Bronca, miedo, miedo y bronca. Ese es el ciclo ya casi histórico que termina inevitablemente en confrontación. Parece un sistema de fácil activación.
Bolivia no es un país de clases medias grandes. Es un país de personas al límite económico y social que, además, como dice Fernando Untoja, se hallan resentidas y aisladas. Un país que guarda una acumulación de desilusiones y resentimientos legítimos, pero que tropieza en los “cómos” en que se expresan. Nuestras visiones son diferentes porque los marcos de percepción que las crean también lo son. Se generan claves de comprensión distintas y, aunque ambas válidas, nunca son compartidas; más bien, se hallan en continua confrontación.
Las élites de nuestro país son profundamente racistas. Sé que la frase, así, sin afeites, golpea. Es algo que vengo sosteniendo en diferentes lenguajes y plataformas desde hace años. Incluso mi libro (el único, por ahora) sobre reputación y manejo de crisis advierte sobre este aspecto desde el ámbito soft (el mundo de las creencias y no de la razón).
El racismo ha crecido en los años del MAS y las élites lo han normalizado bajo el supuesto de que estaban siendo víctimas de “racismo al revés”, lo que teóricamente no existe por una razón simple: el racismo es racismo cuando está unido al poder y a la opresión históricas. Que el MAS, como representación de esa otra Bolivia de grandes mayorías, haya estado en el poder no cambia el hecho de que el poder, históricamente, ha estado asociado a los conceptos de blanquitud. El racismo es sistémico, no estacional. Es por eso, por ejemplo, que cuando una persona negra le dice “negro” a otra, no se entiende como una afrenta racista (ahondar esto es otro artículo).
Pero la sociedad, en general, es profundamente discriminadora. Una discriminación ahondada y profundizada de manera sistemática durante el gobierno del MAS, que genera hoy un sistema de valores asentado en la desconfianza hacia el otro. Tan asentado que se ha convertido en el sistema cultural desde el que nos relacionamos como sociedad: una cultura de la sospecha que impide el diálogo y genera resistencia ante toda información que pueda venir del “otro lado”.
Por eso, cuando un rumor circula, es creíble si viene desde una voz confiable, es decir, una voz que no se pone en duda porque proviene del coro de voces propias o similares. O aquellas voces que el algoritmo maniqueo ha elegido para nosotros. No lo digo yo. Lo describe Byung-Chul Han en varios de sus libros, en especial en No-cosas: Quiebras del mundo de hoy.
La discriminación como cultura genera un marco de referencia desde el cual se define aquello que se entiende como verdadero o falso, y se descalifica y rechaza todo lo que proviene del otro marco de referencia. La polarización alimenta estas diferencias, crea una sensación de urgencia y despierta el temor. Las “verdades sin verdad”, es decir las mentiras verosímiles que son creídas sin cuestionamientos, generan acciones, porque dan miedo. Las redes sociales y el terriblemente polarizante algoritmo añaden decibeles a la intolerancia.
Por ejemplo: a pesar de que desde la Revolución del 52 existe, de manera inalienable, el voto universal, durante las protestas de 2019 había campesinos de Río Abajo de La Paz que honestamente creían que, si la derecha gobernaba, la población indígena perdería su derecho al voto. Y esa mentira movilizaba, porque se creía y generaba bronca.
Desde diciembre se viene esparciendo el rumor de que este Gobierno de Rodrigo Paz quiere “privatizarlo” todo: los recursos naturales, el agua, la luz, todo… Para un extremo, esa palabra implica una interesante y válida manera de atraer capitales y conseguir dinero en un Estado totalmente quebrado. Para el otro, implica la pérdida de ingresos para el país y la condena hacia un aún mayor empobrecimiento de ese mismo Estado. También implica la pérdida de derechos sociales. Algunos podrán incluso señalar después de ver y creer sin cuestionar un vídeo: “pero hasta una diputada argentina lo estaba diciendo el otro día en El Alto”
En las plataformas de monitoreo de redes sociales, el relato de la privatización es detectado antes de Navidad y, desde el Gobierno, nadie se ocupó de desmentirlo. ¿Por qué? “Porque no es verdad, es producto de la ignorancia”. Desde esa visión condescendiente, ante la supuesta ignorancia del “otro”, se suprime y deslegitima esa “verdad” y el temor y bronca que provoca. Pero la bronca crece, genera malestar, reacción en el otro, confrontación, y la división se ahonda. El ambiente está creado. Cualquier chispa conseguirá un incendio social.
Finalmente, el estallido se da. Y ya lleva un mes. En los caminos, los marchistas son provistos de agua, refrescos y comida: todo lo que los ciudadanos de pueblos y ciudades cercadas no tienen. Lo que inició como una exigencia orgánica ante un temor real para grandes mayorías, luego se instrumentaliza y se mantiene a fuerza. No es difícil: con plata y buen discurso, el fuego se mantiene vivo.
La bronca, el miedo, el miedo y la bronca. Un círculo vicioso del que no podemos salir desde inicios de siglo. Un círculo de bronca que se alimenta de lado y lado, nos separa y divide. Bronca que es funcional a algún poder que no terminamos de ver pero que sabe como activarla y convertirla en un mecanismo. Y mientras no entendamos cómo se activa, quién la alimenta y para qué sirve, vamos a seguir reaccionando exactamente como se espera de nosotros.
La autora es periodista