el tiempo como castañeros, madereros o ganaderos. Luego vino la “marcha hacia el oriente” propiciada en la segunda mitad del siglo XX, que consistió en una ocupación y mayor presencia de “colonizadores” tanto en la Amazonía como en el oriente boliviano. La ocupación y explotación de los bosques conllevó la proliferación de empresas forestales en los bosques amazónicos. Con la llegada de la política neoliberal se inicia la deforestación a gran escala que repercute hoy en día, poniéndonos en el podio como el segundo país que más deforesta en América Latina. La ganadería extensiva ha sido señalada como uno de los principales causantes de desmonte y hoy la exportación de carne vacuna a la China. 

Todo parece señalar que un karma maligno persigue a la Amazonía. La explotación, el extractivismo y el avasallamiento son rasgos presentes en una de las ecorregiones más hermosas del planeta. El extractivismo se constituye en el talón de hierro, que aplasta a la zona y quiere eliminar su verdor y la vida existente en ella. Hace tres años vivimos una catástrofe ambiental, pues uno de los incendios más feroces y trágicos de nuestra historia arrasó con alrededor de seis millones de hectáreas. Ecosistemas exterminados, animales huyendo, comunidades enteras afectadas. Sólo imaginemos las condiciones ambientales que les tocó afrontar después de los incendios a los pobladores, pueblos indígenas que circundan las áreas devastadas: hábitat contaminado, fuentes de agua envenenadas, flora y fauna arrasadas, la ceniza y el humo que afectan pulmones y ojos, enfermedades que atacan a niños y adultos. Un panorama gris por el humo y desolador por todo lo que implica para la gente y sus condiciones de vida.

Siglos después, empresas chinas y colombianas se dirigieron por el Amazonas en busca del Gran Dorado e instalaron sus maquinarias, en el río Madre de Dios. Se pueden ver diseminadas dragas gigantes, medianas o pequeñas, todas con el mismo objetivo: la extracción del oro. La minería aluvial ya está implantada en nuestra Amazonía. Nuevamente el talón de hierro del extractivismo hace de las suyas en ella. Y de manera cruenta vuelve a repercutir en los pueblos indígenas que circundan los ríos. Es cierto, a algunos pueblos indígenas no les queda otra que emplearse como obra de mano local y barata para la actividad minera. A los pueblos que moran en territorios de minería les afecta el mercurio que es utilizado en la actividad de extracción del metal precioso. El mercurio es vertido a los ríos en los que se encuentran los peces, que luego se convierten en alimento fundamental en la dieta de pueblos como los esse ejjas y tacanas. Las repercusiones en su salud ya se notan y a nadie le importa. El talón de hierro del extractivismo como modelo económico en el país sigue imponente y avanza a pasos agigantados. Finalmente, en este deprimente contexto, los aclamados derechos de la naturaleza, el Vivir Bien y el respeto a la naturaleza sólo quedan como triste comedia.

Gabriela Canedo Vásquez es socióloga y antropóloga

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