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Opinión

El ojo de Alicia

25 de Abril, 2026
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Por dos razones fue importante para mí aceptar la invitación para presentar el libro de fotografía “El maravilloso mundo de Alicia” (2026), de Alicia Kavlin Szpiro, publicado por la Galería Altamira y producido por Daniela Espinoza y por Ariel Mustafá. Primero, porque a Alicia me unía una amistad que se remonta a la infancia, y también porque me permitió establecer un diálogo de fotógrafo a fotógrafo. 

Por esas cosas de la vida y de la muerte, Alicia no llegó a tiempo para ver la obra ya impresa, y la muestra de sus fotografías, aunque estuvo siguiendo meticulosamente todo el proceso de producción desde su casa en Punta del Este o desde cualquier rincón del planeta donde estuviera. Muy pocos días antes del viaje que tenía previsto a La Paz, el cuerpo de Alicia decidió contradecir sus anhelos y expectativas, y la noche del 2 de abril, la obligó a emprender otro tipo de viaje, infinito y sin retorno. 

Mi amistad con Alicia y la familia Adler y Kavlin se remonta a más de medio siglo y se vincula también a su padre, a don Marcos Kavlin, a quien yo solía visitar a principios de la década de 1970, en su oficina de Casa Kavlin en la calle Potosí, cuando estaba iniciando mi investigación para el libro “Historia del cine boliviano”. 

Eran épocas sin internet, sin archivos, y buena parte de mi investigación se basó en conversaciones con quienes habían sido promotores del cine boliviano desde diferentes perspectivas. En materia de investigación, no había más que dos artículos de prensa que intentaban establecer rudimentariamente una breve cronología del cine en Bolivia: uno escrito por Raúl Salmón de la Barra, y el otro por don Marcos Kavlin. Ambos me estimularon a seguir con esa investigación que culminó en 1980 y cuya tercera edición se publicó hace unos meses en la colección de la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia (BBB).

A Alicia la vimos poco en Bolivia en los últimos años. Las veces que venía a La Paz convocaba a los compañeros del colegio Saint Andrew’s a su espléndida casa en Carreras para conversar sobre nuestras infancias y adolescencias (ahora abuelos respetables), repitiendo a veces las mismas anécdotas. Hacia lo mismo con sus colegas de Instituto Americano de La Paz, donde culminó su bachillerato. Flaquita, con el cabello abundante en cascada pelirroja y siempre con un cigarrillo a mano, nunca hacía gala de su actividad en la fotografía. Sabíamos de sus viajes, pero ignorábamos la dimensión de su trabajo artístico que hoy tenemos oportunidad de valorar. 

Por ello, el recorrido de las 350 páginas del libro, bellamente diagramadas e impresas, deja sin aliento. Es una suma vital, es decir, una autobiografía en imágenes, entregada de un solo golpe a quienes quieran acceder a ella con el alma limpia y desprejuiciada. Cada foto es una ventana que invita a la exploración de sus detalles, pero este no es un libro de cien fotos, sino de más de 600. A veces, tres o cuatro fotos en cada página, y no es sino una selección (realizada por Daniela y Ariel), de una producción inmensa, el apretado resumen de intensos recorridos por el planeta. 

Que quede claro que Alicia no era turista, era viajera, que es algo diferente. El ojo de un turista es superficial, vago, sin retención. El ojo de un viajero es acucioso, agudo, explora todos los ángulos y rincones. Un turista saca la misma foto de postal desde un mismo lugar y bajo cualquier luz, mientras que el ojo de una viajera como Alicia busca el ángulo menos trillado y la luz más adecuada para darle al sujeto de su imagen una dimensión propia, nunca antes vista. 

En las palabras de la propia Alicia: “La fotografía es el arte de detener el tiempo, de congelar la esencia de lo invisible y de escribir historias con luz. (…) La cámara es mi pincel, la luz mis pinturas y el mundo mi lienzo”. 

Alicia era de mi generación, la analógica, la de los rollos de película de 24 o 36 exposiciones, la del laboratorio que instalábamos en el baño o en la cocina, cubriendo las ventanas con cartones para que no entrara ni un rayo de luz. A oscuras descargábamos la película del carrete, la introducíamos en la espiral y luego en el tambor de revelado a la temperatura adecuada (38 grados), agitábamos e invertíamos el tambor y contábamos los minutos para trasladarla al líquido fijador, y luego de enjaguar y estabilizar la colgábamos para que seque durante la noche. 

