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14 de noviembre de 2019 15:45

NOS ESTAMOS HACIENDO MUCHO DAÑO

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La crisis política y social que se ha desatado en Bolivia luego de las elecciones del 20 de octubre están mostrando aspectos fundamentales de la convivencia en sociedad que parecen no haber sido madurados convenientemente, ni atendidos estructuralmente.

Con el afán de validar unas aspiraciones de poder político y principalmente por el afán de consolidar la permanencia de Evo Morales en el mismo, distintos sectores sociales, grupos, organizaciones políticas, ciudadanía en general (no perteneciente a ninguna organización social) se han movilizado para defender uno y otro interés, a favor o en contra.

Se dan en el país posturas extremas y radicales, atizadas por mensajes incendiarios y discursos que llaman al enfrentamiento y la violencia para la resolución del conflicto; algo que ha sido muy evidente desde la posición de poder que gozaba el gobierno de Morales y que hoy sigue teniendo vigencia y fuerza, promoviendo discursos cuyo mensaje ha querido instalar la idea del golpe de Estado así como de odio, racismo y discriminación; queriendo mostrar en definitiva que sin Evo no hay futuro ninguno para el país y todo volverá al pasado neoliberal.

Esa posición totalmente asimétrica, pues ha usado fuertes dispositivos comunicacionales desde el aparato estatal, deja a cualquier otra posición en desventaja efectiva, pero no por ello la legitima, cuando también desde otras actitudes y acciones se alienta a la revancha, a la venganza, a querer imponer visiones y creencias o a rechazar todo lo anterior como si nada bueno se pudiese encontrar.

En definitiva, las luchas por la “democracia” pretenden validar el ojo por ojo con lo que todo quedaría justificado, así como que ese fin tan absoluto justifica cualquier medio para alcanzarlo. Y eso no es democrático.

Pero, más allá de todo lo que -con visiones parciales- se puede entender de lo que está sucediendo en el país, que es muy grave y puede conducirnos por caminos indeseables, es necesario caer en la cuenta de que, con cada palabra, cada gesto, cada acción se está sembrando un campo minado que más temprano que tarde traerá consecuencias funestas para Bolivia.

Nos estamos haciendo mucho daño. Sembrando el terror (en algunos casos real en otro sólo presente en las redes sociales o el WhastApp), agrediendo a quien no piensa como uno, imponiendo símbolos, viviendo a la defensiva, financiando el vandalismo y el destrozo de la propiedad pública y privada, amenazando constantemente, amplificando voces siniestras, exigiendo el todo o nada para el diálogo y la negociación, comprándonos los discursos sin análisis crítico y muchas otras situaciones que se viven hoy.

Es necesario poner un alto total a esto. Es urgente que pensemos y sintamos como bolivianos y bolivianas, que estemos dispuestos al reencuentro, al reconocimiento y a dejar de darle crédito a los discursos que dividen, engañan, mienten o simplemente sirven para reafirmarse en el poder. El daño que nos ocasionamos entre unos y otros beneficia a unos y destruye a otros, no es posible que eso lo queramos justificar. Ninguna vida debe ser inmolada para satisfacer la ambición de unos cuantos.
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