Ir al contenido principal
 

Opinión

Del Túpac Katari a Starlink

17 de Noviembre, 2025
Compartir en:

Para millones de bolivianos, incluso en las ciudades, hacer una videollamada sigue siendo un acto de paciencia. La imagen se congela, la voz se distorsiona y, tarde o temprano, la conexión se corta. Más allá de los centros urbanos, tener señal es casi un privilegio. Durante años, parte de la solución que el país intentó para cerrar esa brecha digital fue un artefacto que orbitaba a 36.000 kilómetros sobre la Tierra: el satélite Túpac Katari, convertido en símbolo nacional, emblema de autonomía tecnológica y también en herramienta de propaganda política.

Su lanzamiento en 2013 fue celebrado como una gesta. En Plaza Murillo, autoridades lloraron mientras el cohete chino se elevaba y el gobierno prometía que Bolivia, por fin, podría conectarse desde el espacio. “Empieza otro tiempo”, “Bolivia nunca más será un país lastimero ni mendigo”, dijo entonces el vicepresidente. Ese tiempo, sin embargo, no llegó como se esperaba.

Aunque el Túpac Katari fue presentado como un proyecto para democratizar el acceso a internet, en la práctica solo redistribuía la conectividad que Bolivia ya recibía por fibra óptica desde los países vecinos. El satélite no creaba una ruta independiente de datos, simplemente retransmitía desde la órbita lo que llegaba por tierra. Vista una década después, la pregunta incomoda es inevitable. Si aquel presupuesto se hubiera destinado a ampliar la infraestructura de fibra óptica nacional, ¿tendríamos hoy un ecosistema digital más robusto y menos dependiente de soluciones externas?

La comparación tecnológica que enfrenta hoy a Bolivia lo deja claro. Aunque Sube (la marca comercial que utiliza el Túpac Katari para distribuir el servicio de internet) y Starlink compartan la etiqueta de “internet satelital”, pertenecen a eras completamente distintas. Es, guardando las proporciones, como comparar el viejo internet dial-up de los años noventa con la banda ancha que transformó el mundo digital. De un lado, un satélite geoestacionario lento, con alta latencia y planes de 4 Mbps con apenas 10 GB en su plan básico; del otro, una constelación de miles de satélites de órbita baja que ofrecen velocidades superiores a 200 Mbps y latencias casi comparables a la fibra óptica. En números simples, aun siendo difícil una comparación estricta, podemos decir que Starlink es en promedio unas 57 veces más rápido y cerca de 45 veces más barato por unidad de velocidad que los servicios asociados al satélite boliviano.

La diferencia no es solo técnica. Todos los usos prácticos que aún pueden extraerse del Túpac Katari, telefonía rural, enlaces institucionales, teleeducación básica, telemedicina asíncrona, transmisión de contenidos o incluso la transmisión digital de radio y televisión pueden realizarse de manera más eficiente, estable y económica mediante Starlink. La brecha entre ambos sistemas evidencia no solo el paso del tiempo, sino la distancia entre un símbolo nacional y las exigencias reales de conectividad de un país que busca cerrar brechas estructurales.

En países vecinos, los kits de Starlink ya han transformado pueblos en la Amazonía y la Patagonia. En Bolivia, el giro apunta al mismo horizonte, conectar a los que siempre quedaron atrás. El sueño del Túpac Katari se enfrenta hoy a dos verdades obstinadas. La primera es física y, por tanto, inapelable: a esa distancia, la señal debe recorrer un largo viaje de ida y vuelta, generando una latencia que vuelve casi imposibles las aplicaciones interactivas. La segunda, más incómoda, es económica: por más que se la critique, es el capitalismo, con todos sus excesos y contradicciones, el sistema que ha impulsado con mayor fuerza la innovación tecnológica claro ejemplo Starlink, Tesla, Neuralink, SpaceX.

Para el nuevo gobierno, la apuesta se alinea con una visión de “capitalismo para todos”, sin el tabú de aprovechar las ventajas del mercado global. Pero el movimiento no es solo económico, es también geopolítico. Como demostró la guerra en Ucrania, el control de redes satelitales privadas puede influir en decisiones militares, políticas y regulatorias. El poder ya no está únicamente en manos de los Estados. Al decir “sí” a Starlink, Bolivia se adentra en un tablero estratégico más amplio. La guerra en Ucrania mostró cómo la red privada de Musk puede convertirse en infraestructura militar decisiva. Su capacidad para mantener comunicaciones en medio del caos fue crucial, pero también expuso algo más profundo, el poder de un actor privado para definir los límites de la conectividad, y con ello, influir en el curso mismo de un conflicto.

Para Bolivia, esta apertura recalibra las relaciones con Estados Unidos y deja sobre la mesa una pregunta urgente: ¿cómo regular a un actor que a veces se comporta más como una potencia global que como una compañía? Mientras el gobierno trabaja en marcos regulatorios sobre espectro, ciberseguridad y datos personales, el giro político intenta cerrar una brecha digital que ya es demasiado grande para ignorar.

La transición del Túpac Katari a Starlink no tiene por qué ser una renuncia al símbolo, sino una actualización del proyecto nacional. El satélite boliviano representó una aspiración legítima de autonomía, pero la soberanía tecnológica no se mide solo por la propiedad de un artefacto en el espacio, sino por la calidad, accesibilidad y velocidad del servicio que recibe el ciudadano. En un mundo donde la conectividad equivale a poder, el verdadero desafío es lograr que la órbita baja deje de ser un territorio de dependencia y se convierta en un espacio de autonomía práctica para Bolivia. Es hora de que Bolivia cambie de paradigma y mire al mundo sin miedo, que aproveche las oportunidades que ofrece la tecnología y que, al mismo tiempo, se proteja con inteligencia de las amenazas que inevitablemente trae consigo.

El autor es ingeniero de sistemas y diplomático