Pero el verdadero proceso mágico era positivar sobre papel esos negativos y ver cómo cada imagen brotaba fantasmal en la cubeta de revelado, bajo la luz roja del cuarto improvisado como laboratorio. Probablemente Alicia contaba desde niña con una ampliadora de buena calidad en Casa Kavlin, yo simplemente compartía con otros amigos estudiantes una máquina de origen ruso, que era la más barata, desarmable, que parecía una cafetera más que una ampliadora. El papel (Ilford, Agfa o Kodak) era caro, de manera que había que seleccionar sólo las mejores imágenes. Las posibilidades de “corregir” eran limitadas, podíamos jugar con el encuadre de la composición y algunos filtros para el contraste de grises, pero no mucho más que eso. 

Había magia en la fotografía analógica, porque no había trampa. Ahora, con la fotografía digital y más aún con la inteligencia artificial, la foto más banal puede convertirse en algo sorprendente. En aquella época la foto era buena en el momento de oprimir el obturador y seleccionar un pedazo de realidad para convertirla en una expresión personal. 

Para Alicia, como para otros de nuestra generación, el advenimiento de la fotografía digital fue un duro golpe a la creatividad. Fue como un puñetazo en el ojo del fotógrafo, de pronto desplazado por algoritmos y filtros digitales. De ahí que el libro de Alicia adquiere mayor valor cuando sabemos que privilegió siempre la mirada, antes que las manipulaciones posteriores, lo cual no quiere decir que las fotos de esta obra no hayan sido meticulosamente calibradas y mejoradas para su impresión. 

Cada sección de este magnífico libro se abre con una flor, y esa flor se abre sobre páginas de fotografías que abordan una temática muy amplia. Aunque hay 14 secciones, no existe un orden preciso en ese largo caminar de una fotografía a otra, pero los editores han elegido la asociación de imágenes. Paisajes de un verde brillante, animales serenos, noches profundas, ciudades que se proyectan hacia el cielo o pequeños poblados aferrados a las montañas.

Puertas, ventanas, techos, balcones, estrechos callejones, cúpulas, templos, torres, grutas, o formas geométricas imposibles, barcos, puertos, lagos, ríos, puentes, canales y reflejos de agua siempre presentes, en la tierra o en el cielo amenazante, aparecen frente a frente en las páginas, pero en la realidad separadas por miles de kilómetros de distancia, aunque estén hermanadas por el ojo de Alicia. Y no digo cámara, sino ojo, porque ni la mejor cámara, ni la más cara, puede igualar el ojo del fotógrafo. Eso es solo comparable de un fotógrafo a otro. 

Shanghái, Ulán Bator, Marrakech, Estambul, Zanzíbar, Ha Long Bay, Pamukale, Praga, Angkor, Xian, Berlín, Hué, Budapest, Bangkok, Miami, Samarkanda, Barcelona… lo bello, ancho y ajeno que es el mundo. Poco de América Latina, casi nada. Hay regiones y países predilectos: Myanmar, Tailandia, Vietnam, Turquía, Noruega, Rusia, entre otros. Asia, sobre todo.

Las fotos de personas no son las más abundantes. Hay pocos seres humanos, como si Alicia hubiera sentido cierto pudor para acercarse, o un exceso de respeto por la privacidad. Y cuando lo hace es para destacar el color de los ropajes o el movimiento. 

Este es un libro que retrata la esperanza, un mundo bello que todavía existe a pesar de todos los esfuerzos por destruirlo. La belleza es siempre esperanzadora. Sin embargo, casi todas las fotografías tienen una sombra que Alicia obtiene mediante el uso del filtro polarizador: los cielos se oscurecen como un presagio, a la manera de la fotografía de Sebastián Salgado, el brasileño. Presagio del planeta o de la propia vida. 

Las fotos mostradas en la Galería Altamira son apenas una pequeña muestra de la producción de Alicia. Otras ampliaciones serán expuestas en Santa Cruz próximamente, y a mediados de año, en el marco de las actividades por el 50 Aniversario de la Cinemateca Boliviana, otro grupo de fotografías de Alicia Kavlin se mostrará en las instalaciones de la propia Cinemateca, como un homenaje a ella y a don Marcos Kavlin. 

El autor es escritor y cineasta 

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