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29 de marzo de 2021 11:59

Una muy cursi oda al mar


Las obsesiones son enfermizas, sean estas colectivas o individuales, y llevan a actos ridículos, y a veces a cosas peores, un buen ejemplo es el de Juana de Castilla trajinando con el cadáver de su marido por media España, o el de Carlota de México, que durante casi sesenta años se negó a entender que había perdido a su marido y a su imperio, y que dicen que engordó enormemente.

La obsesión por el Mar que nos hemos preocupado por desarrollar los bolivianos, es algo parecido, pero a nivel colectivo. Hace tres años se confeccionó una kilométrica bandera como parte del coro dentro de la parodia que tuvo lugar en la corte de la Haya, mientras a nivel internacional nos ponían un “estate quieto”  lapidario.

Este año le ha tocado a la Orquesta Sinfónica Nacional producir el video más ridículo, más pobre artísticamente hablando, más penoso en todos los sentidos, que uno pueda imaginar. Una señora envuelta en una enorme tela blanca, gesticula, canta, mueve las manitas,  y recita un texto que incluye un absurdo “fue una invasión y no una guerra”.

¿Qué hace una Orquesta Sinfónica Nacional uinvolucrada en una producción tan penosa? ¿Porque se presta a eso? La respuesta es muy sencilla, está muy mal administrada, simplemente la dirección ha fallado, y ha permitido que la institución sea profundamente abochornada. La responsabilidad recae pues en quien manda en esa especie de templo de la música clásica.

Y ahí está el problema, porque la directora ejecutiva de la OSN, es nada menos que la cantante, la compositora, la todo, del bodrio al que nos referimos. 

La señora Piza, cuyo nombre y títulos, incluido un curioso DAEN, aparecen en todos los afiches y programas de la Orquesta en forma prominente, (y que fue uno de los motivos que me desincentivó para asistir a esos conciertos), se ha puesto con esta grabación en evidencia.

Una persona que promueve un producto cultural de tan mala calidad, simplemente no puede estar a cargo de una orquesta sinfónica, pero si para colmo la principal beneficiaria de ese producto es ella misma, posiblemente está  incurriendo en un mal uso de los bienes del Estado, además de perjudicar el buen nombre de la Institución.

La pregunta que debemos hacernos es cómo es posible que alguien con ese perfil, con ese despiste llegue a manejar una Orquesta Sinfónica Nacional.

La respuesta está en el poco interés por el mundo de las bellas artes que tiene el actual esquema de gobierno, y cuan permeable es ese esquema a personas cuyo único mérito es ser simpatizantes, o algo más, (o mucho más),  del partido de gobierno, sin importar sus méritos.

El bodrio producido por la señora Piza, debería costarle su posición en la Orquesta Sinfónica Nacional, eso pasaría en cualquier país serio. Es un gafe inaceptable. Sin tomar en cuenta que además su penosa composición tiene similitudes muy grandes con una canción ya existente, algo que muchos señalan como plagio.

Los músicos de la Orquesta Sinfónica se merecen todo nuestro respeto, son un grupo de personas que demuestra cada día, en sus ensayos y en sus representaciones una genuina vocación, un verdadero amor al arte, una entrega consecuente. No lo hacen por la renumeración, ni por la fama, lo hacen ante todo por un compromiso personal con la música más elevada. No merecen una directora ejecutiva, que quiere crear su propia imagen a costa del trabajo y del talento de ellos. Los Bolivianos tampoco merecemos que se ponga a disposición del mundo, incluido el hermanastro país del Mapocho, un producto que pone tan en ridículo, el trauma al que me referí al inicio de esta columna. Los chilenos que no quieren a los bolivianos, se deben estar riendo a mandíbula batiente, los que nos quieren seguramente esconden su risa ahogada detrás de los barbijos que tan universalizados están estos días.   

Agustín Echalar es operador de turismo.

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