Te amamos, Dios, y amamos a nuestros grandes militares. Protégelos. Dios bendiga Oriente Medio, Dios bendiga Israel y Dios bendiga América». —Donald Trump (junio, 2025)
Imaginemos una sala cerrada donde quince personas obedecen al más fuerte, el cual se llame Bruto, hasta que Alicia introduce una pistola con una sola bala: sin disparar, neutraliza la fuerza bruta y obliga a todos a moverse con cautela. Cuando dos armas más aparecen, nace un frágil equilibrio de miedo recíproco. Del mismo modo, los Estados cuanto logran obtener un arma nuclear son como Alicia con una pistola. El 13 de junio de 2025 Israel lanzó la operación Rising Lion: más de doscientas aeronaves golpearon Natanz, Fordow, Tabriz y puestos de la Guardia Revolucionaria, retrasando –según Tel Aviv– el programa nuclear iraní por años. Nueve días después, EE. UU. añadió tres bombardeos de precisión, alegando “neutralizar amenazas”, y Teherán replicó con misiles que hirieron a más de veinte civiles cerca de Tel Aviv; la guerra encubierta pasó a enfrentamiento abierto con Washington en la línea de fuego.
Teherán extiende su influencia mediante Hezbolá y los Hutíes, con respaldo de Rusia, China y Pakistán, mientras en América Latina halla eco en Bolivia, Nicaragua, Cuba y, sobre todo, Venezuela. Estos gobiernos, enrolados en el llamado socialismo del siglo XXI, comparten con la teocracia iraní una cruzada declarada contra la democracia liberal. Para contenerlos, EE. UU. e Israel sostienen una campaña de desgaste iniciada con la muerte de Qasem Soleimani en 2020, recrudecida tras la masacre del 7 de octubre de 2023 y coronada por la fulminante Operación Vipers, que decapitó a la cúpula de Hezbolá en 48 horas y arrasó sus baterías de cohetes en el sur del Líbano.
En el Cono Sur, la huella iraní se mide en sangre: el atentado contra la AMIA en 1994 dejó 85 muertos y todavía condiciona la política regional. Veinte años después, el fiscal Alberto Nisman apareció muerto cuando iba a revelar el encubrimiento oficial. En 2022, un Boeing 747 de Emtrasur, con tripulación venezolana e iraní, fue retenido en Ezeiza tras escalar en Santa Cruz, Bolivia; Este año, el rescate clandestino de opositores venezolanos en la embajada argentina, es atribuido al Mossad, demostró que la guerra de sombras también se libra aquí. A ello se suma la “conexión Teherán-Caracas-Buenos Aires”: un audio publicado por la revista Veja muestra a Mahmud Ahmadineyad pidiendo al kirchnerismo tecnología nuclear “como cuestión de vida o muerte”. Según el IISS, Venezuela ya opera drones armados de diseño iraní y, de acuerdo con informes israelíes, podría suministrar uranio a Teherán; filtraciones de 2021 la describen como santuario de células terroristas.
Según un reportaje de ABC de España, el engranaje financiero y logístico de Hezbolá en la región cuenta con piezas clave como Tareck El Aissami, exvicepresidente venezolano, señalado por emitir pasaportes auténticos a militantes de la milicia Chií. El Washington Institute añade que Hezbolá perfeccionó su autofinanciación mediante el narcotráfico: coordinó cargas de cocaína y lavado de dinero con cárteles mexicanos, ecuatorianos y colombianos, forjó vínculos con frentes de las FARC, sin olvidar la relación con el Tren de Aragua, además de consolidar nodos en la triple frontera entre Brasil, Paraguay y Argentina.
En Bolivia, el exministro argentino Miguel Ángel Toma advirtió que se emiten pasaportes auténticos con identidades falsas para iraníes y rusos, de acuerdo con la entrevista publicada por Noticias Urbanas de Argentina. La alarma coincidió con el memorando de defensa que La Paz firmó con Teherán el 20 de julio de 2023, ampliando una relación iniciada en 2007. De acuerdo con el Posture Statement 2025 que es un documento oficial elaborado por el Comando Sur de los Estados Unidos, Iran ha suministrado a las FFAA bolivianas drones, botes fluviales, asistencia en ciberseguridad. No extraña que la ministra argentina Patricia Bullrich alertara sobre la presencia de “fuerzas iraníes” en suelo boliviano.
Paralelamente, un reporte de Legiscomex detalla que en 2022 Irán ofreció 254 millones de dólares en créditos y asistencia para cartografiar 300 yacimientos de uranio, mientras Caracas aportaría 115 millones para erigir una fábrica de cemento en Coroma (Oruro-Potosí), zona donde geólogos israelíes sospechan reservas radiactivas.
A la fecha y después de la campaña militar conjunta de Israel con EE.UU. existe una alta posibilidad que el régimen de los Ayatolas sea derrotado, lo cual abre otro riesgo: agencias occidentales temen que las “células durmientes” en suelo de EE. UU., Europa y Sudamérica se activen si el régimen llegara a colapsar, y que altos mandos busquen refugio latinoamericano, replicando el exilio nazi tras 1945. Peor aún, drones armados, misiles o “bombas sucias” podrían ya estar diseminados entre redes yihadistas o criminales, convirtiendo cualquier implosión iraní en la liberación de un arsenal clandestino de alcance global.
La guerra entre Irán e Israel demuestra que los choques nucleares y las redes de poder ya no se confinan a Medio Oriente: se extienden hasta el Caribe y los Andes, se enmascaran con pasaportes “legítimos” y se financian con la cocaína que cruza la triple frontera. Para Bolivia, este entramado plantea un dilema existencial: si persiste en alinearse con regímenes autoritarios, cosechará aislamiento internacional y perderá la confianza de sus socios democráticos. Esa cercanía abrirá aún más la puerta a redes de narcotráfico y terrorismo que ya operan en la región, erosionará el control estatal de las fronteras y, en el peor de los casos, sembrará tensiones internas que podrían poner en riesgo la unidad territorial del país.
Exportaremos nuestra revolución al mundo entero. Hasta que el grito “No hay más Dios que Alá” resuene en todo el planeta, continuará la lucha. Ayatolá Alí Jameneí.
El autor es diplomático, ingeniero de sistemas