Nuestro país tiene una gran fortaleza originada en las personas formadas en las universidades públicas que fueron parte de los momentos más sobresalientes de la historia. Si fueron pocos o muchos; eso no es lo relevante, lo que sí cuenta es que estaban comprometidas con el país, con la nación, con el territorio, con su riqueza, con sus maravillas e incluso con sus grandes fracasos. Estos ciudadanos marcaron sus nombres en la historia y hoy deben derramar lágrimas de sangre desde donde estén, al ver lo que acontece en nuestro país, donde la educación como factor crítico de éxito ha sido marginada y a la educación superior se la dejo a su suerte en lugar de seguir el ejemplo de países como Singapur, India, China, Brasil o Finlandia, los que hicieron de la educación una de sus importantes políticas de estado, convirtiéndose en envidiables e incorporándose a la sociedad del conocimiento, determinante en el acontecer del Siglo XXI.
El ser parte de la Universidad Boliviana por más de 35 años tienes la oportunidad de mirar su historia, las etapas por las que transitó, como enfrentó su vinculación con la política, con la economía, con la sociedad, con el medio ambiente e incluso con la tecnología, asumiendo siempre un rol de contribución, de cuestionamiento si era necesario, de lucha contra la injusticia y la persecución, enfrentando a distintos gobiernos, reclamando sus derecho y recursos presupuestarios, pudiendo calificar estas experiencias desde buenas y racionales, hasta desastrosas y vergonzosas. ¿Pero que universidad tenemos hoy en la mitad de la segunda década del nuevo siglo y cuando estamos prontos a cumplir el BICENTENARIO DE LA REPÚBLICA DE BOLIVIA?
Las críticas y los cuestionamientos que se vierten sobre la crisis que está atravesando el sistema de la universidad boliviana son múltiples y se sustentan de diferente manera. Manuel Contreras y Henry Oporto en años pasados indicaban que la masificación ha colapsado las casas de estudio, que la democratización de acceso a la educación universitaria ha incidido en la disminución de las desigualdades socio-económicas, pero no se ha mejorado la calidad, siendo una constante la mediocridad en los nuevos profesionales; sin embargo, seguramente existen excepciones pues no hay verdades absolutas. Adicionalmente, también se percibe que las universidades han adoptado el mal que aqueja a gran parte de la sociedad, me refiero a la falta de principios y valores morales tal como acontece en muchas entidades nacionales, lo que está reflejando el grado de pobreza humana que hemos alcanzado; por ello, en un artículo anterior manifesté que necesitamos una nueva revolución interna, la revolución de la conciencia.
Para gestar esta revolución lo primero que necesitamos son personas comprometidas, competentes y honestas, que decidan modernizar las universidades no con mensajes, comunicados, TikTok y uso de redes sociales, sino tomando decisiones que prioricen los modelos académicos introduciendo nuevas tecnologías y sistematicen todos los procesos, que titularicen a los docentes priorizando sus conocimientos, capacidades, competencias y evaluaciones, que hagan una reingeniería administrativa, reduzcan la burocracia, el favoritismo, él personal y los puestos de trabajo innecesarios. Que finalmente rindan cuentas sobre objetivos medibles logrados, es decir sobre resultados y recursos públicos utilizados.
Es cierto que nos equivocamos varias veces sin elegir a las autoridades idóneas, pero debemos seguir buscando a los mejores porque es la única forma de introducir una nueva mentalidad en los liderazgos para que ellos promuevan y motiven los cambios que requerimos con urgencia para modernizar nuestras casas de estudios superiores. Para esto es imprescindible la participación de todos los actores, autoridades, docentes, estudiantes y administrativos y para ello se necesita organizar los distintos estamentos para que generen propuestas, coadyuven en la solución de los problemas y profundicen en las fortalezas que tienen varias universidades. No podemos seguir afirmando que los consejos universitarios, los facultativos y los de carrera son la máxima expresión de la toma de decisiones y por ende del cogobierno. Falso, porque a estas instancias se llevan en la mayoría de los casos propuestas o argumentos particulares e incluso personales, porque no se dialoga previamente con las bases ni se obtiene la información de las fuentes de origen; por tanto, no se conocen nuevas ideas, innovaciones ni proyectos que transformen desde las bases y las carreras y/o institutos a la universidad.
Es tanta nuestra mediocridad qué para cambiar los planes de estudio de las diferentes ramas de formación, se ha promovido realizar encuestas en el mercado laboral para saber cuáles son las demandas y con ello cambiar los contenidos del proceso enseñanza-aprendizaje. Esta metodología estaba vigente en el siglo pasado y hoy es poco valida porque las demandas del mercado de profesionales son completamente diferentes por la incorporación del desarrollo tecnológico y la inteligencia artificial, porque se prioriza el conocimiento, la especialidad, la innovación, las competencias y las habilidades, además los nuevos profesionales deben ser para el mundo, para los mercados internacionales porque de lo contrario les estamos coartando parte de sus posibilidades de salir a participar y competir en otros mercados. Adicionalmente, existen profesiones que prácticamente no deben continuar, porque están siendo sustituidas por la tecnología y si seguimos formando en esos campos, les estamos engañando a los futuros profesionales que no encontraran ninguna fuente de empleo relacionada a su formación.
Recordemos que el concepto de trabajo y de trabajador también se han modificado y no podemos seguir pensando en trabajadores operarios, en empleados permanentes, en funcionarios de por vida. Las reglas del juego en la sociedad del conocimiento son diferentes, se han transformado. Ahora precisamos especialistas competitivos que trabajen por resultados, se califique, se mida su desempeño y su calidad a través de su mayor contribución en la agregación de valor. No sé calificará por las horas que estén sentados en oficinas de grandes y cómodos escritorios. La sociedad del conocimiento demanda hoy resultados efectivos que no solamente generen riqueza, sino que aseguren la competitividad y la sostenibilidad de empresas y organizaciones. Por todo lo anterior, precisamos con urgencia cambiar el modelo académico vigente en el BICENTENARIO DE BOLIVIA EN LAS UNIVERSIDADES PUBLICAS.
El autor es administrados de Empresas y Docente Emérito UMSA